Introducción al marxismo #marxismodesdeceroLa revolución como reforma del entendimiento

Pablo Huerga Melcón. Profesor de Filosofía IES Rosario de Acuña. Profesor Titular de la Universidad de Oviedo. 07/11/2013

La filosofía marxista es la elaboración más consciente de una filosofía materialista. Es imposible contemplar todas las influencias que sufre Marx, sobre todo de los filósofos ilustrados franceses, Helvetius y d'Holbach, ambos materialistas, grosso modo. El materialismo viene definido genéricamente como la teoría que considera que la conciencia de cada individuo viene configurada por su determinación social; por el contexto social de clase en el que se desarrolla su existencia. Su pensamiento, pues, depende de la clase social a la que pertenece. Lo que esta tesis niega es precisamente el idealismo tipo Hegel o Fichte. Según estos autores, la conciencia (definida como Yo, o como Espíritu) es la que determina el ser social. En términos de Hegel, el espíritu del pueblo “Volkheiss”. Pero entre el concepto de conciencia de Kant o Fichte y el de Hegel media una variación importante; esta variación corresponde a una interpretación sociologista del espíritu de la que carecía la filosofía Kantiana. El espíritu, la razón, ya no es universal y monótonamente igual para todos los hombres (según el ideal ilustrado del que Kant era partícipe) sino que ahora éste se manifiesta en el Estado, más concretamente en el Estado alemán. Sigue siendo universal pero está por así decir determinado en el contexto de un pueblo, de un estado. Marx va a desarrollar más aún esta tesis considerando que la conciencia depende de la determinación social, pero no de un estado, sino de la clase social a la que pertenezca. Ahora, esta conciencia sigue siendo universal, pero determinada no en un pueblo, sino en una clase, que atraviesa toda frontera posible.

El análisis de Marx incluye una consideración sociológica de las clases sociales. La cuestión será cuáles son y por qué son. Las clases son dos, dice Marx, y su causa es el sistema económico de producción. Los propietarios de los medios de producción, son los capitalistas, la burguesía, los trabajadores por cuenta ajena que venden la fuerza de su trabajo que es, en definitiva lo único que les pertenece, son los proletarios, el proletariado. Cada clase social tendrá su propia conciencia, determinada por las condiciones propias de existencia. Así, lo que para unos es legítimamente propio, para otros es más bien una explotación. Como el sistema capitalista está o tiende a imponerse en todo el mundo, la clase proletaria se da a nivel internacional, de ahí que Marx intentara organizar a los proletarios en una internacional. El Manifiesto Comunista terminaba con el siguiente llamamiento: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.

La clase burguesa considera legítima la explotación que ejerce sobre los obreros; Marx llama a esta suposición “falsa conciencia”; una conciencia confundida sobre la situación real de existencia, pero que no es producida por deseo explícito del sujeto, sino por el contexto social en el que vive y que no puede modificar a su antojo (en otras filosofías posteriores, esto será llamado el inconsciente objetivo). El proletariado, como clase, también sufre una deformación de la conciencia, al considerar que su situación es legítima; esta falsa conciencia está infundida por la propia burguesía, a la que le interesa perpetuar esta situación de injusticia. Sin embargo, la contradicción existente entre las condiciones de vida del burgués y el proletario es manifiesta y esta misma rompe la falsa conciencia del proletariado que empieza a considerar necesario y legítimo un cambio en las condiciones de vida que sufre. Esto alerta al burgués que comienza a desarrollar los medios para perpetuar la injusticia, la falsa conciencia deviene en el burgués “mala conciencia”, y en el proletario “conciencia revolucionaria”. Como decía Marx, “el arma de la lógica debe dar paso a veces a la lógica de las armas”. El cambio de las condiciones de vida no puede hacerse de modo pacífico porque los burgueses no quieren dejar lo que falsamente consideran suyo, y los proletarios para superar esa situación de explotación deben recurrir a la revolución.

Sólo la revolución puede superar el antagonismo de clases y por tanto la falsa conciencia. Y sólo en esta nueva situación de igualdad el hombre vivirá verdaderamente como hombre. Este cambio revolucionario permitirá por fin un conocimiento verdadero de las cosas y la justicia social. La revolución, por lo tanto, viene a sustituir aquí al famoso método de conocimiento que debía seguirse individualmente. Porque si las condiciones sociales determinan la conciencia, la conciencia dejará de ser falsa cuando esas condiciones sociales no respondan a intereses particulares. Cosa solamente posible cuando se realice la revolución. Y este es el principio del materialismo histórico.

El materialismo histórico

La completa comprensión de la situación actual de la sociedad en el XIX, no es posible, afirman Marx y Engels, sin contemplar el proceso que la ha producido. Por otra parte, el principio de que las condiciones materiales de existencia determinan la conciencia es un programa teórico de interpretación de la historia. Y es aquí en donde Marx y Engels creen alejarse más del idealismo. En el sentido de que invierten su relación. Marx insistía en la necesidad de darle la vuelta al idealismo, de modo que aquello que en el idealismo era determinante, motor de la historia (el espíritu) ahora será consecuente, determinado por el verdadero motor de la historia: las condiciones materiales de existencia de los hombres, su modo de producción.

Según la tesis materialista, en cada época se puede distinguir entre una base y una sobreestructura. (Posteriores autores dirán que se pueden distinguir tres partes: base, estructura y superestructura, pero para el caso quedémonos con el original). La base corresponde a las condiciones materiales de existencia, organización económica o modos de producción. La sobreestructura corresponde a las manifestaciones culturales a que dan lugar esas formas de producción. En ella están incluidas tanto las formas de organización social, como la filosofía, el arte, la religión, la organización jurídica, etc. Todas las tradicionalmente llamadas manifestaciones espirituales y que Hegel consideraba la manifestación más clara del espíritu. Pero ahora, contra Hegel, todas ellas no tendrán un carácter específico o determinante sino que serán resultado condicionado por la forma de producción típica de ese momento histórico. Para Hegel, la historia era la realización de la razón, el espíritu; para Marx, la historia es la realidad económica productiva que genera como resultado ideológico las realizaciones del espíritu, dependientes de esta realidad. Su carácter puramente derivado las convierte en simples representaciones ideológicas de la verdadera causa del proceso de la historia. La causa real del desarrollo de la historia es el proceso real de transformación de unas formas de producción a otras, siempre orientadas por el aumento de eficacia productiva y por el enriquecimiento.

Según estos criterios, la historia se desarrolla a lo largo de tres formas de producción diferentes que determinan tres etapas. La etapa del modo de producción esclavista que llega hasta la caída del imperio romano; la etapa de producción servil que da forma al sistema feudal que abarca la época medieval y de la que gradualmente va desarrollándose a partir de los gremios de artesanos de las ciudades y de su organización posterior en forma de producción manufacturera, el sistema de producción capitalista cuya base es la división en propietarios de los medios de producción y proletarios que venden la fuerza de su trabajo y cuya forma de organización social corresponde a la sociedad burguesa inspirada en los ideales de la revolución francesa.

A estas tres etapas le seguirá la etapa de la sociedad sin clases, en la que el ideal de igualdad económica, no sólo formal, se cumplirá plenamente, que es la sociedad comunista en la que habrán desparecido los Estados, propios de la forma social burguesa que gusta de enfrentar a los obreros entre sí para defender intereses que ellos no tienen en realidad. Una sociedad sin clases, ni estado, que habrá que alcanzar mediante un proceso revolucionario y que seguirá el siguiente esquema: Primero, conciencia de las contradicciones por parte de los proletarios, la clase proletaria hace la revolución y elimina la propiedad privada, esto sólo se consigue durante un proceso de dictadura del proletariado que por la fuerza acabará con los privilegios de todo tipo y modificará de manera adecuada la conciencia para conseguir de todos los hombres el reconocimiento de la igualdad inalienable. Con esto se evitará definitivamente volver al pasado. Esta nueva etapa era la que Marx consideraba la Historia del hombre, cuando al fin, el estado, la dictadura del proletariado, etc., dejen de ser necesarias y pueda construirse una sociedad socialista. Todo lo anterior es realmente para Marx, la prehistoria de la humanidad, una época en la que no todos los hombres eran hombres en su pleno sentido, porque unos eran explotados y otros explotadores.

La obra de Marx inspirará movimientos revolucionarios a lo largo del siglo XIX y del siglo XX, poniendo en evidencia las injusticias sociales e históricas y transformando la conciencia general hacia una mayor sensibilidad a los problemas sociales y políticos. De hecho, hasta en el campo de la reflexión sobre la influencia de la tecnología y la producción en la calidad de vida de los hombres, algo que hoy suele interpretarse desde la perspectiva de movimientos ecologistas, etc. Y el materialismo instaurado a escala filosófica dará también resultados importantísimos, de hecho, puede decirse, algo que por otra parte es bastante obvio, que la filosofía del siglo XX se ha desarrollado siempre teniendo como referencia ese último grito de la supuesta capacidad emancipadora de la razón. El último ideal universal, con todos los problemas que nos ha enseñado y obligado a plantear, que pide a gritos su superación, -pero en el sentido hegeliano-, superación e incorporación; porque sus ideales son evidentemente, y lo seguirán siendo, los ideales de cualquier persona consciente, moral.

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