Esperando a los bárbaros

Amor(es)

Felipe Alcaraz Masats 24/02/2017

El amor no ha existido siempre. Me refiero a ese sentimiento de apropiación entre dos sujetos “libres” que teorizó la burguesía constituyente en el Renacimiento.

Dicen que el amor y su nacimiento son datables, como quizás ningún otro sentimiento de los habidos en la historia. Nacería el 7 de abril de 1327, cuando Petrarca, a las puertas de la iglesia de Santa María de Aviñón, en las misa de doce, vio, por vez primera, a madonna Laura. Tu serás mía, debió pensar a tenor de sus sonetos fundacionales; y así le diría que ella vería por los ojos del poeta y el poeta vería por los ojos de la amada, como dos personas fusionadas en una, que ya no serían completas por separado y no podrían pasar nunca de ser una media naranja. El amor-apropiación, también llamado amor romántico, se fundaba sobre palabras bellísimas, supuestamente buenas e inofensivas. Pero la historia de clase de la burguesía quizás, si se mira detrás del espejo, nos ofrezca otras verdades. Como que ese amor ha sido uno de los cementos fundamentales de la estructura familiar, como aparato ideológico de estado clave a la hora de cohesionar a la gente en torno a la necesidad de reproducir las condiciones de explotación del capitalismo. Un amor que nacería al par que la literatura burguesa, por tanto, y que en este artículo recoge y adapta la frase célebre de Juan Carlos Rodríguez: “La literatura no ha existido siempre”.

Ahí también hay que ver la belleza literaria que tapa y encubre al patriarcado, como pieza clave de una dominación que no pocas veces, cuando se ve en peligro de abandono, siembra las fronteras de cuchillos.

El amor nuevo, que no se basa en la apropiación, no es posible en el mercado. Es decir, hay un amor “otro”, distinto, que, por serlo, cuestiona las bases del amor burgués, y que, yendo al fondo, solo es posible en el terreno que ha abierto el feminismo, desde Simone de Beauvoir, pasando por mayo del 68, hasta nuestros días. De este modo el amor pasa de ser un elemento de cohesión en torno al capitalismo, en uno de los motores clave, en la vida privada y en la pública (si es que son separables para una revolucionaria), frente a un sistema de explotación que incluso ha llegado a cuestionar en la fase posmoderna cualquier tipo de amantes al margen del matrimonio formal, haciendo que se confundan soledad y libertad.

El amor que nace en 1327 solo es útil para la sociedad si, en sus efectos, cohesiona en torno a un sistema de explotación que no solo exacerba los instintos de dominación sino que conduce a las estructura de insatisfacción necesaria para que el sujeto “nuevo”, posmoderno, se dedique con toda la fuerza de su alma a consumir y a expandir la fuerza del mercado.

El otro amor conduce a lo contrario. Ya lo dijo el Che: Todo acto revolucionario es en el fondo un acto de amor. Y aquí el amor sí cumple una función de motor, de impulso, de necesidad de una nueva hegemonía que exista al margen de las leyes de la oferta y la demanda, y que haya sabido condenar para siempre las fronteras de cuchillos.

Los poetas románticos, quizás para escaparse instintivamente de la dominación ambiental, llegaron a decir que el amor es un sentimiento inútil, gratuito, que no sirve para nada. Y, en efecto, si le damos la vuelta, el amor no sirve para nada, salvo para hacer la revolución.

Publicado en el Nº 303 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2017

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