Desde el chozo

Ante la Asamblea de IU A lo largo de esta treintena de años miles de personas se han politizado con IU y cientos de miles se referencian en ella.

Javier Navascués 27/04/2016

El nacimiento de IU es consecuencia de dos tesis del PCE, una explícita y otra implícita. La explícita es simple; el PCE no es el único agente de la transformación; así aparece en el XI Congreso a fines de 1983, con el que se inaugura la denominada entonces Política de Convergencia. La otra tesis, no explícita pero que se sigue de la anterior, es la previsión de que las contradicciones del PSOE tarde o temprano le enajenarían el apoyo popular y había que preparar un espacio político y social para articular la participación. Esta política se desplegó con relativo éxito hasta que en el XIII Congreso se planteó la batalla de la reconversión del PCE en un partido de “nueva izquierda” a través de su disolución en IU. La opción fue derrotada pero al paradójico precio de transformar a IU en un partido. Todo ello en medio de una ofensiva sostenida e inmisericorde en todos los frentes, desde el mediático al sindical. Cuando en 2008 se diagnosticó con acierto la necesidad de la “refundación”, las inercias eran excesivas. Los resultados electorales de 2011 y 2012 ocultaron el fracaso de la refundación, desplazando a un segundo plano la necesidad de ampliar la convergencia oculta por unas expectativas aritméticas que se revelaron ilusorias. Y cuando se produjo la sangría en el PSOE ahí estaba Podemos para sustituirlo y desmentir la segunda tesis.

Sin embargo, a lo largo de esta treintena de años miles de personas se han politizado con IU y cientos de miles se referencian en ella. De manera que si su modelo organizativo se ha vuelto excesivamente rígido y su idoneidad como espacio común para una recomposición de la izquierda está muy venida a menos, no por ello es sensato prescindir de lo conseguido. En el momento actual tenemos delante un mapa muy diverso: de una parte existen territorios donde IU preserva una presencia importante, de otra están las confluencias surgidas en las pasadas municipales y, por último, están aquellos sitios donde se ha ido construyendo un embrión de algo nuevo bajo la voluntarista denominación de Unidad Popular. Todas ellas son valiosas pero ninguna es suficiente. ¿Estamos en condiciones de uniformizar esta situación? Mi opinión es que estamos en un momento de transición y lo que en el próximo periodo lo que habría que hacer es hibridar estas experiencias sin clausurar ninguna. ¿En qué sentido? Por una parte IU debe abrirse decididamente a una participación no basada en la afiliación clásica; algo que se supo hacer en otro tiempo. Por el otro, las nuevas experiencias deben salir de la virtualidad y establecer vínculos democráticos reales más allá del voto por internet. En ambos casos, con una profunda cura de desburocratización a través de las viejas fórmulas de la rotación, la incompatibilidad, el mandato imperativo, … Y sin engañarnos: no bastan primarias y programas participados, hay que imponer una práctica basada en formas múltiples de intervención y control desde la base. ¿Cómo conjugar esta diversidad y forzar estas reformas sin perder el norte? ¿Cómo sintetizarlas en un futuro? He aquí una tarea para un Partido organizado y cohesionado.

Publicado en el Nº 295 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2016

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