Angulo de refracción

El capitalismo que viene (I) Nuestra economía está condenada a moverse en rangos de valor añadido medio y bajo: mayormente una economía de hostelería, turismo y bajos costes de elaboración y con tecnologías de producción controladas por las franquicias multinacionales

Constantino Bértolo 03/10/2017

Todo lo que es –en tanto que todavía no es- será transformado. Marco Aurelio.

Quizá convenga recordar ante todo que fuimos, somos y seremos explotados por el capitalismo antes de la crisis, durante la crisis y después de la crisis. Y que por supuesto también lo estamos siendo ahora que el capitalismo, no nosotros, está saliendo de la crisis. Para que el capitalismo saliera de ella lo necesario era no solo que el PIB se incrementase de manera constante sino que la tasa de ganancia media del capital volviera a crecer. Y lo está haciendo. A base de reajustar los costes de producción -un 20% de media desde 2008- y de refrenar la sobreproducción y la velocidad del dinero circulante. Se trataba en definitiva de reequilibrar la brecha entre las tasas de beneficio del capital productivo y del capital financiero, entre las expectativas de ganancia y la realidad contable. Al fin y al cabo ese fue el punto donde se hizo visible el crack del 2008: la crisis de las subprime como fracaso de las expectativas que el crédito venía bendiciendo. Y de ahí que la función de la crisis haya consistido en igualar o al menos acercar ambas tasas de ganancia. En esas estamos: reducción del peso de los salarios en relación al PIB, recortes radicales en el salario social sobre el que descansaban “las conquistas” de famoso Estado de bienestar que al parecer disfrutábamos antes del 2008 y reajuste del sistema financiero mediante reordenación subvencionada de los sistemas de crédito.

La naturaleza que gobierna el conjunto universal. Marco Aurelio.

La tentación de las izquierdas “paramarxistas” es negar la salida de la crisis o, al menos, poner en cuestión su firmeza. Llamo paramaxistas a aquellas izquierdas que aun aceptando determinadas categorías del marxismo como lucha de clases o plusvalía, entienden el marxismo como una especie de imprecación histórico moral que abordaría el capitalismo más como un modo de conspiración de la avaricia y el egoísmo de los capitalistas que como un modo de producción determinado, en última instancia, por la propia lógica del capital y sus necesidades de subsistencia y reproducción. Un paramarxismo que parece estar descubriendo el Mediterráneo cuando nos da cuenta de que la salida de la crisis solo está siendo algo positivo para el capital y sus agentes y no para los trabajadores que han decrecer su parte de la tarta. Como si para el capitalismo otra salida fuera posible. El paramarxismo del “en primera instancia”.

Y otras cosas hará de su substancia, y a su vez otras de la substancia de aquellas. Marco Aurelio.

Desde ópticas marxistas, aquellas en las que las relaciones entre las primeras y últimas instancias están dialécticamente entrelazadas, tanto o más relevante que denunciar el incremento de los niveles de injusticia social que esta salida neoliberal supone para el mundo del trabajo es analizar las transformaciones que la crisis, en cuanto mecanismo de crecimiento y ajuste, ha producido en el interior de ese capitalismo. Juan Francisco Martín Seco por ejemplo señala (http://goo.gl/zt42r4) que, al margen de su valoración social y ética, la deflación interna y competitiva a través de la cual el capitalismo ha dado salida a la crisis “afectará exclusivamente a los salarios y a aquellos empresarios, principalmente los pequeños y que carezcan de defensa, mientras que las grandes empresas que actúan en sectores donde la competencia no existe, no solo no asumirán coste alguno sino que incluso verán incrementar sus beneficios”. Alberto Recio pone de manifiesto (http://goo.gl/fxvRth) que la crisis “en gran parte resultado por el modelo de globalización neoliberal, curiosamente ha provocado un reforzamiento (con variantes) de la misma” y “cambios estructurales (como la reforma laboral, la liquidación de un sistema financiero para-público, los ajustes en servicios públicos básicos, la reforma inconclusa del sistema de pensiones…) que conducen a un modelo social de elevadas desigualdades”, mientras que Eddy Sánchez nos hace ver (http://goo.gl/PE8C15) que la crisis ha supuesto “la irrupción de un nuevo asalariado urbano que seguro va a transformar política y culturalmente la España actual. Una nueva clase trabajadora que crece y se consolida y que va a ser un actor fundamental no solo de las relaciones laborales, sino de la estructura social del país”.

A fin de que el mundo rejuvenezca. Marco Aurelio.

Desde mi punto de visto estas mudanzas en el interior del capitalismo responden a la nueva relevancia que está adquiriendo el parámetro “valor añadido” en el nuevo panorama económico tanto a nivel global como local. El paso de un análisis económico centrado en el PIB a un entendimiento de la actividad económica en función del peso de ese factor VA que, sin ser algo nuevo, sí ha incrementado su interés a la hora determinar las claves del comercio internacional y su intervención en el proceso de reconfiguración y reestructuración de la división internacional del trabajo que se ha puesto me marcha: economías de alto, medio y bajo Valor Añadido. Valor añadido o agregado como aquel valor económico adicional que adquieren los bienes y servicios al ser transformados durante los procesos de producción. Y en esa reestructuración, mal que nos pese y por más que la socialdemocracia o la izquierda paramarxista nos desee o prometa otro destino, nuestra economía está condenada a moverse en rangos de valor añadido medio y bajo: mayormente una economía de hostelería, turismo y bajos costes de elaboración y con tecnologías de producción controladas por las franquicias multinacionales de la automoción y la comunicación. Una economía dependiente de las economías europeas que, como Alemania o Francia, aun contando con estructuras de más alta productividad, no dejan de ser a su vez economías competitivas pero satélites de aquella economía USA que cuenta, entre otras tecnologías de alto valor añadido, con la herramienta económica básica: el control del dólar en cuanto moneda patrón, al menos de momento, de valorización e intercambio. Ese es el capitalismo que viene, el capitalismo del siglo XXI y es desde el interior de ese capitalismo que las comunistas y los comunistas debemos construir la alternativa revolucionaria, nuestro qué hacer.

Publicado en el Nº 309 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2017

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