Esperando a los bárbaros

1917 Oír a Lenin por trillas, en el arranque mismo del disco, tras el acorde grave de un violonchelo, siguiendo un poema de 1905 que habla de una lucha a todo o nada, con la voz al pecho, que rompe y no rompe cada nota, de Manuel Romero.

Felipe Alcaraz Masats 30/05/2017

Me gustaría referirme a un hecho cultural singular: la publicación del disco de cante jondo por Atrapasueños (cooperativa para una cultura alternativa) “1917”, del cantaor Manuel Romero, El Cotorro.

Siempre se había dicho que el flamenco, aunque era un cante procedente de la misma raíz amarga del pueblo sometido, y castigado, era, sin embargo, una expresión artística al servicio de los señoritos y de sus juergas y, más allá, al servicio del sistema. Nadie, salvo Juan Pinilla, se había detenido en una realidad distinta, al otro lado del espejo: Las voces que no callaron. Aun reconociendo que, en muchos casos, eran voces en la clandestinidad o que se refugiaban en la riqueza metafórica de quien se atreve a señalar pero no puede poner las cosas claras sobre la mesa por razones de seguridad, y de libertad, y de vida misma.

Ahora, con motivo de los 100 años de la revolución en Rusia, Manuel Romero, que procede de la lucha campesina, culturalmente hablando, y hablando también de la ocupación de fincas abandonadas por el patrón, va y dice, de lo sencillo que a veces son las cosas, que él es de Izquierda Unida. Y “presta” su voz a letras inesperadas para el jondo –solo conocíamos el precedente neto del maestro Pinilla-, como Lenin, Shelley, Maiakovski, Egea, Brecht, Ho Chi Minh… O sea, que no presta su voz, sino que la implica.

Oír a Lenin por trillas, en el arranque mismo del disco, tras el acorde grave de un violonchelo, siguiendo un poema de 1905 que habla de una lucha a todo o nada, con la voz al pecho, que rompe y no rompe cada nota, de Manuel Romero, es algo inesperado, que te golpea con la fuerza del atrevimiento y el sacrificio de aquellos que estaban dispuestos a asaltar de verdad los cielos para cambiar las cosas, “para una vida nueva”. El convulso fantasma de Shelley (1829) por peteneras, Moreno Galván a Dolores por soleares, Egea y Brecht por tangos, Ho chi Minh por livianas-serranas o Maiakovski en un son de marianas… La idea de Atrapasueños ha logrado plasmarse en un disco singular, un año singular, en la lucha singular por el fantasma de una cultura nueva.

No es ya la de Manuel Romero una voz en la clandestinidad, refugiada en la copa de niebla de una metáfora que se atreve, pero no tanto, que canta ante el sistema sin que este note el viaje de fondo, como hacía Valderrama con su emigrante en la misma cara del dictador. No. Es un disco de una sola lectura, desde la otra orilla, y no precisamente la orilla del panfleto, o la orilla de la improvisación dada la oportunidad de la fecha. Es un disco pensado, elaborado, yo creo que pleno (perdóneseme la opinión, aunque no hay calentura: ya lo veréis), valiente, desde el atrevimiento cargado de primavera de una rosa roja y comunista. Desde esa audacia que ahora merece complicidades.

Publicado en el Nº 306 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2017

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