Esperando a los bárbaros

Amor y Revolución

Felipe Alcaraz Masats 25/10/2017

Me llama mi último amor por teléfono, desde el sitio donde está cuidando a su padre anciano (lo importante no es el primer amor, sino el último), y me dice: Están pasando en la 2 un programa sobre Silvio. La 2 es lo único que existe. Silvio en los barrios de La Habana. Silvio y Ojalá. Silvio y un disparo de Nievi (francotirador) o de nieve (metáfora neogongorina). Silvio diciendo que desde muy joven comprendió que su país era más importante que él. Silvio y Víctor Casaus y Vicente Feliú, y Omara. Silvio en los labios de la gente que va silabeando delante de edificios carcomidos la letra de sus canciones: negros y menos negros, viejos y menos viejos. Jóvenes del mundo, uníos. Y esa voz que resume el trueno del mar en el canto de un pájaro menudo que habla de amor en el trino interminable de una primavera que no acaba. El Silvio viejo de carne fronteriza atravesado por el junco con gafas que era. Silvio enamorado del amor.

Mi último amor sabe lo que hace. A veces necesito agarrarme con fuerza a la vida después de atravesar goteando las últimas fuerzas en un camino de arena reseca y escombros. Entonces recuerdo aquel motor del que hablara la inmensa Kollontai, y que recogió Guevara de la Serna, a riesgo de parecer ridículo: en la base de toda revolución hay un gran amor. Che, qué has dicho. Che, repite eso. Che Guevara que te has ido quedándote para siempre desde aquella escuela terrosa de La Higuera. Y Vicente Feliú cantando Guevarianas en España porque lo ha traído Recio, el del calendario incansable.

¿Por qué, si hay tantos problemas, hablamos de amor? ¿Por qué hablamos de amor maldiciendo las grandes superficies? ¿Por qué sabemos que no es la prisa, sino la cultura la que debe alimentar la política para que no se parezca a una miserable subasta? Despacio, despacio, hay que ir más despacio, no al son de tambor de los anuncios y los titulares de la rabiosa actualidad. Ya lo dijo Emerson acerca de nuestras funestas inseguridades: El que patina sobre hielo quebradizo sabe que su seguridad ha de basarse en su velocidad. Debajo todo es hielo en proceso de licuefacción.

Por favor, un poco de lentitud. Por favor, no pongáis el amor en la letra pequeña de las ideologías. La lentitud es la ternura del tiempo. Y al menos ya sabemos algo: triunfar no es el aplauso final, un golpe de música o coros remasterizados: la victoria consiste precisamente en instalarse en la lucha. En esa lucha que sigue. Por favor, un poco de sencillez y de cultura de barrio.

Me llama mi último amor y me convoca junto a Silvio. Es eso, es eso. Lloro. Después la llamo, le doy las gracias, la llamo amor y le pregunto por su padre. Ya sabes, me dice.

Publicado en el Nº 310 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2017

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