Ni dios ni amo

Guerra Ya no son personas quienes dirigen nuestros destinos sino operaciones financieras que no atienden más que al crecimiento de sus gráficos y son éstos quienes han cogido las riendas del poder.

Benito Rabal 05/05/2017

Andan los sugestionables habitantes de nuestro primer mundo preocupados por las noticias que hablan del inicio de la tercera guerra mundial, llamada, de nuevo, la madre de todas las guerras, aunque todos sabemos que, si se llevara a cabo, sería la viuda de todas las viudas.

No voy a negar que el peligro de un estallido nuclear exista. Uno siempre confía en que a nadie le conviene desaparecer del mapa, pero también sabe que el hambre se calma con pan, la sed con agua, mientras que la avaricia no tiene límite. Por avaricia se ha destapado la caja de Pandora en los países árabes y el Medio Oriente; por avaricia se crean conflictos para mantener distraídos a los habitantes de los lugares más al sur del sur del mundo y así poder saquean sus riquezas a placer; por avaricia, la industria armamentista necesita de guerras modernas y de otras clásicas -de menor intensidad las nombran- para vender los sobrantes de las primeras; por avaricia, el presupuesto de destrucción, que lo hay, está basado en las ganancias que tendrán las multinacionales con la reconstrucción de los países que las mismas multinacionales han destruido. Y así está el planeta.

El problema, lo que hace imprevisible el problema, es que ya no son personas quienes dirigen nuestros destinos sino operaciones financieras que no atienden más que al crecimiento de sus gráficos y son éstos quienes han cogido las riendas del poder. Los humanos que las ejecutan no son sus dueños, sino esclavos de la cultura de la acumulación y, por más que unos pocos se beneficien más que el resto, participamos del festín.

Amparados por una suerte de ceguera colectiva, de amnesia interesada, seguimos manteniendo un mundo donde los seres humanos no son sino un valor a la baja. Así, los mismos que se escandalizan ante los cuerpos famélicos o los mutilados por las bombas, idean software utilizado en misiles, colaboran en su transporte, inventan o comercializan semillas transgénicas que arruinan los cultivos tradicionales y ensanchan el hambre; desahucian, expolian, arruinan.

Y lo peor es que nos vivimos como inocentes cuando nuestro mayor delito es callar. Colaborar en el crimen global, no implica ausencia de culpa, sino todo lo contrario.

Ahora nos asustamos porque la guerra llama a nuestras puertas. Hablamos de Corea del Norte, de su escalada nuclear. No habrá lugar donde no se tilde de locos a sus dirigentes, sin reparar que Francia, China, Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia o Israel poseen, no solo un escandaloso armamento nuclear, sino que está desplegado y listo para el holocausto, a lo largo y ancho de esta maltratada tierra nuestra. Nos asaltan todo tipo de íncubos belicistas y no nos damos cuenta que la tercera guerra mundial hace tiempo que ha estallado. Se llama hambre.

Y mientras, ¿qué hacemos? Llevarnos las manos a la cabeza con el muro de México, cuando aquí lo tenemos en Ceuta y Melilla. Llorar ante la foto de un cadáver que las aguas han arrojado a las orillas de ese mar que un día llamamos nuestro, cuando no exigimos que se respete uno de los derechos fundamentales, la libre circulación de personas.

La solución no hay que buscarla allí donde la jornada consiste en buscar algo para comer. La solución está en nuestros países, ricos, opulentos, aunque no lleguemos a fin de mes. Somos nosotros quienes tenemos el deber de parar esta locura.

La guerra, la auténtica guerra que hay que ganar es la que el capitalismo ha declarado a la humanidad.

Publicado en el Nº 306 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2017

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