Ángulo de refracción

El Capital, la narración de la Nación Obrera

Constantino Bértolo 03/05/2017

Escribir en mitad de la tormenta. Para salir de inwit. José L. Mellado

La Literatura, así con mayúsculas, es un invento del siglo XIX. Antes lo que había era Las Bellas Letras como parte de La Bellas Artes que es expresión que todavía perdura. Es entonces cuando se escriben las grandes y fundamentales historias de la Literatura, o mejor, de las Literaturas, porque se empieza a hablar de una Literatura Universal pero de lo que en verdad se trata es de crear, cada mochuelo en su olivo, las respectivas Literaturas Nacionales. Siguiendo el impulso cultural del romanticismo se trata de aunar tradición y modernidad, historia y Estado, la palabra y la identidad. En cada nación brota la necesidad imperiosa de establecer tradiciones que permitan, apoyándose en las manifestaciones de lengua común, legitimar su propia existencia como nación, la unidad de destino en lo universal que dijo aquel. Resucita el Cid en España, La Chansón de Roland en Francia, los Nibelungos en Alemania y hasta Robín Hood en Inglaterra. Se acuña el término de Literaturas Nacionales y a través del sistema educativo se convierte la literatura en una de las señas de identidad más relevantes a la hora de “hacer Nación”.

...se ve el mundo:/ un gallo sin cabeza/ que corre como loco por el patio. J. L. Mellado

A lo largo del siglo XIX la Nación, como concepto político se asentó como realidad social, económica, cultural y, no lo olvidemos, militar. Políticamente ese asentamiento se produce a través de su plasmación como Estado, ese conjunto de instituciones que gestiona, ordena y vigila “el trasiego” de relaciones individuales y colectivas que se dan en su geografía. En ese gran movimiento de las naciones hacia ser Estado no todas alcanzaron la meta deseada por muy distintas razones que bien se pueden resumir en una sola: no lograron reunir el poder suficiente para pasar del “ser” al “estar”, del deseo a la realidad. El “ser Nación” requiere la presencia de distintas y entrecruzadas características: desde contingencias geográficas o étnicas hasta una lengua común, pasando por la existencia de esa memoria y autoconciencia que otorga una historia colectiva dotada de diferencia específica. El “estar en Estado de Nación” requiere ante todo reconocimiento ajeno y propio, borrar fronteras o aduanas hacia dentro y establecer respeto hacia fuera. Esa necesidad de respeto se plasma en la reivindicación de la cultura en tanto expresión del “espíritu” nacional. La cultura como mecanismo para marcar territorio y la literatura como mediador semántico fundamental a la hora de legitimar, construir o rechazar identidades. La literatura como prueba de nobleza, de madurez, de exaltación, de insatisfacción. Narcisismo colectivo que la clase dominante, la burguesía dirigente que tiene en sus manos el proyecto de nación, venderá como algo ina-preciable y superior, al resto de la población.

Que estire hasta romperse, por si así cabe todo/ Que el chasquido nos salve. J. L. Mellado

Hace ciento cincuenta años que se publicó El Capital. Dentro de un año, en el 2018 será el bicentenario del nacimiento de su autor. El capital de Marx, nos recuerda con especial clarividencia Manuel Sacristán, sin duda el pensador español que más fructífera atención e inteligencia ha prestado a su obra, nace como una propuesta para fundamentar y formular racionalmente un proyecto de transformación de la sociedad. Es evidentemente un texto con una envergadura intelectual y política que desborda todas las posibles caracterizaciones que salen al uso. Es un tratado de economía, un libro de Historia, una disertación filosófica y hasta un compendio de antropología. Es todo eso y la suma global de todo eso que es mucho más que el resultado de la simple concatenación de los sumandos. “Su privilegiada mente y su dedicación tenaz a la causa del proletariado, escribe Manuel Martínez Llaneza le permitieron descubrir la naturaleza económica de la explotación capitalista –el mecanismo de extracción de plusvalía– que grandes pensadores anteriores no habían sido capaces de explicar. Sólo ese hallazgo –de carácter científico y no ideológico– bastaría para considerarlo una figura grande de la historia, si no tuviese sobrados méritos en otros campos de la acción y del pensamiento”.

Y que llegue mañana / y acordarse de todo. J. L. Mellado

El tiempo de Marx, la almendra central del siglo XIX, es también el tiempo del asentamiento de la literatura nacional al servicio de la Nación. La literatura como mecanismo de expresión y reconocimiento de una comunidad nacional que a su través se construye a si misma como lenguaje, como trama, como narración. Es el tiempo en el que la novela se constituye en género hegemónico y desde esa hegemonía cuenta y recuenta la historia e historias de una burguesía que se siente y ve como clase universal. Los grandes relatos burgueses del XIX tienen su lugar en las paradigmáticas obras de Balzac y Flaubert, Dickens y Wilkie Collins, Manzoni y Fóscolo, Galdos y Alarcón, Fontane y Keller. Grandes narrativas nacionales que actúan como sobrelecturas de la historia, a veces, pocas, contradiciéndola, casi siempre transfigurándola en aconteceres de la individualidad en el interior de la sociedad civil, naturalizando los imaginarios de la burguesía, sus valores, sus contradicciones, sus empeños, sus biografías. La burguesía como gran protagonista contando su propio historia. En pocas ocasiones, concediéndole un papel secundario y sentimental y más en clave de pobreza que de explotación, el proletariado hace acto de presencia: Hugo, Sué, Elisabeth Gaskell. Si atendemos a la historia de la literatura podemos afirmar que el proletariado no tiene quien le escriba. Pero si cuestionamos el concepto estrecho, reducido e interesado de qué sea la literatura y admitimos que literatura es la narración que una comunidad hace de si misma a través de todos los medios de expresión a su alcance, inesperadamente cabe comprender que El Capital es la gran narración de la Nación Obrera. Porque lo que Marx escribe es el relato donde el trabajo, en su lucha contra el capital, es el protagonista de la historia restituyéndole ese papel que la burguesía ha venido negándole. Desde este ángulo, que salta por encima de las consideraciones estéticas con las que la burguesía ha establecido las fronteras de lo literario, la narración que Marx lleva a cabo es la historia de esa nación, la Nación Obrera, que algún día, con el empuje de los comunistas y las comunistas será la nación universal.

Publicado en el Nº 305 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2017

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