Ángulo de refracción

El capitalismo que viene (y II) El capitalismo insolidario no es nada nuevo ni en nuestra historia ni en el panorama nacional e internacional pero sí puede considerarse como novedoso el incremento acelerado en la subjetividades personales o colectivas del un “sálvese quién pueda”.

Constantino Bértolo 27/10/2017

El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo Mundial. Rosa Luxemburgo.

Hablábamos del factor Valor Añadido, VA, como elemento clave en el proceso de reestructuración de la división internacional del trabajo que está en el origen y en el contexto global a una convivencia asimétrica de economías de alto, medio y bajo VA, y de cómo en ese proceso nuestra economía está condenada a moverse en rangos de valor añadido medio y bajo. Como señala Alberto Garzón en su artículo Propuestas para un nuevo país (MO Septiembre 2017), de imprescindible lectura y que en sí mismo valdría como punto de partida para cualquier manifiesto programa de nuestro partido: “España ha quedado en una estructura basada en sectores de bajo valor añadido y con escasa intensidad tecnológica. Sectores como el turismo altamente estacional y con salarios un 40% inferiores a los industriales”. También en razón a este factor VA habría que achacar el incremento acelerado en nuestra geografía económica de las desigualdades y desequilibrios internos con la presencia de algunos territorios como Euskadi, Catalunya, Valencia o Madrid con altas tasas de productividad y de valor añadido. Una diferenciación económica que explicaría en parte las tentaciones insolidarias entre comunidades o regiones de tan distinto tejido social. Ese capitalismo insolidario no es nada nuevo ni en nuestra historia ni en el panorama nacional e internacional pero sí puede considerarse como novedoso el incremento acelerado en la subjetividades personales o colectivas del un “sálvese quién pueda” que no deja de provocar turbulencias en la institución Estado que, precisamente por ser el consejo de administración de la clase dominante, está obligado, para su supervivencia a regular y apaciguar las tensiones competitivas que en su interior puedan estarse produciendo.

Es una contradicción histórica viva en sí misma. R. L.

Como cualquier organización social que se integre en el funcionamiento de un Estado concreto dentro a su vez de un contexto internacional también concreto, nuestro partido, el partido comunista, el partido de nosotros las comunistas y los comunistas, funciona sometido a un dilema que trata de resolver en cada momento negociando en el interior del propio dilema, es decir, sin resolverlo, lo que le pone en situación de convertirse en un organismo bipolar, esquizofrénico o, al menos, estereofónico. Ese dilema viene determinando la dualidad de sus objetivos: por un lado su objetivo final: la toma del poder y la destrucción de la burguesía; por otro su objetivo inmediato: defensa y mejora de sus condiciones de vida del proletariado. Dicho más claramente: obligado a presentarse a la vez como un partido reformista y como un partido revolucionario, es decir, encaminado hacia la creación de aquellas condiciones que permitan en un momento determinado derrocar a la burguesía de sus dominios económico, social, cultural y- no lo olvidemos- militar.

Una manta no puede desviar las balas. R. L.

Este dilema atraviesa al partido de manera inevitable aunque de modo y grados muy variables según resulte el peso que en cada momento concreto, en cada “situación actual”, se conceda a cada uno de estos espacios que el dilema ofrece. Alguien sin duda podrá encontrar en nuestro corpus teórico que tal dilema no es tal, que justamente la filosofía de la praxis que la base marxista del partido supone, permite ajustar e integrar dialécticamente en una sola estrategia ambos movimientos. Y no vamos a decir que no es así sino simplemente señalar que esa necesidad de integración es la mejor prueba de que esa tensión existe y se produce de manera permanente obligando al partido a dividir sus metas en un “aquí y ahora” y en el “destino final”. Sin duda ambos momentos deben y pueden actuar de manera complementaria pero el grado de presencia de una y otra meta teñirá en algunos momentos al partido de un perfil reformista mientras que en otros se intensificará la intención revolucionaria.

La revolución es el único factor que diferencia a la democracia social del radicalismo burgués. R. L.

La crisis de 2008 creo que viene siendo uno de esos momentos en que la dualidad de objetivos se manifiesta de manera bastante evidente. Como la mayoría de los estudios más fiables vienen indicando, la salida de la crisis se está produciendo aplicando reducción de los gastos de producción con el consiguiente recorte de salarios, rebaja de costes de los recursos naturales e incremento de productividad vía valor añadido de los capitales con mayor y más eficiente tecnología. En un escenario así y en un contexto de debilidad, al menos relativa, del proletariado ¿qué hacer?¿dedicarse a proponer reformas y leyes para que esa salida sea lo menos dañina posible para las condiciones de vida del proletariado? ¿trabajar dentro y fuera de las instituciones para que esa salida se frustre, ahonde y haga aflorar la incompatibilidad entre los intereses del capital y los interese del mundo del trabajo?

Empezar a tocar con los diez dedos las teclas de la Historia del Mundo. R. L.

En la mecánica retórica tradicional como partido revolucionario concede prioridad al objetivo final, el derrocamiento del sistema capitalista y busca concentrar sus fuerzas en el logro de aquellas condiciones objetivas y subjetivas que coloque al proletariado en “estado de revolución”: el partido como instrumento de lucha y combate, como instrumento de agitación y propaganda, como mecanismo para la ampliación e intensificación del conflicto entre capital y trabajo, como herramienta para bloqueo de los atenuantes de las crisis. Mientras que como partido reformista participa en la lucha con su presencia en las instituciones que el sistema permite: parlamento, sindicatos, comunidades autónomas, municipios, asociaciones de carácter publico o privado, movimiento sociales, es decir, en las instancias propias de la sociedad civil constitucional.

Si alguna vez ha habido necesidad de una rebelión de esclavos, es ahora. R. L.

Es así que algunas veces da la impresión, y esa impresión actúa sobre la creación del imaginario que la sociedad en general y el proletariado en particular se hace respecto a nuestro partido, de que estamos dedicando todas nuestras fuerzas a “mejorar el capitalismo”, a “que funcione mejor”, a “evitar o corregir los errores del capitalismo, denunciando no el capitalismo sino lo que el capitalismo está haciendo mal. Es decir, a veces damos la impresión, de estar diciendo que nosotros fuéramos capaces de gestionar mejor este capitalismo o que en aras de mejorar la condición del proletariado incluso lo sacaríamos con mayor eficiencia de la crisis en que está metido. Y no, no se trata de que se nos vote para que gestionemos mejor el capitalismo. Y no, no se trata de que nosotros vayamos a garantizar a los jóvenes que bajo un imposible capitalismo “a nuestras órdenes” van a tener buenas pensiones el día de mañana, vivienda propia en propiedad o masters subvencionados en administración de empresas y recursos humanos para ellos, sus hijos y sus nietos. Lo que sí hay que conseguir es que esos jóvenes y el conjunto de los trabajadores y trabajadores, tengan no solo la impresión sino la evidencia de que los y las comunistas estamos aquí para que con su ayuda y apoyo podamos acabar con el capitalismo lo antes posible, sea como sea y nos cueste lo que nos cueste.

Publicado en el Nº 310 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2017

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