Ni dios ni amo

Reservado

Benito Rabal 06/06/2017

Hace poco fueron las fiestas del pequeño pueblo donde vivo. Aunque estamos censados alrededor de trescientas personas, la verdad es que, hasta que llegan los calores del verano, esto parece un cementerio de elefantes y no somos más de treinta los que nos cruzamos a diario por la calle, en la playa o en alguno de los bares que permanecen abiertos durante el invierno. Pero cuando llegan las fiestas, dado que el punto álgido de éstas consiste en una sardinada gratuita, e insisto en lo de gratuita, la carpa que montan los vecinos, se llena de gente que acude de las localidades cercanas y todo es un abarrote de personal que hace complicado encontrar un buen sitio desde el que disfrutar de la sempiterna orquesta de lentejuelas y pasodobles. Sin embargo, como pasa en todos los eventos en los que interviene la oficialidad, en primera fila, en sitio preferente, con el mantel de blanco reluciente y los cubiertos dispuestos, hay una larga mesa vacía. Es la que está reservada para las autoridades.

Entiendo que las dichas autoridades tengan múltiples compromisos y que no puedan llegar a tiempo para coger sitio. Yo también guardo lugar en la cola del cine para algún amigo que acaba de trabajar más tarde que yo. Pero el cartelito de reservado es, cara a nuestra suspicacia, más peligroso de lo que parece. De alguna manera implica que las autoridades tienen más derechos que quienes les han colocado en el lugar donde están. Se pervierte el lugar que tenemos cada uno en la convivencia y a menudo se olvida que son ellos nuestros servidores y no viceversa.

Existe una confusión atávica entre la función de gestionar lo público y la de mandar en lo público, que urge aclarar. Esa es una de las razones por la que la ciudadanía percibe la política como un lastre. A nadie se le ocurriría decir que los fontaneros, por poner un ejemplo, son una caterva de ladrones porque uno de ellos haya hecho un mal trabajo. Pero no ocurre lo mismo con quienes gestionan nuestros recursos y dependiendo la ideología, los reparten entre muchos o entre pocos. A todos se les mide por el mismo rasero y suele ser el peor de éstos.
A ello no ayuda ni el constante descubrimiento de casos de corrupción, ni siquiera las decisiones judiciales. Tras el anuncio de cárcel para el corrupto, viene su liberación pagando una fianza infinitamente menor que el monto robado, o al menos, presuntamente robado. Y a uno le viene a la cabeza cómo, en la época cumbre de los narcos gallegos, sus bienes eran expropiados y convertidos en bienes de utilidad pública, cosa que no sucede con los que han expoliado lo que era de todos.

Cuando se habla de financiación ilegal de partidos, no se explica bien en qué consiste y así la gente no lo ve como unos de los más graves delitos que se puedan cometer. Entienden que se ha infringido la ley, pero eso, en un país donde la ley tiene tan poco crédito, aparentemente no tiene demasiada importancia. Si acaso piensan que son más listos a la hora de conseguir dinero y ya que son los que mandan, mejor que sean listos. Al menos que me robe uno en vez de muchos y si no me entero, casi que mejor. Cuando no hay una cultura política, eso es lo que se piensa. Y desgraciadamente, no la hay. Por eso quienes están inmersos en el latrocinio siguen recabando votos.

Otra cosa sería si consiguiésemos aclarar cuál es el auténtico problema que no es otro que esa financiación se ha conseguido a cambio de favores. Quienes han dado dinero a un partido, lo han hecho no para que éste gestione lo público, sino para que mande sobre lo público y así podrá devolvérselo a través de contratas y concesiones, de prebendas y cambios de leyes a favor de sus intereses. Ese es el problema y no otro.

El problema es a cambio de qué han recibido ese dinero. Eso es robar y sobre todo robar al bienestar común, porque lo que se ha ido a abultar los bolsillos de los donantes -y de quien ha aceptado su donación- se ha quitado de lo que estamos pagando todos.

Pagamos por una gestión, no para entregar nuestra vida en sus manos. Que no se nos olvide.

Publicado en el Nº 307 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2017

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