Contra el talón de hierro

¿Y si hablamos de Corea del...Sur?

Pascual Serrano 16/05/2017

Es curioso, pero cuanto más se dice que Corea del Norte es el país más hermético, más aparece en los medios. Todos sabemos el nombre del presidente de la Corea “oculta y aislada”, y nadie conoce el nombre del presidente de la Corea “libre y transparente” del Sur, ¿o es una mujer? (el 9 de diciembre fue sustituida Park Geun-hye, desde entonces la presidencia en funciones recayó en el que era primer ministro, Hwang Kyo-ahn). La Corea del Norte aparece más en nuestros informativos que la del Sur y, a pesar de que los periodistas no pueden circular libremente, cualquiera de nosotros ve más imágenes en televisión de Pionyang que de Seúl.

No seré yo quien defienda la locura del sistema Juche (un sistema filosófico, religioso e ideológico a modo de adaptación del comunismo leninista) impuesto en Corea del Norte por Kim Il-sung y continuado por sus descendientes, pero sí, con una propaganda que ya ha satanizado suficiente a los del Norte, quisiera aportar algo de la realidad del Sur. No es que las tropelías del Sur justifiquen el Norte, pero tampoco las del Norte deben hacer bueno al Sur. El reciente libro Dos caras de una misma Corea, de los argentinos Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky (Clave Intelectual, 2016), cada uno de los cuáles ha visitado una de las Coreas, nos descubre muchas cosas. Como del surrealismo del Norte ya nos tienen puntualmente informados los medios, creo más adecuado detenerme en algunas cosas del Sur que seguro resultan muy desconocidas. Por ejemplo, que su locura educativa provoca que los alumnos, presionados por competir y rendir, duermen una media de 5,5 horas por la noche, lo cual ha sido objeto ya de crítica por la ONU. Unos dos mil alumnos de primaria y bachiller se suicidan cada año.

La educación es tan cara que la tasa de natalidad es una de las más bajas del mundo, 1,2 hijos por pareja. No ha hecho falta ningún ley que prohíba tener hijos como en China, lo han hecho a golpe de capitalismo libre.

El culto a unos determinados cánones estéticos provoca que niños de ocho años se operen los ojos para aparentar ser occidentales y que las jóvenes se rebanen los gemelos para tener piernas más estilizadas. Corea del Sur es el país del mundo donde se producen más intervenciones de cirugía estética.

En Corea del Sur no pasan de cinco días de vacaciones al año, trabajan jornadas diarias de doce horas menos los sábados y domingos que “solo” trabajan seis. Mientras tanto, el director e hijo del fundador de Samsung posee una riqueza declarada de 13.000 millones de dólares, aunque se estima que sea el doble y, además, la empresa destina un presupuesto fijo de 200 millones para sobornar a políticos y empleados judiciales.

Entre los jóvenes coreanos arrasan los juegos de internet, pero no como en nuestros países. Ellos van a unos cibercentros abiertos las 24 horas del día, donde aspiran a ser estrellas de esos juegos. En Corea del Sur se celebran competiciones en estadios olímpicos donde asisten ¡40.000! personas a verles jugar en pantallas gigantes. Las estrellas pueden ganar 400.000 dólares al año. La ciberadicción es uno de los principales problemas de salud de los jóvenes a los que se enfrentan las autoridades.

Como dicen nuestros autores, en Corea del Norte todo se espera del Estado, que distribuye poco y mal. Pero en Corea del Sur los ciudadanos no esperan nada del Estado, el cual se desentiende de todo y crea coreanos sumisos que consideran que cualquier fracaso es propio de su responsabilidad.

La disciplina opresora del Norte se convierte en el Sur en ideología del individualismo y obediencia que termina siendo más eficaz como control social y productividad. Al coreano del Sur no le roba la libertad el Estado policial como le sucede al del Norte, sino la obsesión para el rendimiento, la tecnología y la competitividad. El resultado son 15.000 suicidios anuales en el Sur, uno de los mayores promedios del mundo. ¿Se imaginan en Corea del Norte un campo de concentración donde cada año murieran 15.000 personas?

Nuestros medios han conseguido que vivir en un régimen como el Kim Yong-un nos dé pavor, pero quizás sea más peligroso que no nos lo dé vivir en el de Corea del Sur.

Publicado en el Nº 306 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2017

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