Un mes, un libro

Edición de José Luis EsparciaLos sueños, el amor, las intenciones. Obra Poética Completa I y II, de Carlos Álvarez

Antonio José Domínguez 21/11/2016

La publicación de la Obra Poética Completa con el título genérico de Los sueños, el amor, las intenciones de Carlos Álvarez al cuidado de José Luis Esparcia, en la que aparecen sus libros de acuerdo con la cronología en que debieron editarse y no con las fechas de su edición, algo que impidió la censura, es un acontecimiento cultural que nos permite leer un conjunto de poemarios cuya gestación y publicación supera lo estrictamente poético. No podemos olvidar que su primer libro en España data de 1969, aunque algunos de sus libros fueron traducidos y editados antes en varios idiomas europeos. Este corpus poético cuestiona el canon definido por la crítica en torno a manifiestos, prólogos y antologías de la poesía escrita en nuestro país a partir de 1939, pues raras veces, por no decir en ninguna de carácter académico, aparece una muestra suya en el laberinto de las tipificaciones y codificaciones, aunque sí en otras, como las de José Batlló y José Manuel Caballero Bonald, alejadas de los círculos oficiales. La reunión de toda la poesía del autor de Aullido de Licántropo nos descubre la obra de un poeta que nos sitúa en el clasicismo y en medio del latido de la contemporaneidad, alejado de las modas impuestas por los mandarines de cada época, pues la poesía de Carlos Álvarez, culta y popular al mismo tiempo, intercala para su representación la narrativa, la música y el cine como elementos que ahondan los significados más oscuros para crear polisemias al margen del aparente ornato historicista.

Antes de proseguir su itinerario, y aunque el autobiografismo no explica en su totalidad la obra de un autor, es cierto que en determinados casos su presencia sí se percibe, más allá de las anécdotas, en su visión de la realidad. Carlos Álvarez es un poeta civil que testimonia el fluir del tiempo histórico desde un “yo” poético creado en contacto con el mundo y con sus circunstancias. Podríamos decir que un poeta militante en el amplio sentido del término: resistente y disidente al mismo tiempo. La ausencia del padre asesinado cuando era niño, los años de tortura y cárcel y una conciencia herida, una “licantropía” intransitiva, en medio de un inmoral consenso social son elementos, que transfigurados se convierten en discurso poético que denuncian y afirman la vida ante sus contingencias.

La definición o explicitación de sus concepciones poéticas han sido un hecho habitual en los poetas contemporáneos cuando el antólogo o recopilador de turno de sus poemas les invitaba a dicho menester. En nuestro transitar por los poemarios o antologías de Carlos Álvarez no hemos encontrado enunciaciones sobre la naturaleza de su quehacer poético al modo de los poetas seleccionados en la Antología consulta, pero sí sobre la naturaleza de sus poemas como la siguiente estrofa: Quisiera que mi verso pareciera / como el surco quemado de Castilla / agrio y sediento de gritar por fuera / por dentro la semilla, pensamiento de raíz machadiana. Pero si consultamos sus artículos sobre otros poetas intercalados en sus obras en prosa, Volver a la patria y otros comentarios y De palabra y por escrito, como Odisseas Elytis, Jorge Guillén, Rubén Darío, Antonio Machado, y otros, observamos que desde su voz de creador, además de ofrecernos indagaciones alejadas de los tópicos académicos, nos ofrece facetas diferentes que contrastan con otros estudios, tal como ocurre en su recorrido por la obra de Jorge Guillén el cual rompe con la imagen tradicional de un poeta ensimismado en la perfectibilidad del mundo. Por ejemplo, cuando escribe sobre el poeta griego se pregunta ¿Nos fijamos tal vez suficientemente en tiempos en que el movimiento pendular de la moda rechaza la preocupación colectiva como su forma estética y propone la supremacía de la exquisitez al margen del compromiso, en cuán poco consecuentes somos con el legado griego?, pregunta aparentemente retórica pues su respuesta la leemos insistentemente a lo largo de su trayectoria poética anclada en la tradición comprometida de otros poetas, como Antonio Machado, Miguel Hernández, Ángela Figuera Aymerich o Yannis Ritsos. Si continuamos leyendo el mencionado artículo, encontramos también uno de los fundamentos esenciales de su poesía como es el combate contra la oscuridad de su interior que será el triunfo de tener en el mañana un lugar propio en el sol y ser además el poeta impuro y comprometido con la Historia en cuyo verso también se grita la exigencia de PAN y LIBERTAD, después de haber puesto su palabra al servicio del hombre. Volvemos a insistir que al hablar de Odisseas Elytis, nuestro poeta nos traslada a su poesía, pero especialmente a su Aullido de Licántropo, en el que intenta clamar contra “el maligno lunar que afea a algunos hombres desde su nacimiento”, como apunta W. Shakespeare en Hamlet, autor del que encontramos referencias en su poesía. Pero es en la tradición de una poesía comprometida, en este caso la elytiana, donde formula los objetivos poéticos que serían encontrar el paralelismo y la concordancia, la identidad, entre cosas de diferente apariencia. Su encuentro con el dolor de un pueblo, con el suyo o el de todos los pueblos, se traduce en un intento de conseguir el triunfo ante la muerte, argumentos que son el río subterráneo que recorre toda la poesía de Carlos Álvarez y que en el poema “Sinfonía heroica”, es, por ejemplo, donde en sus concordancias culturales y políticas percibimos la ejemplificación de la armonía y su compromiso.

Estos argumentos nos permiten afirmar que Carlos Álvarez escribe su poesía enraizándose en la tradición española y europea. La concepción poética de Antonio Machado está de un modo implícito y explícito inserta a lo largo de su extensa obra: Su aserto Cuando escucho la plaza del nosotros es hermosa / cuando del yo abandono su angostura, nos traslada al poema “Oh, noche amiga, amada vieja”, pero sobre todo al proverbio: Poned atención / un corazón solitario / no es un corazón. Si en el poema el poeta sevillano cuestionaba la sacralización del “yo” romántico, en el proverbio sintetizaba una ética que en toda sentimentalidad debe construirse en el reconocimiento del otro.

Carlos Álvarez, como hombre de su tiempo y de una generación, no está al margen de las poéticas que enuncian Vicente Aleixandre y Gabriel Celaya hasta llegar a las poéticas definidas como “Poesía es comunicación y conocimiento” que de una manera personal hace suyas, pues sus poemas reflexivos se aúnan con otros en donde abiertamente se manifiesta su compromiso cívico. Sobre esta cuestión, Aurora de Albornoz escribe en su prólogo a La campana y el martillo pagan al caballo blanco (1977): Carlos Álvarez es un poeta testimonial, pero si es cierto que, con frecuencia da testimonio de hechos históricos de carácter colectivo, no es menos cierto que también puede dar testimonio de sentimientos o experiencias de carácter íntimo. Para esta testimonialidad personal, el poeta recurre a procedimientos distanciadores, como el apócrifo o el heterónimo para huir de la confesión autobiográfica o para impregnar de universalidad su herida interna, o para hacer suya la sentimentalidad universal machadiana.

La publicación de los poemarios completos de Carlos Álvarez, además de lo anteriormente dicho, es más que un acto de justicia, es la constatación que estamos ante un poeta cuya solidaridad y denuncia se extiende contra toda injusticia, pero también desde una actitud disidente contra la moral burguesa de unos y de otros con una conciencia política, pero también poética, que cuestiona las consentidas heterodoxias. Esta Obra Poética Completa está formada por los siguientes poemarios: “Escrito en las paredes” que incluye “Poemas de la tierra prometida”, “Tiempo de siega” y “Poemas de las manos vacías”, “Noticias del más acá”, “Papeles encontrados por un preso”, “Estos que ahora son poemas”, “Aullido de licántropo”, “Versos de un tiempo sombrío”, “Como la espuma lucha con la roca”, libros que pertenecen al Volumen I. El segundo comprende los siguientes: “La campana y el martillo pagan al caballo blanco”, “Otras yerbas”, “Dios te salve, María…”, “Los poemas del bardo”, “Cantos y cuentos oscuros”, “Reflejos en el Iwa Rivers”, “El testamento de Heilegenstadt”, “Entre el terror y la nada” y “Memoria del malentendido”.

Esta obra completa va precedida por un prólogo del editor José Luis Esparcia que acerca al lector a su comprensión, pues en un tiempo de indigencia poética es de agradecer toda guía que ilumine a un poeta que tiene su propio alfabeto, es decir, Carlos Álvarez tiene el suyo propio, como todo aquel que, sin olvidar su tradición, tiene su propia voz. Y sus poemas que son palabras en el transcurrir del tiempo y su memoria.

Publicado en el Nº 300 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2016

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