Biotecnología vegetal y modelos alternativosLa ciencia no es el problema Otros modelos de gestión de los cultivos transgénicos diferentes al europeo (que sólo permite que entren las grandes empresas) son posibles.

José Miguel Mulet. Profesor titular de Biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia (UPV)* 07/06/2013

En general cualquier avance científico acaba redundando en un beneficio para la sociedad que permite mejorar el nivel de vida y eliminar las desigualdades sociales. Pensemos por ejemplo en la mecanización, que ha permitido mejorar las condiciones de trabajo y un abaratamiento de costes que implica el acceso a bienes por un mayor sector de la población. O cómo internet y los ordenadores han permitido el acceso a todo tipo de información o a comunicarse con cualquiera de forma asequible.

En Europa ahora mismo estamos en un debate sobre la utilización de la biotecnología vegetal; las demonizadas plantas transgénicas. El problema es que no se puede establecer un debate en condiciones cuando la mayoría de la información que circula sobre el tema es inexacta o directamente falsa. Para empezar conviene recordar que la tecnología de la transgénesis —es decir, insertar un fragmento de ADN de un organismo en otro— ya forma parte de nuestras vidas, puesto que muchos medicamentos, el algodón con el que se hace la ropa y los billetes de euro, las enzimas que se utilizan en diferentes industrias o en los detergentes, se hacen utilizando esta tecnología. No obstante, cuando hablamos de cultivos transgénicos y de poner esta tecnología a disposición de los agricultores es cuando afloran todos los recelos, a veces justificados y otras no.

Uno de los argumentos esgrimidos por los que abogan por la prohibición de los transgénicos es que estos están en manos de unas pocas empresas y que perderíamos el control de la alimentación. Bueno, realmente la mayoría de las semillas que se utilizan en agricultura ya están en manos de esas empresas que además venden transgénicos. Incluso se da la paradoja de que queriendo impedírselo, se lo estamos poniendo más fácil. La política antitransgénicos europea consiste en aplicar de forma arbitraria el principio de precaución exigiendo más controles y pruebas. Esto encarece tanto el producto que elimina la posibilidad de que una empresa pequeña o pública compita, dejando en la carrera sólo a las grandes multinacionales. No obstante, que el modelo europeo no funcione no implica que no podamos mirar cómo se ha aplicado esta alternativa en otras partes del mundo y ver que si hay debate y se utiliza cada año más, es porque los beneficios superan a los inconvenientes.

Otros modelos de gestión de cultivos transgénicos

Argentina es uno de los principales productores de soja transgénica. Al estar fuera del sistema internacional de patentes estuvo utilizando semillas de Monsanto sin pagar royalties, hasta que llegaron a un acuerdo, aunque siguen pagando mucho menos. ¿Por qué ha triunfado? Porque al bajar los costes de producción el beneficio ha sido sobre todo para medianos y pequeños productores que han visto cómo aumentaba la rentabilidad de sus tierras. ¿Qué ha hecho el gobierno? Poner una tasa del 30% a la exportación para asegurarse (corruptelas aparte) que se reparta el beneficio generado. El modelo de la India con el algodón es similar, puesto que el mayor beneficio se ha dado entre pequeños y medianos productores (lo de los suicidios por culpa de los transgénicos es leyenda urbana). La fiebre de la soja contagió a Brasil de forma curiosa. Lula da Silva llegó al poder con un programa electoral en que se incluía un rechazo a los transgénicos. No obstante, durante su mandato Brasil pasó a ser el segundo productor mundial de este tipo de cultivos. ¿A que se debió el cambio? Básicamente a los agricultores de Rio Grande do Sul, que conseguían las semillas transgénicas de Argentina, sembraban en Brasil y luego vendían la soja de contrabando en Argentina. Habló con ellos y vio que lo mejor para la región era autorizarla. Como vio que la estrategia funcionaba pero estaba en manos de compañías extranjeras, decidió hacer una fuerte apuesta pública por medio de la compañía agrícola nacional EMBRAPA para crear variedades que solucionaran problemas concretos y así se ha lanzado una variedad transgénica de judía resistente a virus. Este modelo ha sido el seguido por Cuba, que en 2012 se ha unido a la lista de países que siembran transgénicos; junto con Sudán, que ha desarrollado variedades propias de maíz transgénico para sus agricultores o Nigeria, que también ha desarrollado una judía resistente a plagas. La próxima que seguirá este camino es Indonesia, que ha empezado a hacer ensayos de campo con caña de azúcar tolerante a la sequía y a los herbicidas.

Por lo tanto el debate está abierto y el tema es poliédrico, pero una negativa total al uso de esta tecnología sólo redunda en un perjuicio a los agricultores y en última instancia a toda la sociedad. No podemos partir de posiciones inmovilistas, sino aprender a separar el grano de la paja en el debate. Otros modelos de gestión de los cultivos transgénicos diferentes al europeo (que sólo permite que entren las grandes empresas) son posibles. En estos modelos las ventajas se maximizan frente a los inconvenientes. Nuestro campo y nuestra ciudadanía se juegan mucho en este debate.

* Profesor titular de Biotecnología (área de Bioquímica y Biología Molecular) en la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) y director del Laboratorio de Crecimiento Celular y Estrés Abiótico en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (IBMCP), un instituto mixto que depende del CSIC y de la UPV. Es autor del libro Los productos naturales ¡vaya timo! (ed. Laetoli) y colaborador del portal de divulgación de la ciencia Naukas. http://naukas.com/autor/jose-miguel-mulet

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