Ni dios ni amo

Confundir Y detrás del fascismo está siempre el capital y sus esbirros, llámense Bush, Aznar, Rey de Arabia Saudí, Repsol, Bayer, Monsanto o Nestlé.

Benito Rabal 19/10/2017

Nada mejor para aliñar un buen caldo donde cocer el fascismo, que la simpleza a la hora de explicar lo que pasa a nuestro alrededor, sin acudir a las raíces del problema. El mal se personifica en culturas o pueblos diferentes, haciendo brotar sentimientos que ya parecían olvidados y la excusa religiosa o la nacionalista, sirve, como el comodín de la baraja en manos del tahúr, para confundir a la ciudadanía, tan frecuentemente crédula y ausente de crítica ante los medios de domesticación de masas.

Detrás de cada guerra, de cada uno de los conflictos que llevan siglos asolando la humanidad, siempre hay un interés económico cuya dimensión real se oculta a la opinión pública. Las masacres en Ruanda entre hutus y tutsis de finales del siglo pasado se nos presentaban como batallas étnicas de pueblos primitivos, camuflando así la responsabilidad del colonialismo y las empresas que lo sustentaban. En el Ulster, por más que insistieran, no había un problema entre católicos y protestantes, sino entre oprimidos y opresores, entre privilegiados y desfavorecidos. Todos recordamos las barbaridades cometidas entre serbios, bosnios y croatas, pero se olvida que fue el papa Juan Pablo II, el dictador del Estado Vaticano quien se apresuró a reconocer la secesión de Croacia provocando la crueldad entre las diversas comunidades que habían logrado convivir en la Federación que era Yugoeslavia, al tiempo que se ensanchaban las fronteras del mercado occidental. La doctrina Balfour gracias a la que se ponían los cimientos del Estado de Israel y se aseguraba el beneficio del capital británico en Oriente Medio a costa del sufrimiento del pueblo palestino, huye de la memoria sustituida por la imagen del enfrentamiento religioso entre hebreos y musulmanes, por más que en realidad se trate del expolio y exterminio de un pueblo en aras del control de esa zona del planeta.

Es el saqueo el auténtico motor de la violencia. Aunque nos intenten convencer que es la locura lo que lleva a ejercerla de manera indiscriminada, no es sino el fruto de una estrategia económica, orquestada y planificada desde los despachos de la City o Wall Street y los lujosos hoteles donde se reúnen aquellos que nadie ha elegido pero que son quienes mueven los hilos del planeta, las fortunas de siempre y los ávidos ejecutivos de las corporaciones multinacionales. Y para que ésta se desate, nada mejor que apelar al ancestral y nefasto sentimiento religioso, una suerte de certificado que asegura estar en posesión de la única y absoluta verdad.

La defensa de la unidad de la patria llevada a cabo por Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios, la exaltación de la Civiltá de Mussolini o el predominio físico y moral de la raza aria de Hitler, en poco se diferencian de la criminal intransigencia yihadista. Tan descerebrados son los soldados de Alá, como los que manejan los drones de la coalición liderada por Estados Unidos y que provocan los daños colaterales que significan los cientos de muertos civiles cada vez que llevan a cabo uno de los llamados ataques selectivos. No es el pueblo judío quien provoca la masacre del palestino, sino el sionismo, auténtica versión hebrea del fascismo. No son los árabes quienes aterrorizan nuestras ciudades con sus barbaries, sino el fascismo wahabista.

Y detrás del fascismo está siempre el capital y sus esbirros, llámense Bush, Aznar, Rey de Arabia Saudí, Repsol, Bayer, Monsanto o Nestlé.

Clamar venganza ante los asesinatos es alentar sus sucias maniobras. Mejor haríamos en recordar a nuestro querido Marcos Ana. Mientras le estaban torturando, uno de los policías, sorprendido de su entereza, le preguntó por qué luchaba y el poeta contestó: “Lucho por un mundo en el que nadie pueda hacerle a usted lo que usted me está haciendo a mi”.

Publicado en el Nº 309 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2017

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