Dyskolo rescata ahora de la censura y el olvido esta larga elegía como homenaje a Antonio Machado y a León FelipeSe edita "Responso... a la poesía muerta" la larga elegía de León Felipe de homenaje a Antonio Machado

Salvador López Arnal 26/02/2016

Responso... a la poesía muertaLeón Felipe. Prólogo: Salvador López ArnalDyskolo Ediciones

Fue leído por su autor el 14 de abril de 1949 en México, en el décimo aniversario del fallecimiento de Antonio Machado. Pero tuvieron que pasar casi 30 años para que alguien en España lo publicara.

La revista Triunfo lo hizo en septiembre de 1978, muerto ya el dictador, pero también su autor... diez años antes.
PRÓLOGO

Poesía desde abajo y para los de abajo de un “poeta condenado de España, ya próximo a enloquecer y enmudecer”


Dyskolo ha tenido el acierto (¡para que no habite el olvido!) y el reconocimiento a ellos debido de recuperar y reeditar un poema, un gran poema, del injustamente olvidado o no suficientemente recordado León Felipe, el autor de aquella Antología rota editada por Losada que tanto conmovió y enseñó a jóvenes de mi generación. Lo hace, además, este 22 de febrero, 77 años después del fallecimiento en Colliure, “estos días azules, y este sol de la infancia”, de Antonio Machado. La tumba machadiana, el lugar de descanso de alguien que nos dejó umbrío por la pena y la desesperación, y muy ligero de equipaje, casi desnudo, sigue llena de notas, de homenajes, de visitas populares y de flores rojas, amarillas y violetas. Así ha sido durante muchos, muchos años. Francisco Fernández Buey nos acompañó en una ocasión de celebración republicana. No por causalidad, ese mismo día, junto a un grupo de amigos (entre ellos dos grandes poetas machadianos, Miguel Casado y Olvido García Valdés), visitamos también el memorial Benjamin y la maternidad de Elna. León Felipe nos hubiera acompañado con gusto y emocionado. También por esto: uno de los amigos asistentes, el principal discípulo del autor de “Amor y revolución” y de La gran perturbación, hablo del profesor de la UPF Jordi Mir García, tiene una hija muy pequeña al que él y su compañera Paula han llamado Elna. Par que habite el recuerdo.

Responso… a la poesía muerta, el poema que el lector/a tiene ante sus ojos, fue leído por León Felipe un 14 de abril. Fue en México, ¡siempre, siempre en el corazón republicano!, y en 1949 en el décimo aniversario del fallecimiento de Machado, amigo y compañero del poeta asesinado, de Federico García Lorca, del que por supuesto León Felipe también habla en su poema. Triunfo, “la inolvidable” para nosotros, aquella revista de portada negra con grandes letras blancas en recuerdo del Chile de Salvador Allende y la Unidad Popular, tras aquel 11 de septiembre tan cercano a nuestro 18 de julio de 1936, lo publicó gracias a Alejandro Finisterre. El 16 de septiembre de 1978, una década después de la muerte del autor de Antología rota.

Dyskolo ediciones, con esta magnífica edición, homenajea al mismo tiempo a León Felipe, a Antonio Machado y a una de las grandes publicaciones de la cultura antifranquisma, Triunfo. Eduardo Haro Tecglen y Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, fueron dos de sus principales colaboradores. Muchos jóvenes de los años sesenta y setenta intentábamos aprender sobre “este mundo grande y terrible” leyéndola, devorándola, y aprendiendo al mismo tiempo a amar el teatro, el flamenco, la poesía y el cine.

Un responso es un responsorio que, separado del rezo, se dice por los difuntos. En el rezo, el responsorio es la serie de preces y versículos que se dicen después de las lecciones en los maitines y después de las capítulas en otras horas. El difunto es aquí Antonio Machado. Es León Felipe quien habla con su voz, su sentir y su decir inconfundibles. Pero, ¿cuál es aquí esa serie de preces y versículos en este caso? Unos que no siempre han estado suficientemente presentes en la poesía castellana, en la poesía universal, versos que hablan de verdad, de belleza, de dignidad, por supuesto, pero también de injusticia, de miedo, de rabia, de impotencia, de tragedia y de verdadera paz.

De injusticias y agravios, decía, como éste: “Aún tiene oro y joyas el Papa, el Gran Mago de Roma, para fabricar una espada de diamantes y regalársela simbólicamente al caudillo criminal de las Españas... al sapo iscariote y ladrón. ¡Aleluya, sacerdotes, mercaderes de la Cruz y cardenales! Todo lo vuestro se ha salvado también. ¡Pero habéis asesinado el amor!”

Su paz, la paz de León Felipe, no es la paz de la imposición, la paz de los cementerios, del genocidio criminal, de los ¡25 años de paz”, es decir, de muerte y represión: “La paz no la puede pedir nadie..., menos el criminal. Ni imponerla nada..., menos la bomba atómica. Ni impetrarla un Pontífice cuando se le antoje... y se le puede antojar cuando aún tiene sus vestiduras llenas de sangre. La paz cumple... viene... llega sola cuando al principio de amor y de armonía no lo han violentado la ambición y el egoísmo de los hombres”.

No hay que pedir la paz, clama el poeta. “Hay que salvar la Justicia, dándolo todo por ella”. Su justicia es la justicia que defendía Don Quijote, una figura tan querida y próxima a la poesía y al estar en el mundo de León Felipe, loco y sin armas también. “Pero él fue quien nos dijo: La Justicia se defiende con una lanza rota y con una visera de papel. Antes había dicho Cristo: La luz de la Justicia la ganaréis con una corona de sarmientos y con un cetro de caña de escoba”. Pero los católicos, añade el poeta quijotesco y machadiano, “hoy han vestido a Jesús con las insignias de un Emperador romano... y los protestantes le han puesto la bomba atómica en la mano a la Estatua de la Libertad... para que nadie pida Justicia sobre la Tierra”.

El poeta, sin embargo, no se rinde. No es un poeta cortesano, no es un servidor. León Felipe seguía siendo, lo fue siempre, hasta el final de sus días, un poeta rebelde, un ser humano digno y en pie: “Gobernantes, generales, arzobispos: habéis ganado todas las batallas de la Tierra... ¡Todas! Pero los poetas... todos los poetas del mundo han muerto. Y no habrá quien componga la canción de la Victoria. ¿Oísteis? ¡No habrá quien componga la canción de la Victoria!”

¿Quién es entonces verdaderamente León Felipe? “Yo no soy el prólogo de la comedia... ni el sacristán mayor que abre, en el alba, la puerta sagrada del templo”. Así abre el responso dedicado a su maestro y amigo. Nunca hubo templos en su poesía. Ni tampoco ocultamientos ni ambigüedades: “¡Eh, señores del Capitolio y del Vaticano!.../ Con los tubos sobrantes de vuestros fusiles y cañones/ construiréis los órganos de las futuras catedrales... Su gran poesía de mañana “nacerá para engordar las pesadillas”.

Los vientos de esperanza, de humanidad, estamos, escribe y habla en 1949, cuatro años después del fin de la II Guerra Mundial pero también del lanzamiento de las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki y de la irrupción del nuevo, terrible y prolongado enfrentamiento, hieren de muerte la esperanza de las clases desfavorecidas del mundo: “Porque lo que se ha muerto... es la canción./ ¿Oísteis? En todo el mundo se ha muerto la canción./ Nadie sabe hoy cantar. ¿Sabéis vosotros cantar?/ Los maestros del canto se han ido/ a clavar ataúdes y a enterrar a los muertos.” Pero volverán, volverán cuanto a todos se nos limpie y se nos aclare la garganta. Para nuestra voz viva y muerta”.

La poesía de León Felipe, limpia, con la garganta clara, no se esconde. Es una poesía que no se ciega, no se deja deslumbrar por símbolos trucados y apariencias que esconden realidades negras, dominadoras, imperiales: “Y aquello que levanta en la mano/ la Estatua de la Libertad, en la bahía de Manhattan,/ ¿es la vieja antorcha romántica, progresista y democrática,/ o es la nueva bomba atómica, imperialista y criminal?/ ¡Americano! ¡Unge también /tus ojos con colirio para que veas!” Y no es sólo una poesía que se ciega sino que además, nos ayuda a entender “Polvo es el aire... polvo carbón apagado.../ y el mercader y el gobernante/ fabricando sonrisas/ para esconder el hambre y la miseria”.

“¿Qué importan ya los nombres de los pueblos? ¡Son tantos los poetas muertos!”, grita desesperado León Felipe. “¡Todos! Los que se fueron y los que se han quedado aquí. Los que no han muerto... han enloquecido. ¡Todos muertos!... ¡La Poesía ha muerto!”. Pero no, la poesía no ha muerto. La poesía de León Felipe, la poesía de Antonio Machado no están muertas. Acaso estén más vivas que nunca. Este “Responso… a la poesía muerta” es una muestra de ello. La poesía que ha muerto es esta: “¿Otra vez muecas de asombro y de sorpresa? Pero, ¿qué creíais vosotros? ¿Qué creía Churchill... y los augustos ministros británicos? ¿Que la frente de los poetas era una bóveda blindada como las criptas imperiales de Inglaterra y los refugios subterráneos de la City? ¿Qué creían Truman y los grandes millonarios de Wall Street? ¿Que el poema era como el oro, que se puede guardar seguro en una caja fuerte, custodiada por palancas, cerrojos y claves misteriosas?”

Antonio Machado fue un gran hombre, para León Felipe, “uno de los pocos poetas españoles ungido con aceite puro y sagrado de olivos. Y un mártir —algo forzado ya— del ensueño y de la esperanza”. Quiso creer, pero no pudo, “como don Miguel de Unamuno”. Su nombre quedará escrito en el santoral trágico y poético español.

Os he defraudado, os he engañado, nos pregunta finalmente el poeta. “¿verdad? ¿Creíais que venía yo aquí esta noche a hablar de Antonio Machado, con un discurso de ocasión, y que me iba a comportar como un mantenedor de juegos funerales?”. No, nadie pudo, nadie puede esperar eso de un poeta rebelde, humanista, digno y crítico como León Felipe. Nadie. Tampoco ustedes desde luego.

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