A cien años de“El Estado y la Revolución”Un siglo entre dos veranos

José Manuel Mariscal Cifuentes 25/07/2017

Lenin redacta “El Estado y la Revolución” durante los meses de agosto y septiembre de 1917. Cien años después, conviene recuperar la lectura de este clásico, no sólo para combatir la “beatería leninista” que decía Sánchez Vázquez o el “leninismo embalsamatorio” al que aludía Fernández Buey; no sólo para reivindicar lo que para mí no es oxímoron sino pleonasmo: un leninismo creativo; sino, y sobre todo, para reflexionar sobre el Estado y la Revolución hoy, en un contexto en el que la disyuntiva entre ruptura y restauración parece estar resolviéndose a favor de ésta última.

Como en cada uno de sus escritos, el desarrollo de los acontecimientos, la dinámica de las fuerzas en liza, motiva y determina su contenido. Como a lo largo de toda su vida revolucionaria, teoría y praxis van de la mano. Cuando Lenin escribe lo hace con una clara intencionalidad práctica, no elucubra, no ensueña, ni siquiera cuando en ese periodo recupera la lectura de las Lecciones de Filosofía de la Historia de Hegel o resume la Metafísica de Aristóteles pierde el sentido práctico de sus investigaciones, sino más bien al contrario.

La investigación leniniana sobre el Estado se realiza eludiendo una orden de arresto contra él que le obliga a refugiarse de nuevo, esta vez en Helsinki, apenas tres meses después de su regreso desde el exilio suizo a la Estación Finlandia de Petrogrado. En junio, un mes antes, se celebró el primer Congreso de Soviets de toda Rusia. Sólo 105 de los 822 delegados con derecho a voto en el Congreso eran bolcheviques. La concepción menchevique de colaboración entre el gobierno y los soviets era inviable para Lenin y los suyos: “no puede haber dos poderes en el Estado”. El Congreso duró tres semanas pero, al segundo día, tomó la palabra el ministro de Correos, el menchevique Tsereteli: “En el momento presente no hay ningún partido que pueda decir:`dejad el poder en nuestras manos, marchaos, nosotros ocuparemos vuestro lugar´. Tal partido no existe en Rusia”. En ese momento Lenin irrumpió desde su asiento: “¡Ese partido existe!”. La afirmación de Lenin sugería que los bolcheviques estaban dispuestos a tomar el poder y fue tomada como una declaración de guerra al gobierno provisional. El 17 de julio se desataron movilizaciones, en las que la mujer jugó un papel más que protagonista (el 20 de julio arrancan el derecho de las mayores de 20 años a participar en las previstas elecciones constituyentes), mientras el Gobierno ordenaba una ofensiva militar en Galiltzia. De hecho, estas movilizaciones trataron de ser frenadas por los bolcheviques, estimando que las condiciones no estaban maduras, pero al verse incapaces, encabezaron las protestas para evitar males mayores. El gobierno respondió ocupando militarmente Petrogrado, cerrando Pravda y ordenando el arresto de la cúpula bolchevique. La inmediata derrota militar en Galitzia produjo el nombramiento del eserista Kerenki como primer ministro y con él el giro bonapartista del gobierno provisional que mostraba así su verdadero rostro de clase, represivo y autoritario si es preciso. Pero sobre todo, los acontecimientos de julio delataron el carácter chovinista de los “socialistas de palabra que se convierten en lacayos de la burguesía imperialista en la guerra de rapiña”. “Hay que desvelar los prejuicios oportunistas relativos al “Estado” para arrancar a las masas de la influencia de la burguesía” y a eso se dedica Lenin en los meses de Agosto y Septiembre. Se afeita su perilla, se pone una peluca y se hace pasar por fogonero para evitar la orden de arresto contra él, llegar a Helsinki y ponerse a escribir.

Lo que está pasando en Rusia le provoca urgencia por indagar en la cuestión del Estado ya que “la opresión monstruosa de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra proporciones cada vez más monstruosas.” Los sucesos de Julio también constatan que la política de desarrollo de la democracia burguesa de los mencheviques ha sido derrotada, aunque Lenin afirma que los bolcheviques también han sufrido una derrota tras el viraje bonapartista de Kerenki. El derrocamiento de la dinastía de los Romanov no era suficiente. El gobierno provisional no había solucionado ni atendido la resolución efectiva de las cuestiones profundas y reales que aquejaban a la población rusa. Pan, Paz, Trabajo y Tierra eran las demandas de las pancartas de Julio. “Todo el poder a los Soviets”, mostraba el instrumento.

“El Estado y la Revolución” es una investigación inacabada sobre el papel y el carácter del Estado desde una relectura de los textos al respecto de Marx y Engels a la luz de los problemas que la guerra imperialista, la principal novedad, suscitaba. La participación socialista al lado de las burguesías nacionales lleva a Lenin a decretar el obituario de la II Internacional, que cita añadiendo entre paréntesis sus fechas de nacimiento y defunción (1889-1914).

La idea de fondo parte del principio de que la Revolución no puede reducirse al problema de la conquista del poder político en el Estado, es decir del gobierno, ya que no sólo éste, sino el Estado en su conjunto son instrumentos del dominio de clase. Si para Hegel el Estado es la consumación dialéctica del desarrollo superador de la Historia, el cuerpo social perfecto de La Idea; la Constitución es el espíritu colectivo de la nación y la guerra es necesaria para el progreso político; para Lenin, el Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, la creación del orden que legaliza y afianza la opresión de una clase sobre otra. El “moderno Estado representativo” es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital. En la propia existencia del Estado se constata la existencia de la lucha de clases. Lenin cita aquí a Engels: En la república democrática, “la riqueza ejerce su poder indirectamente pero de un modo tanto más seguro” mediante “la alianza del gobierno con la bolsa (…) La libertad es la libertad de los propietarios (…) Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo desde el parlamento”. Engels llega a señalar el sufragio universal como “arma de dominación de la burguesía.”

No entraremos en el que suele ser el debate habitual en torno a “El Estado y la Revolución”, las fases de superación del capitalismo, socialismo y comunismo, hasta la extinción del Estado, en comparación con lo que pasó a partir de la la revolución de Octubre. La influencia duradera de esta obra inacabada en toda la ideologia posterior del movimiento comunista es debida a que supone un sólido ataque a la concepción tradicional de la democracia y al significado del régimen parlamentario. No creo que la historia le haya quitado la razón en este aspecto. El Engels que Lenin cita estaría hoy mucho más que seguro del carácter de clase de la “democracia parlamentaria”: El control mediático y el doping electoral consentido de los grandes partidos, con esa fachada democrática que se atreve a insultar a todo proceso popular, mientras legaliza y constitucionaliza (hace Estado) las políticas neoliberales autoritarias, con un entramado de poder complejizado a lo largo del siglo para ejercerlo “de un modo tanto más seguro”. Y lo que es claro es que el poder se ejerce, utilizando los resortes del Estado, en un sentido amplio, combinando el momento de la sociedad política y el de la sociedad civil a decir de Gramsci, con el objetivo último de controlar tanto a las capas populares y, especialmente, a la clase obrera, así como los recursos naturales y energéticos. Parafraseando a Lenin, el Estado se ha fundido estrechamente con las asociaciones omnipotentes de capitalistas. Sin embargo, el grado de sutileza alcanzado para la explotación capitalista en la fase postsoviética ha quedado desvelado durante la actual Gran Recesión. El auge de un totalitarismo que se autojustifica para “combatir el totalitarismo” (ya sea Le Pen o el ISIS) no desvaloriza la democracia, sino que la anula.

¿Dónde está entonces la salida del parlamentarismo? ¿Cómo es posible prescindir de él?, se pregunta Lenin. Y su respuesta está, como ya sabemos, en el poder de los soviets, emanados de la fuerza creadora de las masas, no de un laboratorio político. A partir de ahí, las históricas diatribas, contra el movimiento comunista y en el seno mismo del movimiento, en torno al concepto de “dictadura del proletariado” o a la inevitable (o no, como se ha visto) sucesión de etapas hacia la extinción de las clases y con ellas, del Estado. En “Estado y la Revolución”, en todo caso, la sustancia del tipo de poder propugnado es la extensión y la ampliación máxima de las libertades para el proletariado como clase con un replanteamiento del vínculo entre democracia y socialismo. El problema de la beatería leninista es que se fija más en 1917 que en 1989, la épica para las victorias y la melancolía para las derrotas. Un leninismo creativo debe responder hoy a la pregunta de dónde está la salida del parlamentarismo, porque eso es lo que han preguntado las masas: “Le llaman democracia y no lo es” es el lema más leninista que se ha escuchado en la España del siglo XXI.

La cuestión del Estado y la cuestión de la Revolución pasan hoy, como entonces, por la cuestión de la distinción entre gobierno y poder. Para inspirar un proyecto de ruptura democrática hoy en España hace falta un germen constituyente de un contrapoder. Y a eso llamamos unidad popular, y aunque aún no sabemos muy bien como se articula eso, mirando a la Andalucía del 28F o a la Cataluña de hoy quizá obtengamos alguna pista, aunque sea insuficiente.

La llamada crisis del régimen del 78 viene a constatar que desde la transición, ya con certificado de democracia, el poder del Estado se ha utilizado contra el pueblo trabajador. Daba igual quien gobernase, la propuesta eurocomunista de transición al socialismo en libertad ha quedado pulverizada por la historia y por un monarquía parlamentaria que ha sido la expresión de la ligazón entre el poder político y el poder económico. Pero, ¿cuál es hoy nuestra propuesta, nuestra prospectiva para alcanzar una sociedad sin clases o para lograr la emancipación del hombre y la mujer mediante la emancipación de los trabajadores y las trabajadoras?¿Cuál es nuestra propuesta para hacer converger los conceptos de Estado, Democracia y Socialismo?. Entre los dos diecisietes, este siglo nos ha demostrado que no hay recetas mágicas, pero la guerra civil que se desató en Rusia contra el poder soviético aquel 17 tiene su espejo en Venezuela, por ejemplo, en este 17. La lucha de clases existe y aún tiene forma de guerra, sin sutilezas.

La guerra aceleraba la crisis revolucionaria, decía Lenin, y acertó. Y de ahí la importancia de un programa que lograse convertir la guerra imperialista en luchas civiles de clase. El programa militar de la revolución proletaria fue uno de los textos más difundidos entre los revolucionarios europeos antes de Octubre del 17. Contenía reformas, si, pero reformas con un contenido abiertamente revolucionario que afectaban al punto neurálgico de los aparatos estatales capitalistas: oficiales elegidos por el pueblo, abolición de la justicia militar, igualdad de derechos para los trabajadores extranjeros en los países imperialistas, etc: articulación de la lucha por las reformas con la actividad revolucionaria para, sin ceder en la cuestión de principios, no dejar tampoco el campo libre a la extensión, entre las masas agotadas por la guerra, de las consignas aparentemente realizables dentro del capitalismo, propuestas por aquellos que quieren detener el impulso hacia transformaciones radicales.

En la España de hoy es necesario ese programa. Y en su definición los y las comunistas debemos jugar un papel influyente. El programa de reformas del bloque de unidad popular, del germen constituyente de contrapoder, debe ir al tuétano del capitalismo periférico español y propiciar la ruptura con el bloque de poder en la Europa del euro. Y me pregunto si el trabajo garantizado, la banca pública o la expropiación social de la vivienda podrían formar parte y ser una herramienta útil, para avanzar en la unidad de la clase trabajadora, imprescindible para un proyecto emancipador y rupturista en la España de hoy.

En todo caso, las contradicciones en torno a la lucha de clases se agudizan y en esta fase hay que acumular fuerzas. Toca estudiar, hacer propaganga y construir contrapoder para poder vivir la experiencia de la Revolución, tal y como Lenin nos cuenta en la nota final de “El Estado y la Revolución”:

Escribí este folleto en los meses de agosto y septiembre de 1917. Tenía ya trazado el plan del capítulo siguiente, del VII: La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917. Pero, a excepción del título, no tuve tiempo de escribir ni una sola línea de dicho capítulo: vino a "estorbarme" la crisis política, la víspera de la Revolución de Octubre de 1917. "Estorbos" como éste sólo pueden causar alegría. Pero la segunda parte del folleto (dedicada a La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917) habrá que aplazarla, quizá, por mucho tiempo; es más agradable y provechoso vivir "la experiencia de la revolución" que escribir acerca de ella.

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