Plano picado

Película Paraíso, de Andrei KonchalovskiParaíso para unos, infierno para los demás

Juan Carlos Rivas Fraile 06/06/2017

Título en España: PARAÍSO
Título original: Rai.
País, año: Rusia, 2016
Director: Andrei Konchalovski
Guión: Andrey Konchalovsky, Elena Kiseleva
Música: Sergei Shustitskiy
Fotografía: Aleksandr Simonov
Intérpretes: Yuliya Vysotskaya, Christian Clauss, Philippe Duquesne, Peter Kurth, Jakob Diehl, Viktor Sukhorukov, Vera Voronkova, Jean Denis Römer, Caroline Piette
Producción: DRIFE Productions / Production Center of Andrei Konchalovsky
Distribuidora: Film Büro. Estreno: 12 mayo 2017

Cuando aún resuena en nuestra cabeza el impacto de una obra maestra como El hijo de Saúl (Läsló Nemes, 2015) cuyo eco se superponía al lejano pero inextinguible de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) el ruso Konchalovsky nos hace preguntarnos si puede añadirse algo nuevo o distinto desde la ficción, como nos preguntábamos en el pasado festival de Cine Documental de Navarra cuando vimos Treblinka (Sérgio Tréfaut, 2016) sobre el infierno del genocidio nazi.

Resulta complicado añadir argumentos nuevos al repleto desván de recuerdos de ese infierno. Una nueva película de nazis, de deportaciones, de campos de exterminio… ya casi no queda espacio vacío que rellenar con más persecuciones de judíos y más oficiales de las SS. Tal vez por eso Andrei Konchalowski quiere ir más allá de ese territorio sin dejar de pasar por él. Si desea cuestionarse por las raíces del mal que brotó con tan apabullante fuerza entre los años 30 y 50 en Europa, y más concretamente por su epicentro en Alemania, el director ruso lleva su reflexión a una dimensión filosófica y renuncia a indagar en razones económicas o sociopolíticas. El mal habita en las capas profundas del alma humana; cada individuo, sometido a circunstancias de extremada presión, es susceptible de transformarse en un monstruo capaz de cometer atrocidades sin despeinarse, o de hacerlo entre convulsiones de su conciencia, atrapado en las contradicciones de lo que le dicta su estómago, una inicial repulsión hacia la violencia, y lo que el instinto de supervivencia le aconseja.

Konchalowsky plantea una estructura edificada sobre tres personajes, un comisario francés filonazi que lucha contra la Resistencia, una aristócrata rusa encarcelada por haber ocultado y protegido a niños judíos, y un oficial del ejército alemán que se alistó al partido nazi por idealismo. Los tres comparecen por separado ante una especie de tribunal no terrenal, como si se encontraran declarando en el juicio final ante el que narran su historia y esgrimen las razones que tuvieron para obrar como lo hicieron en vida, buscan justificarse o directamente se confiesan.

Este añadido externo al relato, rodado en formato documental, personajes mirando a cámara y transiciones que recrean el artificio de rollos de película sin depurar el montaje, confieren a la película un sentido último metarreligioso, opción en definitiva perfectamente respetable y subrayado que creemos innecesario, que provoca una sensación de extrañeza y a la vez no deja de marcar la originalidad del punto de vista: no es el de las víctimas y/o los verdugos, como se acostumbra, sino el de individuos confrontados a unas circunstancias extremas que les colocan ante contradicciones morales extremas. Lo cual podría haberse contemplado en cualquier otro escenario. O dicho de otro modo, hace que el Holocausto como fenómeno histórico sea sólo el marco de la historia y no su tema central.

La doble moral que observa el comisario colaboracionista le permite conjugar un cierto disgusto por los detalles sangrientos de la tortura con la razón suprema del deber, que pasa por hacer lo que le ordenan sin atender al sufrimiento que comporte para los perseguidos. La aristócrata detenida y deportada por pertenecer a la resistencia admite que hubiera traicionado a sus vecinos o compañeros para evitar el dolor de los malos tratos; en su depauperada imagen (magnífico trabajo del departamento de maquillaje) vemos la degradación a la que es sometida, viviendo en condiciones infrahumanas. Konchalowski no se recrea nunca en los detalles más deplorables del campo de concentración, que casi permanecen por completo fuera de campo, y nos muestra la insolidaridad y el comportamiento casi animal entre compañeras de barracón.

El militar nazi ocupa el espacio privilegiado en la narración. Su retrato es rico en contrastes, desde su dominio de la lengua rusa, su devoción por los escritores, como Chejov, sobre quien hizo un estudio, o músicos como Brahms, hasta su sentido estricto de la disciplina que le lleva a adquirir una alta responsabilidad en el control de la corrupción en el interior del campo. Se alistó por ideas y lucha por sus ideas, una nueva Alemania, un orden nuevo. El problema es que en ese orden el dolor de los que sobran no importa nada. El retrato se enriquece cuando se encuentra con la chica rusa de la que estuvo enamorado en una estancia del pasado en la Toscana; a partir de ese recuerdo que intenta recuperar, la compasión abre un hueco en su mente, y ni siquiera se plantea si esa actitud es o no contraria a sus obligaciones como oficial nazi, hasta que la constatación de la corrupción generalizada le hace descreer.

Konchalowski habla más de la conciencia humana y de los embates del destino que del nazismo. Paraíso denuncia el Holocausto, pero lo hace, como decía, desde una perspectiva cuasi religiosa. También advierte del peligro de la fanatización que conllevan las ideologías, en particular las que están dispuestas al sacrificio propio y ajeno en aras de un bien ideal, que pueden conducir al desastre, al genocidio. Esta consideración ideológica, junto con la estructura narrativa (desequilibrada por el peso desigual otorgado al hilo narrativo del comisario francés) son los elementos más destacables de una película que presenta la bella fotografía en blanco y negro y el formato en 4/3 como aviso de compromiso autoral.

Reportaje en días de cine:
http://shorturl.at/kAF25


RECOMENDACIONES

ALIEN COVENANT. Ridley Scott. 2017. Espectacular y espléndida continuación de Prometheus, precuelas ambas de Alien, el octavo pasajero. ¿Qué más se puede pedir?: la siguiente entrega de la trilogía, que aguardamos con impaciencia.

NO SÉ DECIR ADIÓS. Lino Escalera. 2017. Brillantísimo debut de un director que entrega una obra redonda. Dura, sin concesiones, lágrima fácil ni paños calientes. Magistral. Reportaje en días de cine: https://goo.gl/TUVmsM

PERSONAL SHOPPER. Olivier Assayas. 2017. Decepcionante por las altísimas expectativas que despertaba. Dos universos, el espiritista y el materialista, que no consiguen fusionarse con naturalidad ni alcanzar el mismo interés. Aún así… yo volveré a verla. Reportaje en días de cine: https://goo.gl/nVMDTw

DEMONIOS TUS OJOS. Pedro Aguilera. 2017. Un director a seguir de cerca. Dos temas tabú, el voyeurismo y el incesto y un tratamiento menos moralista de lo que sus propias declaraciones insinúan. Muy sugestiva.

Publicado en el Nº 307 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2017

En esta sección

Celebración en Rusia del centenario de la Revolución de OctubreLa Revolución rusa y el movimiento obrero europeoAsturias reivindica la vigencia del octubre soviéticoAlejandra Kollontai y la Revolución rusaCelebrar el centenario de la Revolución aprendiendo de ella

Del autor/a

Un cine revolucionario en plena revolución¿Autor o impostor?Un François Ozon menorLa última palabra de WajdaParaíso para unos, infierno para los demás