Desde el chozo

La gran moderación Las luchas, las mareas y plataformas, los movimientos municipalistas y un sinfín de experiencias de base de los últimos tiempos han mostrado –con muchas contradicciones - que la organización popular es posible.

Javier Navascués 21/11/2016

La “gran moderación” fue una interpretación que los economistas hicieron de la situación de la economía capitalista a finales de los 90 paralela al fin de la historia de Fukuyama. Bastó llegar a 2008 para comprobar lo radicalmente desencaminados que se iban. Pero aquí quiero hablar de otra “gran moderación”; la que pone de relieve David Lizoain en un artículo en que llama la atención sobre hasta qué punto se ha moderado el discurso de la izquierda. Cito literalmente: “La propuesta más radical encima de la mesa (…) es la de Unidos Podemos: propone aumentar los ingresos un 3% del PIB a lo largo del mandato. Esta cifra es inferior al aumento durante los años que corresponden al primer mandato de Felipe González (4,7%), inferior al aumento durante su segundo mandato (3,6%), y muy ligeramente por encima del aumento necesario (2,7%) para recuperar el nivel de ingresos de Zapatero.” Si limitamos el análisis –y por lo tanto la actividad política– al reflejo parlamentario, parece que esto es lo que hay: una posición social-demócrata débil más o menos matizada en función de cómo se resuelvan las batallitas que se libran en estos momentos.

Esta “gran moderación” es la consecuencia de varios factores: el primero es coyuntural, la depresión que sigue lógicamente a la euforia con la que se pretendió ordeñar inmediatamente la ola movilizadora precedente en vez de atender a su articulación paciente. Otro factor tiene raíces muy lejanas, el profundísimo grado de penetración de la ideología capitalista en la izquierda. El tercero es que la nostalgia de los buenos viejos tiempos anteriores a la crisis sigue operando en el imaginario de todos. Pero que la crisis sigue es innegable: persiste la fractura territorial, la UE está cada vez más cuestionada y las bases materiales que posibilitaron la legitimación de la transición se han evaporado. Lo que ocurre es que desde una posición ideológica débil, mirando hacia atrás y fiando todas las posibilidades de cambio a ocupar espacios institucionales no se le da alternativa al régimen.

Las luchas, las mareas y plataformas, los movimientos municipalistas y un sinfín de experiencias de base de los últimos tiempos han mostrado –con muchas contradicciones - que la organización popular es posible. El problema es que no se ha dedicado tiempo y esfuerzo a hacerla crecer sino que se ha preferido transformarla en votos, en algunos casos incluso para clausurarla una vez que “los nuestros” han llegado. Sin embargo el conflicto seguirá y no nos podemos limitar a convertirlo en iniciativas parlamentarias sino ayudar a “confederarlo” y a que se auto-organice. Afortunadamente la lucha ideológica es ahora más posible que antes ya que se han abierto cauces para debates hasta hace poco ininteligibles para la mayoría de la gente. Esta es la forma en la que en otros tiempos se trabajó y que sirvió entonces para convertirse en referente para muchos millares de personas. El “carrillismo” no fue más que un intento de ordeñar ese trabajo. Y así acabó.

Publicado en el Nº 300 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2016

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