Clave de sol

Trauma, síntoma, olvido y falso destino Al construir el mito de la transición sobre las cenizas de los hechos reales, y negar la parte constitutiva de la asimilación de esos traumáticos 40 años en la propia configuración del régimen constitucional del 78, estamos reprimiendo un recuerdo doloros

Sol Sánchez Maroto 27/10/2017

Hay personas que parecen perseguidas por un destino funesto e insistente que, aparentemente hagan lo que hagan, se repite una y otra vez y que les hace encadenar malas relaciones, malos proyectos, amistades traicioneras, desastres económicos…

En realidad lo más probable es que todas esas personas sean víctimas de algún trauma, que hayan vivido algún hecho traumático, y que lo estén reprimiendo para evitar el dolor que su recuerdo les provoca. Pero un recuerdo reprimido, a veces, cumple la función de provocar un síntoma. Y ese síntoma en no pocas ocasiones se convierte precisamente en una repetición.

Repetimos para no recordar, aunque parezca contradictorio, como mecanismo de defensa, se repite sin saber que se hace llevados por esa necesidad, por esa obsesión oculta de no recordar. Y esas repeticiones producen un eterno retorno a lo que está reprimido porque nos quedamos fijados en el trauma no superado, y eso nos encadena a ese momento y nos impide avanzar.

Pero hay algo peor todavía, algo que Freud llamaba “fantasmas” y que para resumir son los traumas que no pueden ser olvidados por no haber sido nunca ni siquiera conscientes para la persona, esos que son imposibles de recordar y se re-viven, no pudiendo ser por tanto recuerdos que se evitan, sino actos que directamente se repiten. Se convierten en ese “destino” que parece inevitable, que parece estar escrito con letras de fuego en algún libro sagrado que nos es inalcanzable modificar.

Es necesario volver conscientes los recuerdos reprimidos para liberar a las personas de los síntomas y del malestar que provocan.

Nos resistimos a hacer frente a nuestros traumas por el dolor que eso pueda provocarnos y sin embargo de esa forma nos condenamos a repetirlos en un sufrimiento mucho peor porque se vuelve constante y permanente. De forma compulsiva nos condenamos a repetir lo que nos destrozó reeditándolo en nuevas versiones que siempre son la misma canción, tediosamente repetida -aunque se disfrace- una y otra vez en una especie de cadena perpetua auditiva. Regresamos a nuestros traumas una y otra vez como pago por su olvido, y la única forma de salir de ese círculo vicioso es precisamente recordar… la memoria, la palabra, el reconocimiento, la verdad. La investigación de la procedencia de nuestros “fantasmas” para llegar a la causa de su existencia cuando somos incluso incapaces de recordar, solo así nos liberamos de su repetición sin fin.

Todo lo anterior, curiosamente también aplica cuando lo trasladamos al plano de lo colectivo. Me explico; hay periodos de nuestra historia (reciente) en los que ha dominado (claramente) la violencia estructural, sin duda momentos (si más de 40 años pueden ser definidos como tal) traumáticos. Al mitificar nuestra propia historia reciente, al construir el mito de la transición sobre las cenizas de los hechos reales, y negar la parte constitutiva de la asimilación de esos traumáticos 40 años en la propia configuración del régimen constitucional del 78, estamos reprimiendo un recuerdo doloroso. Y como veíamos, reprimir el trauma (la verdad), a través del olvido puede provocar el síntoma, y a veces ese síntoma es simplemente repetir para no recordar, y otras incluso repetir los fantasmas, de los que ni siquiera hemos llegado a tener conciencia, como una gran parte de la sociedad española actualmente no la tiene sobre la verdadera gestación del orden constitucional en el que vive.

Y aquí es donde quería llegar.

Ahora, viva usted donde viva, cuente mentalmente el número de banderas que ha visto colgadas en las ventanas de su barrio estos días. Repase cuantos altercados, y actos con reminiscencias o símbolos abiertamente fascistas y franquistas ha visto en los medios de comunicación las últimas semanas. Y con todo lo expuesto en los párrafos anteriores ate cabos.

Ahora nos exponemos a una nueva negación constituyente, a echar más olvido sobre el olvido renunciando de nuevo a un verdadero proceso constituyente erigido sobre la memoria, la verdad, la justicia y la reparación. La única terapia que como a los sujetos víctimas del trauma nos pueden asegurar la no repetición.

No hay destinos funestos ni escritos con letras de fuego en libros sagrados. Y el antídoto contra ellos, en todo caso en el momento en que nos encontramos, es tan profano y tan sencillo como no permitir el atropello democrático de una reforma constitucional por arriba y de urgencia. Si no, estaremos condenados a escuchar una y otra vez la misma canción, aunque suenen diferentes versiones.

Publicado en el Nº 310 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2017

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