Contra el talón de hierro

Sobre la pasión por votar Lo sucedido en Cataluña es la prueba de la gran contradicción e hipocresía de nuestro sistema, cuando un pueblo... cree que su voto puede servir para decidir algo intentan impedírselo.

Pascual Serrano 27/10/2017

Las imágenes de muchos catalanes eufóricos por haber votado gritando a coro “hem votat” el pasado 1 de octubre merecen un análisis sobre qué elementos influyen para que unos ciudadanos se entusiasmen por el ejercicio electoral y en qué coyunturas se produce. Lo primero que podemos observar es la importancia del sentimiento de estar decidiendo algo, otra cosa es que de verdad decidan. En Cataluña no se trataba tanto de decidir sino de haber conseguido encumbrar como mito en el imaginario de la gente el acto de votar. Ellos sabían que el referéndum iba a adolecer de muchas deficiencias que lo iban a convertir en dudoso, sin embargo, el mito se había creado. Sobre todo porque sabían que el toque a rebato para votar predominaba más en un sector que en el otro.

En otras ocasiones ha sucedido lo contrario. Los británicos, y en especial los jóvenes, habían perdido tanto el entusiasmo por el voto, tras décadas de observar que su vida no cambiaba según los recuentos electorales, que el día en que se les preguntó por el Brexit no se lo tomaron muy en serio y una gran cantidad de personas no se molestaron en votar. Luego comprobaron que, ahora sí, se estaba decidiendo algo que iba a cambiar sus vidas y se arrepintieron de no haber ejercido su derecho al voto.

Estoy convencido que en muchos países de Europa del Este, a los que se les sedujo con la fascinación del voto durante la época de socialismo real, ahora que pueden ejercerlo esa fascinación ha caído en picado. Basta con observar sus porcentajes de abstención electoral en las elecciones europeas (87% Eslovaquia, 82% República Checa, 75% Croacia, 70% en Letonia, 68% Rumanía).

Curiosamente cuando asistí como observador en diferentes elecciones en Venezuela comprobé que la gente se levantaba de la cama a votar a las tres de la mañana a toque de corneta en lo que escenificaban como un acto de combate político, es decir, se creían su democracia y estaban convencidos de que el resultado de las elecciones era relevante para sus vidas. Lo cual es cierto. Es por ello que con la aparición de Hugo Chávez los índices de participación se dispararon y las colas de venezolanos de barrios humildes para darse de alta en el censo se multiplicaron. En contra de lo que muchos afirman y otros muchos puedan creer, en Cuba también hay un alto grado de participación electoral. El motivo es que, en un sistema socialista donde los que quieren derribarlo llaman a la abstención o al voto nulo, sus defensores han convertido el voto válido en la forma de decir que quieren mantener el socialismo.

Con todo este repaso quiero mostrar que el nivel de entusiasmo y participación electoral puede ser un termómetro, no necesariamente acertado, del convencimiento que tienen los electorales de que su opinión reflejada en una urna sirve para cambiar algo (o para evitar que cambie ante una amenaza). Por tanto, en una Europa en la que ya parece consolidado un mínimo de la tercera parte del censo que no vota y una gran cantidad del resto que van a las urnas con bastante indiferencia es una muestra clara de que existe una sensación mayoritaria de que “todo el pescado está vendido”. Ahora el dilema está en si la opción es convencerles de que no es así o llegar a la conclusión de que sí lo es y, por tanto, es necesario, otra fórmula para llegar al necesario cambio.

Lo sucedido en Cataluña es la prueba de la gran contradicción e hipocresía de nuestro sistema. Por un lado llevan años queriendo entusiasmar con el ejercicio del voto mientras los ciudadanos ven que nada cambia al día siguiente de las elecciones y, por otro, cuando un pueblo descubre un momento en el que cree que su voto puede servir para decidir algo intentan impedírselo. Y es precisamente entonces cuando todavía se convencen más de que votar sí sirve, porque ningún poder intenta prohibir acciones que vayan a ser inútiles. A no ser que el inútil sea el gobierno, que no lo descarto.

Publicado en el Nº 310 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2017

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