Ni dios ni amo

No es un chiste Comparar a Melitón Manzanas, Carrero Blanco y otros muchos con las víctimas inocentes de un atentado terrorista no es sólo un dislate histórico sino una auténtica ofensa.

Benito Rabal 03/05/2017

A mi paisana Cassandra

No es raro que en un país como este nuestro, donde el libro más vendido no lo ha escrito quien lo firma, al jefe del Estado democrático le elige la conjunción de un regio espermatozoide con un no menos real óvulo, la cadena de televisión teóricamente más progresista pertenece a la familia más carca, los corruptos reciben loas y parabienes, o, siendo aconfesional, es obligatorio dar clase de religión católica en la escuela pública, anden los jueces un poco confusos con eso de la definición del enaltecimiento del terrorismo y el escarnio a las víctimas de éste. Así que, en un arranque de ciudadanía, me dispongo a aclararles ciertas cosas que ya debieran saber, dado que se les supone personas letradas.

Empecemos por el término Terrorismo que, según el diccionario de Julio Casares, es la dominación por el terror, o también, la sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.

Nuestra historia está plagada de ejemplos que cumplen los requisitos para ser actos de terrorismo. A saber, Moisés ejerciendo el genocidio de los egipcios mediante las siete plagas; las hogueras de la Inquisición, cuyo aroma a carne chamuscada abría el apetito a Felipe II; el exterminio de los indígenas a partir del mal llamado Descubrimiento de América –conquista, debiera ser-; la ocupación de Palestina por parte del ejército de Israel; la invasión de Iraq y Afganistán; los bombardeos sobre Libia y Siria; Guantánamo – que sigue existiendo- y otros campos de concentración; la existencia de armas nucleares; el despojo de África, porque, para violencia y terror, el hambre… Y, sin ir más allá de nuestras fronteras, para ser consecuentes, la Dictadura emanada del golpe de estado de Franco fue, según la definición del diccionario y las palabras de los golpistas, un claro ejemplo de dominación por el terror, de terrorismo.

Así que, vistas así las cosas, ¿no debieran los jueces defender el honor de las víctimas de tales actos, paliar su sufrimiento? Para ser justos habría que retirar los honores a los Reyes Católicos, romper relaciones con un montón de países, procesar al Papa Francisco y a los artífices del pandemónium creado a partir de la guerra de Iraq y, desde luego, abrir diligencias contra las juntas de accionistas de las multinacionales que se mofan del sufrimiento de los habitantes de los lugares que saquean.

Si un chiste, una obra de guiñol, la letra de una canción o este mismo artículo son susceptibles de ser considerados delito de ofensa a las víctimas, ¿qué hay de las risas de la bancada popular cuándo la guerra de Iraq, los comentarios despectivos hacia las víctimas del 11M, la figura del Rey emérito y su descendencia, la Fundación Francisco Franco, el Valle de los Caídos, la cruz de Callosa del Segura o los arcos de triunfo y calles dedicadas a criminales?

Comparar a Melitón Manzanas, Carrero Blanco y otros muchos con las víctimas inocentes de un atentado terrorista no es sólo un dislate histórico sino una auténtica ofensa. Sería algo así como incriminar a los partisanos por luchar contra el nazismo, contra sus verdugos. Porque eso es lo que eran esos sujetos.

Y aun sin desear la muerte de nadie, bien muertos están. Con chistes o sin ellos. Ahora que me juzguen a mi también.

Publicado en el Nº 305 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2017

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