Marcos Ana ha sido uno de los exponentes más acabados de nuestra apuesta por la dignidadDignidad, sobriedad, ternura Marcos Ana sabía que los convencidos en sus valores y en sus propuestas no necesitan del grito, el insulto o el ataque verbal desmedido.

Julio Anguita González 02/01/2017

Nuestra historia, nuestro despliegue ideológico y político ha girado en torno al eje de la centralidad humana y su inherente e indisoluble relación con la dignidad. Una dignidad que no es solamente el reconocimiento de los derechos y deberes de cada espécimen de nuestra raza sino también, y muy especialmente, la fortaleza, el sacrificio, la firmeza ante la persecución, la tortura o la cárcel en aras de la defensa de esa dignidad para sí mismo y para los demás. Marcos Ana ha sido uno de los exponentes más acabados de nuestra apuesta por la dignidad. Habló de ella, la predicó y la ejerció desde el mejor de los discursos: el ejemplo.

La sobriedad es consustancial con la propuesta revolucionaria. La sobriedad no hace referencia únicamente a la moderación en el consumo, las formas de vida o el horizonte de una sociedad donde la justicia y los bienes necesarios para la vida sean universales. La sobriedad es el discurso preciso, sencillo pero profundo, sin hipérboles, adornos u hojarasca retórica. La sobriedad en los gestos, en el mensaje de compromiso, en el acercamiento a la realidad de cada cual para ayudar a que se ayude, es uno de los legados de tantos y tantos revolucionarios. Y entre ellos el camarada Marcos Ana.

Pero hay algo que corona una ejecutoria revolucionaria y que le da la dimensión humana en su más exacto y emotivo significado, la ternura. Marcos Ana sorprendía y cautivaba a propios y extraños por la cercanía y sencillez con la que exponía su vida, sus dolores y sus sufrimientos. No emanaba de él nada que pudiera equipararse al rencor, la venganza o el ajuste de cuentas. Su lucha trascendía lo inmediato, por dolorosa que fuera, y se centraba en el combate contra las ideas malsanas (el fascismo lo es), los egoísmos rompedores de la solidaridad o los excesos verbales voladores de tantos puentes necesarios para conectar con la mayoría social. Ternura en el gesto, en la poesía, en la apuesta ideológica. Marcos Ana sabía que los convencidos en sus valores y en sus propuestas no necesitan del grito, el insulto o el ataque verbal desmedido. Esa fue la clave de su éxito entre jóvenes y personas ajenas a nuestro mundo. Eso ha sido lo que ha hecho de Marcos Ana un militante, un comunista, una persona ejemplar e irrepetible. Que la tierra le sea leve...

Publicado en el Nº 301 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2016

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