Escenarios

Crítica de teatroEl fin de la violencia… intento frustrado de desobediencia civil

Iván Alvarado 21/07/2017

Obra: El fin de la violencia
Autores: Sergio Martínez Vila
Intérpretes: Esther Blanca,
Esteban Hirschhorn y Sergio López
Dirección: Rosa Briones
Idioma: Castellano
Espacio sonora: Juan Carlos Blancas
Compañía: Proyecto Prometeo
Función: Sala La Cuarta Pared
Fechas: 22 junio al 1 de julio en Cuarta Pared. Para saber próximas funciones visitar: www.elfindelaviolencia.com.

La compañía Prometeo nos presenta El fin de la violencia, una obra generada a partir del trabajo colectivo entre la citada compañía con la directora Rosa Briones. Partiendo de improvisaciones y diálogos desarrollan el dispositivo en torno a la desobediencia.

El trabajo, inspirado en el acto de desobediencia de Prometeo, como metáfora sobre la cual el dispositivo vuelve cíclicamente, hasta en esto son fieles a la figura mitológica, es un intento de rastrear la desobediencia desde diferentes fragmentos.

Es una apuesta arriesgada donde se conjugan una serie de aciertos con otros elementos que no ayudan. De un lado la propuesta minimalista donde dos andamios móviles se transforman en lo que juegan los actores y la actriz: unas veces una cruz, otras una torre, dan un efecto de dinamismo coherente con la búsqueda a partir de fragmentos cortos. Del otro una escasez de luz, que si bien es también coherente con la dramaturgia del dispositivo, pues el sol no ha salido ese día, ni sale en los tres días siguientes, dificulta mantener la atención en las casi dos horas del montaje.

No obstante, el dinamismo constante del dispositivo ayuda a que la atención no se acomode. Con una clara reminiscencia hegeliana cada fragmento preconiza el fin de determinada institución marcando títulos sugerentes: el fin de la religión, el fin de la familia, el fin del trabajo, el fin del lenguaje, el fin de la política, el fin del espectáculo.

Cada fin es un guiño al fin de la modernidad, el fin del mundo tal y como lo entendemos, jugando con la combinación de fragmentos desconectados, con otros que guardan una relación lineal.

Todo ello marcado por un trabajo actoral bastante exigente y lleno de registros. El elenco está constantemente saliendo de la zona de confort, rompiendo algunas veces la cuarta pared, otras veces jugando al histrionismo, otras al naturalismo e incluso algunas veces llegando a personajes contradictorios que desarrollan un tipo de discurso que no va en consonancia con lo que el personaje quiere; como un esclavo que desea serlo o un político que quiere poder y que vende libertad.
Es esta constante búsqueda la que poco a poco, junto a un texto cargado de simbolismo, va introduciendo al público en zonas que podemos calificar cuando menos pantanosas. Es un alegato a la desobediencia civil donde se mezclan figuras como: Durruti, Francisco Franco, Gandhi, o Patricia Heras. Este tipo de mezclas, y citas de dudosa autoría de Gandhi, van generando un universo complejo del cual el público corre el riesgo de salir más perdido que empoderado.

El dispositivo a mitad entre la apuesta posmoderna, donde la linealidad narrativa se pierde, con la narrativa moderna, con historias que tienen su continuidad a lo largo de la obra, va generando una distopía confusa que nos recuerda el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, donde la oscuridad va cegando poco a poco a sus personajes para terminar viendo un nuevo amanecer que no terminamos de entender.

Pese a que la pregunta que siempre sobrevuela al montaje es muy necesaria para los tiempos que vivimos: ¿Por qué hacemos lo que no queremos?, expuesta desde diferentes lugares: ¿por qué vamos a trabajar pese a que no amanece?, ¿por qué aceptamos ser esclavos aunque no lo queremos?, las soluciones vuelven a ser las mismas, el discurso moral o la pregunta.

Publicado en el Nº 308 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2017

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