Conmemoración quinto aniversario de la muerte de Paco Fernández Buey un 25 de agosto de 2012Ecología y Marxismo Transcripción de la que puede ser la última intervención pública de Fernández Buey. Conferencia inaugural del Seminario “Ecología y Marxismo. Homenaje a Manuel Sacristán” organizado por la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM).

Francisco Fernández Buey 25/08/2017

Presentamos la transcripción, de la que puede ser la última intervención pública de Francisco Fernández Buey. Corresponde a la conferencia inaugural del Seminario “Ecología y Marxismo. Homenaje a Manuel Sacristán” organizado por la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) en el Ateneo de Madrid, ofrecida por Francisco Fernández Buey el 17 de febrero de 2011. La transcripción ha sido realizada por José Sarrión Andaluz y revisada y editada por Salvador López Arnal.
Buenas tardes, ya noches.

Lo primero que quiero decir es agradecer a la FIM y al Ateneo esta iniciativa, en lo que tiene además de homenaje a Manolo Sacristán, que ha sido sin duda un pensador y hombre de acción cuya labor nunca se ha reconocido como se merecía. Así pues, me alegro mucho de esta iniciativa y de que Daniel [Lacalle] me haya invitado a hablaros hoy aquí sobre marxismo y ecología en la obra de Manuel Sacristán.

Querría empezar de la forma menos hagiográfica posible, entre otras razones porque yo he tenido mucha relación personal con Manolo Sacristán, le he querido mucho, y creo que hay que evitar siempre las hagiografías y las vidas de santos. No presentar a los que hemos querido, que obviamente nunca son santos, como se presentaba en otros tiempos -decía Unamuno en las Vidas de Santos cristianos- a esos que ya desde su más tierna infancia se abstenían de mamar los primeros viernes de mes porque ya se sabía donde iban a parar en su santidad.

Dicho eso, Sacristán no nació marxista obviamente, ni se crió en una familia de marxistas, ni se hizo tampoco marxista de joven, como los de la generación del 68. No era de esa generación. Hacia el 68 parecía que todo joven tenía que hacerse marxista. No es el caso. Él se hizo marxista, pero ni siquiera aquí, en este país nuestro, sino en Alemania, cuando tenía ya 30 años, en una fase de ampliación de estudios universitarios, y cuando estaba decidido a dedicarse profesionalmente a la lógica y al análisis formal. Esto ya da una idea de que Manolo Sacristán empezó siendo un marxista atípico y bastante insólito. No se me ocurre, por mucho que haga memoria, que por aquellos años, mediados de los 50 del siglo XX, hubiera más de cuatro o cinco marxistas en el mundo que al mismo tiempo se dedicaran a la lógica formal. Probablemente no más de tres. Era un caso muy raro que un marxista y comunista se dedicara profesionalmente a la lógica y al análisis formal.

Desde los años 50 en que Manolo Sacristán se hizo marxista hasta su muerte en 1985, fue siempre un marxista con pensamiento propio -propio, subrayo esto-, que tuvo, sí, sus santos de devoción -algunos de ellos marxistas también, pero no todos los santos de Manolo Sacristán fueron marxistas-, pero con los que, sobre todo, dialogó y/o discutió, siempre con espíritu científico, y con intención crítica. Manolo Sacristán tradujo, introdujo en España y escribió cosas muy interesantes sobre marxistas tan distintos como Marx, como Engels, como Lenin, como Bujarin, como Antonio Labriola, como Antonio Gramsci, como Althusser, como Marcuse, como Berlinguer, o como Harich, al que citaba Salvador López Arnal. Ahora bien, si uno ha leído -o leyéndolo ahora- se fija bien en lo que Sacristán escribió sobre cada uno de estos marxistas, a veces introduciéndolos, a veces escribiendo ensayos sobre su obra, se dará cuenta de que nunca escribió nada sobre ellos en plan hagiográfico, sino siempre en diálogo, o en discusión con lo que pensaba él que era la principal aportación de cada uno de esos marxistas y comunistas que he mencionado al conocimiento del mundo o a las prácticas de los humanos.

Voy a ejemplificarlo porque como veo a mucha gente joven por aquí, no hay que dar por supuesto que todo el mundo haya leído las viejas cosas del viejo Manolo Sacristán. Digo que todo lo que escribió sobre marxistas fue en diálogo o en discusión. Por ejemplo, cuando escribió sobre Engels, escribió sobre Engels discutiendo con Engels sobre su noción de dialéctica. Cuando escribió sobre Marx, escribió sobre Marx y lo hizo dialogando con Marx sobre su noción de ciencia, y a veces discrepando de la noción de ciencia que Marx había tenido. Cuando escribió sobre Lenin o sobre Mao-Tsé Tung lo hizo dialogando con ellos sobre sus respectivas nociones de filosofía y de materialismo. Cuando escribió sobre Gramsci lo hizo dialogando con Gramsci sobre su idea de ideología, y en este caso además criticándole abiertamente por la idea de ideología que Gramsci tenía (que se separaba notablemente de la noción de ideología que tuvo Marx) Y eso que Gramsci era el marxista que más apreciaba Manolo Sacristán. Cuando escribió sobre Lukács, que era otro marxista sobre el que escribió mucho y al que apreciaba, lo hizo discutiendo sobre su noción de racionalidad. Cuando escribió sobre Korsch, otro de los grandes marxistas históricos, lo hizo dialogando con él sobre la lectura que Korsch había hecho de Marx. Cuando escribió sobre Togliatti, lo hizo dialogando con Togliatti sobre la relación que Togliatti establecía entre los intelectuales y los partidos comunistas. Cuando escribió sobre Althusser lo hizo discutiendo con Althusser sobre su noción de teoría. Cuando escribió sobre Berlinguer, el que fue Secretario General del Partido Comunista Italiano, lo hizo discutiendo con Berlinguer sobre su propuesta de austeridad en los inicios de la crisis medioambiental. Cuando escribió sobre Marcuse, lo hizo discutiendo con Marcuse sobre lo que el propio Sacristán consideraba utopía socialista neorromántica, y cuando escribió sobre Harich, ya muy al final de su vida, lo hizo discutiendo con Harich sobre su comunismo ecológico autoritario y separándose precisamente no del comunismo ecológico sino del autoritarismo que había en la obra de Harich titulada “¿Comunismo sin crecimiento? Babeuf y el club de Roma”. Y así sucesivamente.

Sacristán fue un marxista que en su obra trató siempre de complementar conocimiento científico y pasión ético-política. Esto también es raro entre los marxistas y comunistas de la época. Los ha habido muy cientificistas y los ha habido muy moralistas, pero que hayan complementado tan bien como Manolo Sacristán el interés por la ciencia y el conocimiento científico y la pasión ético-política, pocos.

Y lo hacía, buscaba complementar estas dos cosas -y este sería otro rasgo que me parecería muy característico de su marxismo- con espíritu didáctico o pedagógico, con la intención de servir a los otros, y particularmente a los anónimos, a los sin nombre, a los de abajo que no tienen nombre. Esto, para los que le tratamos mucho y le conocimos personalmente, yo diría que ha sido el rasgo más importante del comunismo marxista de Manolo Sacristán, que tenía tanta facilidad para exponer sus ideas, dialogar y discutir con los académicos de la ciencia, como para exponer sus ideas, dialogar y discutir con los obreros del metal o de la construcción de L’Hospitalet, a los cuales había que alfabetizar, porque en aquel momento, mediados de los setenta, eran todavía analfabetos. No he conocido prácticamente a nadie que tuviera esa facultad entre la mucha gente que he tratado en aquellos años. Quiero decir con esto que Manolo Sacristán no fue nunca un intelectual al uso, ni siquiera el tipo de intelectual del que se hablaba cuando hablábamos de aquello que tenía que haber sido la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura, ¡oh tiempos!, alianza que nunca acabó de concretarse, al menos de forma adecuada.

Así, cuando en el marxismo que él conoció en los años 60 faltaba ciencia y sobraba pasión o verbalismo o palabrería o retórica, y estoy pensando fundamentalmente en el 68 y en lo que vino inmediatamente después del 68, Manolo Sacristán puso el acento en la importancia de la lógica, la argumentación racional, la epistemología y la metodología. Y en cambio, cuando en el marxismo que conoció en los 70 y después de los 70 sobraba cientificismo y faltaba pasión, y ahora estoy pensando en los Althusser, los Colletti, y en los discípulos de los Althusser y los Colletti, entonces Manolo Sacristán puso el acento en la importancia de la práctica revolucionaria y en la dimensión ético-política. Y por eso, desde los años 70, a Sacristán le gustaba más llamarse a sí mismo comunista que marxista. Todo esto, en los ambientes en que nos movíamos, era un poco raro. En los 70 hubo una proliferación de marxistas. Y justamente en aquella época, Manolo Sacristán, que era el marxista más conocido del país, empezó a decir que eso no le acababa de gustar mucho, y que le gustaba más llamarme a sí mismo comunista que marxista. Y empezó a recordar repetidamente aquella frase del viejo Marx diciendo aquello de “por lo que mí respecta, yo no soy marxista”, que casi todo el mundo interpretaba en forma de broma, claro. Se supone que si uno es Marx, pues es algo más que marxista ¿no?, pero que el propio Sacristán se tomara muy en serio aquel asunto, hacía que no fuera de esos otros. Era mucho más que eso. ¿Por qué no querer? Lo que quería fundamentalmente en este caso era poner en primer plano la pasión ético-política, la dimensión ético-política, la dimensión de la transformación revolucionaria.

Manolo Sacristán fue sobre todo un comunista marxista constantemente atento a las novedades del mundo en que vivió. No atento a las modas del momento, siempre fue muy contrario a las modas. Incluso cuando este Gramsci del que hablábamos antes se convirtió en algo así como una moda a mediados y finales de los 70, Manolo Sacristán se dedicó a denunciar eso, que se estuviera convirtiendo a Gramsci en una moda. Quiero decir, no atento a las modas del momento, que eso importaba muy poco, sino a los cambios de fondo, a los cambios moleculares, a las tendencias socioculturales que él creía que apuntaban en un sentido nuevo. Y en esto, lo principal de su marxismo, lo construyó así, reflexionando sobre los problemas nuevos, que él llamaba post-leninistas, acerca de los cuales no se había pensado, o se había pensado poco todavía, en la década de los 70 y la primera mitad de los 80.

La pregunta sería ahora: qué problemas eran esos, qué problemas eran los que había que considerar como novedades, en los que no se había pensado, o se había pensado demasiado poco, en el ámbito de la tradición marxista y comunista. Esos eran en la cabeza de Manolo Sacristán temas como la conversión de las fuerzas productivas en fuerzas destructivas, en fuerzas de la destrucción, las consecuencias psicosociales negativas del desarrollismo industrialista, la crisis ecológica, el papel de la tecnociencia en nuestras sociedades, la reconsideración del sujeto de transformación social a partir del reconocimiento de los cambios que se estaban produciendo en la composición de la clase obrera, los efectos socio-culturales del equilibrio del terror en la segunda fase de la Guerra Fría, o sea, en la época del exterminismo, como lo llamaba el historiador británico E. P. Thompson, o la reconsideración de la noción clásica de revolución, incluyendo en esa noción la idea de la revolución de la vida cotidiana, el problema del choque entre culturas, que había sido un problema muy poco abordado desde el punto de vista del marxismo clásico, del marxismo tradicional. Asuntos todos insuficientemente tratados o casi no percibidos en el ámbito del marxismo de la época.

Pues bien, esta manera suya de entender el marxismo como una metódica en el sentido griego de la palabra, o sea, como un estilo de pensamiento con vocación científica cuyo contenido, precisamente porque aspira a ser científico, ha de ser revisado constantemente en función de los resultados del análisis de los problemas nuevos, es lo que determinó la relación que Manolo Sacristán tuvo en los últimos diez años de su vida con los movimientos sociales o socio-políticos tanto viejos como nuevos, o sea, con el movimiento obrero organizado, al que más vinculado estuvo por su militancia comunista, con el movimiento estudiantil y universitario en el que actuó como enseñante y como profesor de la Universidad que era, y con los movimientos ecologista, pacifista y feminista, sobre todo a partir de la publicación de la revista Mientras Tanto en 1979.

Diré ahora unas pocas palabras sobre otro asunto, el de la ecología y el ecologismo. En este papel que nos ha enviado Salvador López Arnal y que ha leído Daniel, Salvador recuerda acertadamente uno de los primeros escritos de Manolo Sacristán, en los que hay referencia explícita a la temática ecológica, que es un escrito de 1972. Podríamos decir QUE ES casi un escrito interno, porque es una propuesta que hace a la Editorial Grijalbo para una colección en la que iba a haber toda una serie de volúmenes de divulgación sobre una temática que él entonces, tentativamente, llamaba sociofísica. Un concepto que, decía él en la presentación, no se ha utilizado nunca, y que significa o tiende a tratar los temas en que la intervención de la sociedad, principalmente de la sociedad industrial capitalista interfiere con la naturaleza. Como eso ya está en el papel de Salva no me voy a detener ahí.

Querría yo contextualizar un momento los años en los cuales Manolo Sacristán empieza a construir esta idea suya de lo que podría ser un socialismo o comunismo ecológicamente fundamentado, que es como él solía llamar esto que luego se ha definido habitualmente con el nombre de ecosocialismo, y que a él le hubiera gustado más llamar ecocomunismo, porque se consideraba, obviamente claro, más comunista que socialista, pero que por otra parte tampoco ecocomunismo era un término que le acabara de gustar por los demasiados “ecos” que hay en el “eco-co” del término ecocomunismo.

En cualquier caso podríamos decir para esta contextualización que de lo que se trata es de pasar de la primera autocrítica del socialismo leninista que Sacristán vio en la primavera de Praga de 1968, derrotada y liquidada por la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia en agosto de aquel mismo año de 1968, a la formulación de esta idea del socialismo ecológicamente fundamentado.

Cuando empezaba la década de los 70, Manolo Sacristán estaba convencido del doble fracaso o de la doble derrota de las corrientes principales en que la tradición marxista se había dividido históricamente, o sea, de la socialdemocracia, de la tradición socialdemócrata y de la tradición comunista. Ya en 1969, al analizar lo que fue la primavera de Praga y la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, había apuntado, por una parte, que veríamos cosas peores. Yo entonces era joven y fui de los que pensaron “qué negro se ha puesto este hombre”. Era algo que compartíamos la mayoría, porque después de lo que vimos en la invasión de Checoslovaquia en agosto del 68 no se me ocurría pensar qué cosas peores íbamos a ver. Ahora lo sé muy bien, y todos ustedes también, y por tanto no tiene ninguna gracia, pero en aquel momento era una anticipación que llamaba la atención: veríamos cosas peores. Y por otra parte él planteaba la necesidad de una reconsideración crítica del leninismo si lo que se pretendía –y Manolo Sacristán lo pretendía- era evitar la recaída en el estalinismo o en la ilusión gradualista, o sea, los dos puntos de vista o las dos grandes tradiciones que habían quedado superadas o derrotadas desde su punto de vista.

La tragedia del socialismo en Chile en 1973 afectó a Manolo Sacristán muy profundamente. No escribió sobre eso porque le deprimió todo lo que estaba pasando. Eso lo recuerdo muy bien porque lo viví con él en septiembre del 73. Es curioso que no haya quedado prácticamente nada de lo que Manolo Sacristán pensaba sobre lo que estaba ocurriendo en Chile. No ha quedado nada precisamente por eso. Le recuerdo absolutamente deprimido en el 11 de septiembre de 1973 en Puigcerdà, sin ganas de escribir ni una palabra sobre lo sucedido. Deprimido por la confusión generalizada entre nosotros, entre los marxistas y comunistas entre lo que es estar en el gobierno y tener el poder. ¡Ojo!, por la forma en la que se produjo el golpe de estado de Pinochet, y por la reacción de las direcciones de los Partidos Comunistas europeos y particularmente del Italiano en aquel momento. El análisis de lo que estaba siendo la experiencia de Chile le confirmó en la convicción de que había que pensarlo casi todo de nuevo.

Casi al mismo tiempo que la batalla perdida de Chile empezaban a aparecer los primeros informes sobre los previsibles efectos negativos de la crisis ecológica global. Esas dos cosas confirmaban sus previsiones sombrías. Mientras tanto, la verdad es que muchos euforizaban a partir de la resaca del 68 o quitaban importancia a los problemas medioambientales o se hacían o empezaban a hacerse esas ilusiones que luego acabarían llamándose “Eurocomunismo”. En esas circunstancias, Manolo Sacristán dijo por primera vez lo que luego repetiría bastante a menudo, eso de que hay que pintar la pizarra del presente bien de negro para que resalte sobre ella el blanco de la tiza con el que dibujar la alternativa. Y “bien de negro” aquí se refería tanto a la derrota de nuestras tradiciones como a lo que se veía venir en relación con la crisis ecológica o medioambiental. A Manolo Sacristán no había nada que le deprimiera tanto como el optimismo bobo, sin fundamento. Y a partir de ese momento, en esta fase hacia un socialismo ecológicamente fundamentado, yo diría que ha habido varios factores o influencias. Manolo Sacristán, digamos, no se hizo ecologista así, por las buenas.

Un factor que hay que tener en cuenta, y que es previo a la aparición de los primeros informes al Club de Roma, que, independientemente de lo que hubiera que discutir con esos informes, que nos abrieron los ojos en bastantes cosas, por debajo de eso, decía, estaba su amor a la naturaleza, a la Cerdanya, al excursionismo... Le recuerdo en una excursión, en una de aquellas montañas donde todavía nos parecía que quedaba algo de naturaleza virgen, debía ser aproximadamente en 1975, mirando con unos prismáticos allí al fondo, donde vimos un 600 que iba subiendo de mala manera, y Manolo Sacristán me dijo “míralo, el quinto jinete del Apocalipsis”, que era también ver lo que iba a venir. No sé de los aquí presentes si conocéis aquella zona, que es una de las comarcas más hermosas desde el punto de vista de la naturaleza de Cataluña, pero lo que vino después de aquel quinto jinete del Apocalipsis fue el túnel que hizo que aquello se convirtiera en una zona turística que destrozaba todo completamente, como tantas y tantas otras cosas de las que se hicieron en aquellos años. Esas dos cosas entran en su amor a la naturaleza, y yo diría que sin ese amor a la naturaleza tampoco habría habido el interés por la lectura de los primeros textos medioambientalistas o de orientación ecologista, etc.

En los años que van del 75 al 78 Manolo Sacristán estuvo entre el PSUC -o sea, el Partido-, Comisiones Obreras y el Comité Antinuclear de Cataluña. Se puede decir que la denuncia del peligro, del riesgo implicado en las centrales nucleares para la producción de electricidad, y el ponerse a militar precisamente en un Comité Antinuclear, fue la primera concreción directa de este punto de vista que significaba tratar de integrar o complementar la perspectiva marxista y socialista con la perspectiva ecologista o medioambientalista.

Y, obviamente, esto también llevaba otra cosa, que era una crítica del marxismo cientificista. Frente a los teóricos que en aquellos años empezaron a decir que el marxismo estaba en crisis, como Althusser o Colleti, la idea de Manolo Sacristán era que el marxismo que estaba en crisis era el marxismo de ellos, el de los marxistas que habían creído que todo lo que había en el marxismo y en el socialismo era ciencia, que la dialéctica era una ciencia. Todos aquellos que creyeron que la dialéctica era una ciencia, y que cuando se hicieron mayores descubrieron que la dialéctica no era una ciencia, empezaron a proclamar que había una crisis del marxismo que se llevaba todo por delante. Quienes no vieron o no entendieron así el marxismo, sino que lo vieron como una metódica, se pudieron salvar en cierto modo de esa tragedia.

Acabo. De ahí es de donde salió el proyecto de mientras tanto. Ya hay algunos esbozos anteriores, en la misma carta de redacción de una revista que se publicó antes que mientras tanto, en 1977, que se llamaba Materiales, en la que ya hay algún indicio de que las cosas iban a ir por ahí. Y como la carta del primer número de Materiales, que se publicó sin firma, la escribí yo, y por tanto me puedo autocriticar tranquilamente sin meterme con nadie, diré que en el párrafo, que precisamente escribí que introducía la problemática ecológica o medioambiental había una referencia a lo que estaba empezando a ocurrir con los pajaritos -bueno, no eran pajaritos, pero en fin- en la Avenida Diagonal de Barcelona como consecuencia de la contaminación atmosférica, y entonces Manuel Sacristán me dijo “no, esto hay que redactarlo de otra manera porque nosotros no somos ecologistas “pajaritólogos”, nosotros somos ecologistas sociales y políticos”. Como la crítica me estaba dirigida lo puedo decir tranquilamente y así no me meto con otros.

Bueno, de ahí ha salido eso que podríamos llamar el ecosocialismo, que quería Manolo Sacristán, cuyas características, para concluir, yo diría que era un ecosocialismo de base científica y racional –insisto: científica “y” racional, bien separado-; o sea, no neorromántico, un ecosocialismo social y político que atiende fundamentalmente a la renovación de la vieja alianza que habrían proclamado los clásicos del marxismo entre ciencia y proletariado, sabiendo que se había llegado a un momento en que era difícil el reconocimiento entre esos dos nudos. Un socialismo que ponga el acento no en el desarrollo en general de las fuerzas productivas, sino en el desarrollo primario de la fuerza productiva hombre, que es la principal de las fuerzas productivas o de producción. Un socialismo que conlleve, o que tendría que conllevar, una feminización del sujeto revolucionario, que significaba en alguna manera una feminización de los valores para el cambio o la transformación social, y un socialismo ecológicamente fundamentado que fuera además pacífico.

Pacífico o pacifista, que aquí sería la última palabra de Manolo Sacristán y la que más nos sorprendió a todos. El día que llegó a una reunión de mientras tanto diciendo: tendríamos que ponernos a reflexionar sobre el siguiente problema: tal cómo se ha puesto el mundo, un mundo en el que dominan la armas de destrucción masiva, un mundo exterminista, etc, tendríamos que poner a dialogar a Gandhi y a Lenin. Y como siempre pasaba con Manuel Sacristán, nos cogió en pelotas a todos los que estábamos ahí, pues no se nos había ocurrido que eso pudiera ser verdaderamente interesante. También con el paso del tiempo y de los años, y de lo que uno aprende, se da uno cuenta de que efectivamente, ése era uno de los grandes asuntos que había que empezar a discutir, uno de los problemas nuevos que también estaban implicados en lo que había que reconsiderar.

Pues éste, más allá de hagiografías, me parece a mí que era el personaje, y lo que aportó en su momento a estas cosas, que luego tantos y tantos hemos compartido, con puntos de vista desde luego -insisto en esto- muy o bastante diferentes del que el propio Manolo Sacristán tenía en la cabeza cuando pensaba en un socialismo ecológicamente fundamentado.

Luego, por desgracia, creo que se puede decir que las cosas han ido a mucho peor de lo que el propio Manolo Sacristán pensaba. Y a veces pienso que hasta tuvo la suerte de morirse en 1985 y no ver algunas puñeteras mierdas que nos ha tocado ver y vivir a otros que seguimos estando aquí.

Muchas gracias por haber venido, muchas gracias por la invitación.

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