La afilada punta del cálamo

Desde el fondo de la asamblea Me conmueven tantas intervenciones personalistas, individualistas, generadas desde la ansiedad de una espantosa soledad social, desde una insatisfacción individual que nunca se colma.

José María Alfaya 05/06/2017

Cuando pensamos en la famosa cita de Marx sobre cómo se pasa (en el transcurso de la Historia) de la tragedia a la farsa cuando se repite una situación, podemos escoger entre reírnos de la parte que podemos calificar de payasada actual o preocuparnos enormemente por lo que está en juego. Más aún, podemos valorar la presión psicológica a la que estamos sometidos por la distorsión entre lo que pasa, el cómo nos cuentan lo que pasa, lo que pasa ante nuestros ojos y lo que parece que queremos que pase. Y digo “parece” porque, sin dudar de la buena fe de nuestras intenciones declaradas, no siempre los hechos, incluso los más aparentemente nimios, están de acuerdo con los dichos o refuerzan las posibilidades de que las obras correspondan a las razones.

Creo que la clave general está en cómo nos cuentan lo que pasa y cómo nos contamos lo que nos pasa. Cuánto comentamos los problemas tal y como nos llegan formulados, cocinados y hasta predigeridos y qué poco reflexionamos en común, aquí y ahora, en nuestro propio terreno y desde nuestra identidad, sobre sus causas y sus soluciones. Cuánto cuesta estructurar un debate, documentarlo, sumar opiniones y establecer resoluciones, tan razonadas como viables, en las que apoyarse para el viaje hacia lo aparentemente imposible, por ejemplo, la Revolución, el Socialismo. Cuánto cuesta interpretar lo que pasa ante nuestras narices porque nos falla el olfato, la vista, el oído… Cuánto cuesta transmitirlo porque nos falta tacto y cuánto nos cuesta comprender porque nos falta gusto.

Cierto que otros problemas no nos llegan. O no nos llegan con el último “telediario” intoxicador, uno más que se suma a las muchas dosis alucinógenas que nos meten en el cuerpo a lo largo del día, entre publicidad alienante y charlatanería de todólogos desaforados. Los llevamos dentro, largamente incubados, y nos salen como ese alien que tanto me gusta (metafóricamente hablando) como ejemplo de contaminación íntima. Me fascina la facilidad con que, en la asamblea, los debates que debían plantearse estructurados, para sumar saberes, conocimientos y voluntades, se sustituyen por una yuxtaposición de opiniones y ocurrencias personales que se salta cualquier “orden del día” y cualquier vertebración lógica… sin salidas hacia la acción salvo que entendamos como tal la catarata de whatsapp y emoticones que nos acompaña en nuestro círculo reducido con pretensiones de universalidad (porque hemos arrojado la botella con el mensaje del náufrago a un océano de amplias y lejanas orillas) aunque no evaluamos con rigor si alguien recoge el llamamiento en nuestro propio charco. Me conmueven tantas intervenciones personalistas, individualistas, generadas desde la ansiedad de una espantosa soledad social, desde una insatisfacción individual que nunca se colma por mucha verborrea de mantras apenas digeridos que se vomite sobre el resto de los… ¿contertulios?

Pero más digno de interés es, todavía, reflexionar sobre el estilo de debate que sufrimos desde que nos metemos, con mochila o sin mochila, en la excursión por los terrenos confluyentes y no tan convergentes del cambio. Me adelanto a declarar que cualquiera tiempo pasado no me parece mejor, que no tengo yo relacionada mi juventud con ninguna apoteosis política ni hormonal sino, más bien, con lo mismo de ahora: mirar alrededor, mirarme en el espejo y tratar de entender para actuar…

Publicado en el Nº 307 de la edición impresa de Mundo Obrero

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