Mediaciones

Fake News

Francisco Sierra 06/06/2017

En uno de los numerosos foros sindicales con profesionales del periodismo, un participante, muy crítico con lo expuesto, llegó a interpelarme que los estudiosos del campo andábamos en las nubes. La expresión, lejos de resultar ofensiva, se me antojó más que pertinente, considerando que, en efecto, la Comunicología está y debe continuar observando desde la nube. Pues no es sino la crítica y el razonamiento lo que nos permite comprender las complejas transformaciones que vivimos y las posibles alternativas de un nuevo modo de producción y organización de la esfera mediática en la era digital. Más aún cuando la mediación informativa afronta nuevas lógicas de enunciación, un nuevo modo de captación y proyección social de la experiencia que trasciende la división del trabajo y el modelo de producción masiva en el origen de la extensión de las industrias culturales. El cambio de paradigma que vivimos plantea, sin duda, retos estructurales en la política de representación.

La inflación informativa por la dinámica del nuevo capitalismo inmaterial ha alterado a tal punto las condiciones de control y difusión del acontecer social que los modos de hacer y pensar el oficio han implosionado, cuestionando las jerarquías y modelos de reproducción que históricamente han marcado el modelo de mediación de la modernidad. Así por ejemplo, como advierte Ramonet, la información se está volviendo un work in progress, un material en constante evolución, una especie de conversación, un proceso dinámico de búsqueda de la verdad, más que un producto terminado. La desmaterialización de los soportes y la propia inercia de la destrucción creativa del capitalismo han hipotecado, como resultado, la actividad periodística (in cloudin) deconstruyendo paulatinamente la función representacional del periodismo. Por ello, hoy más que nunca, conviene describir con precisión el actual escenario de conflictos e intereses, de creencias y filosofías periclitadas que entran en crisis con la revolución digital, a fin de definir una agenda común para la acción de un Periodismo Real Ya, aquí y ahora, que supere la abundancia de la redundante sobrecarga de información dominante. Frente a la tónica o narrativa de reciclaje y bajo coste en la producción de noticias, proyectar una nueva mediación antiestratégica que haga posible la utopía comunicacional del periodismo como contrapoder parece más que evidente, pero muchos profesionales siguen anclados en un imaginario de la profesión sin consistencia y capacidad de respuesta ante la dinámica de la postverdad y la cultura Twitter.

En otras palabras, del mismo modo que, en su momento, como criticara Balzac, se experimentó un proceso de cambio de la prensa de opinión y literaria a los periódicos de empresa y grandes grupos editoriales, en las últimas décadas se ha venido produciendo una tensa dialéctica de concentración y abundancia de información, que pone en crisis la profesión periodística por la intensiva lógica extendida de colonización del capital resultando que del generalizador sublime, del profeta, del pastor de ideas que fuera antes, del publicista (que era el profesional de la información) no queda ya más que un hombre ocupado de los despojos de la actualidad. En esta deriva, los mitos de la imparcialidad e independencia de la prensa han sido denegados por una praxis que dista mucho de aproximarse a los valores originarios defendidos. Prueba evidente de ello es el conformismo institucionalizado de la profesión mientras asiste perpleja a los cambios y demandas del nuevo entorno, al grado de producirse una crisis radical de confianza y de sostenibilidad económica que no sólo atañe a la interrelación de las presiones políticas y económicas, sino más allá aún afectan, además, a la razón de ser de la función de intermediación ante los avances de la convergencia tecnológica y las nuevas prácticas autónomas de los prosumidores en la llamada democracia 4.0. En respuesta a este cambio de ciclo y de modelo de negocio, el sector no ha hecho sino incidir en algunos de los procesos que están en el origen de la actual crisis de representación. La mercantilización a ultranza y la salida a bolsa de los grupos multimedia han significado una huida adelante que, en la práctica, está terminando por horadar las bases materiales y el sentido mismo de la acción informativa. Por ello la crisis irreversible de medios de referencia como El País no es tanto resultado de la gestión de Antonio Caño y el malévolo Consejero Delegado como de ética y política, del virtuosismo de la mediación. En IU, no olvidamos la indigna degradación del autor de “Un oficio de fracasados”, en la campaña de acoso y derribo contra Julio Anguita. Existe, en fin, una solución de continuidad en la trama de aquella estrategia de cercamiento de la izquierda real y el discurso contra Unidos Podemos que el sistema de medios mainstream viene sosteniendo, con el acriticismo de los tertulianos de turno, partícipes de la fábula de la pinza y otras proclamas que desacreditan la función pública de la prensa. Véase por ejemplo las elecciones presidenciales en Francia. En otras palabras, la era infowars podríamos decir que no empieza con las redes sociales. El neobarroco de esta cultura de la simulación se inicia con el imperio de la televisión y JFK y alcanza su clímax con Ronald Reagan, un presidente, como Trump, en la práctica incompetente pero mediáticamente proyectado como líder político por el sistema catódico en un programa semanal patrocinado por General Electric. De estos casos a la construcción de Macron como estadista hay un paso. Y es desde este marco desde donde hay que entender la imposición de la cultura Fake News. Una lógica que prolifera por la concentración informativa, la expansión mercantil de los medios sensacionalistas y la falta de criticismo de las audiencias, dado el decreciente nivel de lectura y la falta de conciencia política del contexto histórico sobre el que el acontecer diario de las noticias se reproduce a partir de los gabinetes de comunicación y la privatización de la esfera pública. En este escenario, el mito, como ha demostrado Noam Chomsky, de los grandes medios como guardianes de la libertad es, por lo mismo, un relato sin fundamento, salvo en algunos países, no precisamente EE.UU., como por ejemplo Venezuela o Ecuador, donde los medios operan como el partido de oposición al servicio del poder económico. Pero para nuestra prensa el populismo Trump y la izquierda bolivariana viene siendo lo mismo en cuestiones de libertad de expresión. Paradojas de la inconsistencia periodística cuando se comprueba que el ruido vende. Esto es, la falta de información es la condición del comercio cuando se confunde la libertad de prensa con la libertad de empresa informativa. Por ello el conflicto y la controversia se alimentan a diario desde las industrias culturales. En otras palabras, no son medios opositores a la Casa Blanca. Nunca lo fueron. Pero ahora tienen que convivir con una cultura que es indicio de vientos de cambio. A día de hoy, mi hipótesis es que el discurso de la simulación de la libertad de expresión como industria ya no resulta efectiva ni convincente, aún siendo en diferido. Pero, para que no nos jodan la vida, y por si acaso uno en la nube se equivoca, cosa probable, conviene pasar del Fake News al Fuck Newspapers.

Publicado en el Nº 307 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2017

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