Ni dios ni amo

Ni dios ni amoEducación

Benito Rabal 15/06/2012

Mi abuela paterna era analfabeta. Mi padre, de niño, le quitaba los libros a su hermano mayor y simulaba leerlos en voz alta para que su madre pudiera disfrutar de las historias que él inventaba, aunque la pobre mujer creyera que eran éstas el tesoro que guardaba la letra impresa.

Mi abuelo entró a trabajar de pastor con cinco años. Aprendió a contar con las míseras monedas que el patrón le daba y que él arrojaba al delantal de su madre en una mezcla de orgullo proletario y juego infantil. A leer lo hizo mirando los almanaques dos años más tarde, cuando cambió el cuidado de las cabras por los capazos de tierra y mineral que extraía de las minas.

Mi padre fue dos años a la escuela y con mi tío, el primero de una larga lista de generaciones familiares que había conseguido acudir a ésta gracias al sistema educativo implantado por la Republica, tuvo que abandonarla al triunfar el golpe de estado católico–fascista del antecesor del rey Juan Carlos, ese gran cazador blanco.

Yo fui a la Universidad a principios de los setenta, pero me expulsaron al año y poco por empecinarme en defender el convencimiento de que la cabeza está para pensar y no para obedecer. Mis hijos mayores sí han podido acudir a ésta, sin miedo a ser expulsados. Los pequeños la contemplan como algo natural en su futuro.

No hace tantos años que en este país tener estudios era algo que pertenecía, bien a unos pocos privilegiados, o bien a aquellos que se habían esforzado de sobremanera, a veces los hijos gastando su juventud y casi siempre los padres empeñando sus vidas. Y sin embargo hemos conseguido que hoy sea algo normal que el hijo de la asistenta estudie para químico, el del obrero, filosofía, o la del trasportista se esté licenciando en historia del Arte.

No quiero decir que la educación en España sea la panacea, o que no esté exenta de graves problemas. Pero sí es cierto que en una treintena de años, y gracias al esfuerzo y la lucha de todos y todas, hemos conseguido que nuestros niños y jóvenes sean la generación mejor preparada de nuestra historia. Y eso a pesar de los intentos por mantener el monopolio educativo de la Iglesia Católica o del afán del Capital por hacer de la educación un tentáculo más del Mercado.

Está lejos todavía el que se instaure en nuestra sociedad el pensamiento de que la educación no sirve solo para tener salidas laborales - ¡triste sería mantenerlo! – sino que fundamentalmente su sentido es el de formar individuos críticos, educados en la dignidad y la creencia en un mundo justo, al margen de cual sea la forma elegida para ganarse la vida. Está lejos, repito, que cale y se pose en nuestra sociedad ese pensamiento. Pero más aún, bajo las presiones y normas que amenazan a la educación.

Los recortes presupuestarios, el aumento de la ratio de alumnos por clase, la supresión de la educación compensatoria, la falta de apoyo y estímulo al profesorado, la disminución de las becas, supresión de materias y subida de tasas, no significan solo –que también– un intento de desdemocratizar la educación, sino sobre todo convertirla en una suerte de amaestramiento. Se pretende, y eso es lo más grave, que la educación sea una especie de inversión pero solo en términos económicos y no éticos y morales.

Es falso que sea necesario ahorrar en la educación pública. Ahí están los miles de millones entregados a la banca o el pago del diezmo a la Iglesia a través de la enseñanza concertada, por poner ejemplos. Lo que se oculta, aprovechándose del miedo que genera esta gran estafa llamada crisis, es la supresión de la educación pública como derecho y su conversión en vivero solo de aquella fuerza de trabajo que sea necesaria al Capital. Si hacen falta ingenieros, con el esfuerzo que a partir de ahora va a requerir el estudiar, la gente estudiará para ingeniero; si arquitectos, para arquitectos; y así con el resto.

El paro juvenil y sobre todo lo poco que se hace para acabar con éste, es la mejor arma para cargar de razón a ese malévolo mensaje. Es como si nos dijeran: “¿Habéis estudiado lo que queríais?, ¿para qué? Se acabó. A partir de ahora, los ricos estudiarán para ricos. El resto, a obedecer.“

Publicado en el Nº 249 de la edición impresa de Mundo Obrero Junio 2012

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