El reto de un nuevo “bloque histórico” alternativo a la Europa de la Troika¿Qué Europa? Solo una fuerza superior a la actual “gobernanza neoliberal” europea y sus instituciones puede alumbrar alternativas políticas efectivas de carácter emancipatorio.

Juan Antonio González Ponte 22/05/2014

El próximo 25 de mayo se celebrarán las elecciones al Parlamento Europeo, en las que los ciudadanos de la Unión podrán acudir a las urnas, por primera vez, desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en 2009. El desmantelamiento de los límites legales al incremento de la acumulación de capital, el aumento de la pobreza en términos relativos -e incluso absolutos-, la precarización laboral y el endeudamiento como mecanismo de captura de la sociedad1, dibujan un panorama económico-político que nos proporciona una clave para poder entender el desinterés objetivo ante los comicios europeos. Sin embargo, los analistas políticos europeístas, intelectuales orgánicos del bipartidismo, interpretarán inmediatamente en términos psicologistas la presumible baja participación ciudadana en la convocatoria, atribuyéndola al “desconocimiento” del “proyecto común” europeo por parte de la población. De otro modo: haciendo recaer la abstención en la 'desafección' mostrada por los ciudadanos, imputando implícitamente, con ello, una 'mala voluntad' a los mismos, que les supondría culpables de la crisis europea: “Ustedes son los responsables de los quebrantos que sufre Europa”, mascullan (y mascullarán) los guardianes ideológicos del orden establecido.

Con objeto de rebatir tan insidiosa y reduccionista interpretación, ofrecemos en lo que sigue un mínimo análisis materialista del fenómeno político europeo que le sirva de contrafigura.

¿Una soberanía política europea?
En el presente, Europa no es un sujeto político dotado de unidad de acción, al que se le puedan atribuir responsabilidades unívocas o del que quepa esperar acciones consensuadas, sino un conglomerado de soberanías particulares que, aunque se identifican por sinécdoque con el todo (Europa), están enfrentadas entre sí, si bien establecen pactos económicos contra terceras potencias (China, Rusia, etc.) en calidad de entidades coaligadas geoestratégicamente por la “sociedad de mercado”.

La actual construcción europea no se encamina al establecimiento de una federación: el resultado de la política económica “comunitaria” conlleva el enfrentamiento entre los intereses de los distintos territorios y la acentuación de las desigualdades entre los poderes de los Estados miembros. Igualmente, no existe un demos europeo preexistente a la construcción de una federación, como tampoco existe ninguna “voluntad general” europea, ni en las calles (la “sociedad civil” no es una totalidad homogénea) ni en el Parlamento de Bruselas (donde se representan hegemónicamente los intereses de las clases dirigentes- muchas veces de modo contradictorio-). El pueblo europeo, en cuanto titular de la soberanía política de la Región, es una ficción jurídica a la que las clases dominantes apelan, en vano, para otorgar cierta “legitimidad democrática” a su proyecto político. Por tanto, partir de los deseos del “pueblo europeo”, como si fuese una realidad compacta, para fundamentar la construcción federal de Europa, arroja una petición de principio, en la medida en que se supone que la consumación de dicha construcción federal- incoada en términos de “más Europa”- tiene como resultante la constitución del “pueblo europeo”, que estaba presupuesto2.

¿Más Europa?
Desde una perspectiva marxista, las sociedades democráticas no son una materialización, plena o deficitaria, madura o degenerada (corrupta), de una idea pura e inmaculada de democracia, a cuyo trasluz son éstas interpretadas como realizaciones efectivas o desviaciones suyas. Así, por ejemplo, la exclusión de metecos, mujeres y esclavos de la democracia griega no era un hecho accidental, un déficit, sino una condición estructural del funcionamiento de la misma democracia griega, como afirmaba Lenin3. Del mismo modo, la exclusión de los ciudadanos “europeos” (y, sobre todo, de los inmigrantes “ilegales”- nuevos metecos-) en la toma de decisiones del complejo tecnocrático- financiero, de los medios de producción, etc. no es una situación accidental en la que pasajeramente nos encontramos, acaso una desviación en el camino, sino una necesidad constitutiva de la propia Unión Europea en curso.

La Unión Europea no padece un “déficit democrático de legitimidad”, como suele aseverarse, sugiriendo que se trata de una situación política alcanzada accidentalmente; con dicho eufemismo, más bien, lo que se pretende es encubrir la inexistencia de una soberanía europea. Solo concibiendo, empapados de idealismo, un ideal democrático del que las “democracias realmente existentes” emanarían, identificando la forma democrática pura con los valores abstractos de la paz, la igualdad o la libertad (valores que ciertamente suelen asociarse a la idea de Europa, poniendo entre paréntesis las dos guerras mundiales que en ella incubaron) y oponiéndolo a la experiencia política concreta, caracterizada por la corrupción y las injusticias, toma sentido plantear los problemas y contradicciones del capitalismo europeo como si fueran meros déficits, que se irían colmando paulatinamente con el tiempo. Este esquema de pensamiento, que en ocasiones reviste formas mecanicistas o tecnocráticas pero que en otras muchas se adhiere a la mitología agustiniana (reproduciendo maniqueamente el dualismo entre la ciudad de Dios- en cuyo seno tiene lugar la auténtica justicia- y la ciudad terrenal -plagada de injusticias, sufrimientos y corrupciones-) ni permite comprender, ni quiere hacer frente al hecho de que la arquitectura económica generada en torno al euro (Maastricht, BCE, Troika, etc.), que implica el recorte de los derechos de los trabajadores, el desempleo estructural, la precarización institucionalizada y drásticas privatizaciones de recursos públicos, supone la plasmación estructural del proyecto fundacional de la UE, su consecuencia lógica, y no una desviación respecto de un límpido ideal democrático.

A los efectos de lo que aquí queremos argumentar, diferenciemos, de la mano de Samir Amin4, los tres estratos de las sociedades políticas europeas que jalonan históricamente la génesis del capitalismo europeo: a) el capitalismo liberal que, a partir del siglo XVI, se despliega a escala mundial, pivotando sobre el triángulo Londres/Ámsterdam/París, consumado con la revolución francesa y la revolución industrial inglesa, e incluyendo a Alemania a partir de 1870; b) el segundo estrato, que concierne a España e Italia, cuyo capitalismo monopolista solo toma cuerpo tras la segunda guerra mundial; c) por último, la inclusión de los antiguos países socialistas (de la órbita soviética) al orden capitalista de la UE y a la OTAN. Nadie obvia que el núcleo europeo central del primer estrato histórico mencionado (Gran Bretaña, Alemania, Francia, etc.) sigue dominando, mediante los monopolios generalizados, constituidos como tales en los años 1975- 1990, el ámbito europeo. Pues bien. ¿No sería ridículo aspirar a neutralizar la desigualdad entre las naciones europeas, fruto de la lógica de acumulación capitalista que se abrió paso a través de la composición desigual de los tres estratos, “exigiendo más Europa”?

¿Otra Europa?
Como afirma rotundamente Panagiotis Soritis5, reivindicar la creación de una Europa con un Parlamento democrático y transparente, que cuente con un BCE “solidario” y una adecuada competencia legislativa, uniforme en todo su territorio, en la que la redistribución de los fondos se priorice a los países del Sur, etc., más que una ampliación de la dinámica real europea, es tanto como abogar por “otra Europa” (y no se nos escapará que tan borrosa formulación es ya es de por sí indicativa del hiato que existe entre la Realpolitik y las buenas intenciones). Pero, esa otra Europa: ¿puede existir? ¿Puede refundarse la Europa de Maastricht? ¿Querer transformar el BCE en una “entidad solidaria” no es algo así como pretender democratizar el Vaticano, o más aún, la Iglesia Católica en su conjunto? Pero si se suprimiesen las jerarquías de la Iglesia, los obispos dejarían de ser los sucesores de los Apóstoles y el Papa sucesor de San Pedro, ¿la Iglesia de Cristo continuaría siendo la barca del pescador de Galilea?

Quienes hoy califican como déficits o meros escollos las contradicciones que surgen en el proceso capitalista de “integración” europea es porque dan por hecho teleológicamente su realización, asumiendo que se trata de un proceso inevitable. Nuevamente, se pide el principio. “El error habitual de las izquierdas nacionales- dice Toni Negri- consiste en no comprender que la globalización es un fenómeno irreversible”6. En este sentido, puede establecerse cierto paralelismo con aquellas corrientes socialdemócratas de los años 20 que hacían hincapié en el carácter inevitable y aun progresista del imperialismo colonial (es preciso recordar que el fenómeno de la globalización carece de unidad, puesto que designa la “voluntad de poder” -por expresarlo en términos nietzscheanos- de determinadas sociedades políticas imperialistas que están en pugna; razón por la que resulta más correcto diferenciar sus modelos: globalización norteamericana, globalización china, ¿”globalización euroasiática”?, ¿”globalización alba-euromediterránea”?, etc.).

Cuando se enfatiza la importancia de las próximas elecciones europeas aduciendo que es “en Europa donde se toman las decisiones políticas fundamentales”, se vuelve a emplear una formulación eufemística para evitar expresar la cruda realidad: “los países del norte y del centro de Europa, que constituyen el motor económico de la UE, toman las decisiones; nosotros, una vez desarbolado nuestro sistema productivo, debemos obedecer”. En la misma longitud de onda se expresa el señor Rajoy: "Nos jugamos que España en la UE sea parte de la solución o volver a ser un problema", lo que quiere decir, en buen romance: “Nos jugamos que Alemania aprecie que somos lacayos de sus clases dominantes o seguiremos siendo un problema para sus intereses". España es el problema y Europa la solución, manifiesta con “ingenuidad” orteguiana un presidente del gobierno que se jacta de ser patriota.

¿Qué hacer?
Hoy día, la lucha de clases, las tradiciones obreras y populares, se condensan en los espacios donde las medidas draconianas de austeridad golpean a las capas de población marginadas, en los que se entretejen los afectos y se intensifican las contradicciones materiales. Contra la despolitización de la sociedad civil por parte de los poderes públicos y la desposesión colectiva de la riqueza social, en beneficio de las minorías dominantes, las huelgas generales, las nuevas formas de protesta del 15 M, del 22 M o las batallas sindicales, desarrolladas durante los últimos 5 años en nuestro país, nos advierten de una tendencia a la movilización social enfrentada a la sólida alianza de las oligarquías estatales y económicas.

Por nuestra parte, nos abstenemos de pretender anticipar los contenidos a los que la “izquierda europea” debiera acogerse programáticamente en el presente; y mucho menos en el futuro. Pero sí podemos sostener, desde una perspectiva materialista, que solo una fuerza superior a la actual “gobernanza neoliberal” europea y sus instituciones puede alumbrar alternativas políticas efectivas de carácter emancipatorio, raciouniversalista. Que los países periféricos de Europa necesitan un sistema monetario y financiero alternativo al del euro, si es que quieren dejar de ser socios subalternos, cuando no meras comparsas (España como frontera del sur), de una UE plegada a las decisiones de EEUU y que acepta a pies juntillas el “diktat” germano, parece evidente7.

Como ha expresado con contundencia y claridad Lara Hernández, nuestra candidata Nº 10 al Parlamento Europeo, en estas mismas páginas8, "La Unión Europea es irreformable en sus instituciones e inservible para un proyecto realmente democrático y socialmente avanzado". En efecto, la situación de sometimiento de los países periféricos es imposible de revertir desde el Parlamento Europeo, lo cual no significa- como añade Lara- “que [éste] no deba ser usado como altavoz y desde él visualizar los conflictos para denunciar qué es la UE". Debemos conquistar, por tanto, el máximo espacio político en las instituciones para denunciar y combatir el neoliberalismo.

Para los comunistas es un reto potenciar la confluencia de los diversos agentes sociales “minorizados” en aras de la articulación de un proceso constituyente e internacionalista de nuevo cuño, conformando un nuevo “bloque histórico” alternativo a la Europa de la Troika y destruyendo el confusionario mito de la “comunidad europea”.

Porque -es imprescindible subrayarlo- con el concepto de comunidad (Gemeinschaft), ligado a la noción de Europa, se pretende transmitir ideológicamente un armonismo entre naciones (reforzado con la Oda a la Alegría de Schiller y la Novena Sinfonía de Beethoven) que brilla por su ausencia y que oculta las relaciones jerárquicas entre las mismas; un armonismo fraternal que solo puede prender en la mentalidad de los euroburócratas o inflamar el europeísmo “sublime” de algunas almas cándidas: “¡Abrazaos millones de seres! ¡Este beso al mundo entero! ¡Hermanos, sobre la bóveda estrellada debe habitar un Padre Amante!”. Pero lo cierto es que, como decía Tolstoi, la Novena Sinfonía no une a toda la Humanidad, sino a un grupo reducido que se disocia violentamente del resto del Género Humano. No deja de ser llamativo, para hacerse a la idea de la continuidad de los procesos de integración europea, que la adaptación de dicha sinfonía como Himno de la Unión corriera a cargo de von Karajan, que fuera nazi. ¡Abrazaos millones de seres europeístas! Mientras tanto, en el mundo “real”…

NOTAS:
1. Cf. Lazzarato, Maurizio (2013). La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición neoliberal. Buenos Aires: Amorrortu.

2 Cf. Balibar, Étiene (2013). “¿Cómo resolver la aporía del pueblo europeo? En: El síntoma griego. Posdemocracia, guerra monetaria y resistencia social en la Europa de hoy”. Madrid: Errata Naturae.

3. Dice Lenin, en La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918): “Es lógico que un liberal hable de democracia en términos generales. Un marxista no olvidará de preguntar nunca: ¿Para qué clase? Todo el mundo sabe, por ejemplo- y el historiador Kautsky lo sabe también- , que las insurrecciones e incluso las grandes perturbaciones de los esclavos en la antigüedad hacían ver inmediatamente la esencia del Estado greco- romano como dictadura de los esclavistas. ¿Suprimía esta dictadura la democracia entre los esclavistas para ellos? Todo el mundo sabe que no”.

4. Cf. Amin, Samir (2012). Europa vista desde el exterior. El viejo Topo (núm. 296), 7-15.

5. Cf. Panagiotis, Sotiris (2014). La Gauche face à l’Union européenne. Disponible en: http://www.contretemps.eu/interventions/gauche-face-union-europ%C3%A9enne

6. Cf. Negri, Antonio (2013). “Una política de lo común. Del fin de las izquierdas nacionales a los movimientos subversivos en Europa”. En: El síntoma griego. Posdemocracia, guerra monetaria y resistencia social en la Europa de hoy. Madrid: Errata Naturae.

7. Cf. Vasapollo, L; Arriola, J y Martufi; R (2013) Romper el europolo para construir el Alba-Euromediterránea del movimiento internacional de los trabajadores. El Viejo Topo (núm. 306-307), pp. 21- 29.

Cf. Salir del euro. Manifiesto por la recuperación de la soberanía económica, monetaria y ciudadana. Disponible en: http://salirdeleuro.wordpress.com/

8. Entrevista a Lara Hernández: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=3891

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