Mediaciones

Slow information Si como afirmara el sabio periodista de Trèveris, la primera libertad de prensa consiste en no ser una industria, ha llegado el tiempo, en nuestros días de aplicar el principio de sobriedad en el quehacer periodistico.

Francisco Sierra 31/10/2017

Dícese, entre otras acepciones, de la acción y efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores, de la congregación de cardenales para difundir la religión católica o la asociación cuyo fin es propagar, PROPAGANDA. Y de la dominación por el terror, o de la sucesión de actos de violencia ejecutados para difundir terror o, en el mismo sentido, de la actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos, TERRORISMO. Lo que ignorábamos es que el PERIODISMO, en estos tiempos de silencio, puede ser lo uno y lo otro. Con razón dice mi colega Antonio Méndez Rubio en “Introducción al fascismo de baja intensidad” (2017) que estos no son tiempos para la distancia y la crítica, instalados como estamos prácticamente en la barbarie, según anticipara en Escritos Corsarios el bueno de Pasolini.

La cobertura de los atentados de Barcelona constata esta idea y produce más que sonrojo para quienes, como Gabo, tanto amamos esta profesión. Conviene por lo mismo ir más allá de las condenas de una práctica informativa que, incumpliendo todas las normas deontológicas y de sentido común, deja en evidencia hasta donde hemos llegado por cuenta del rating que exige el principio de universal equivalencia en la era del vil metal. Pues, ciertamente, es sin lugar a dudas esta lógica propia de los medios mercantilistas la que impone una aceleración, un tiempo desmedido justamente en la medida que el principio noticioso que rige es la realización del valor por el consumo, el éxito en fin de las audiencias, en el altar del mercado. Como consecuencia de ello, el periodismo del scoop, de la anticipación y la exclusiva es un periodismo precipitado que nos sitúa al borde del precipicio: el de la violencia del choque de civilizaciones teorizado por Samuel Huntington para justificar las guerras imperiales.

De acuerdo con la catedrática María Jesús Casals, el dominio del presentismo, el imperio de la actualidad inmediata, cultiva una forma de representación efímera de la realidad en detrimento de la mirada de largo aliento y la reflexión de calado. La irrupción de la economía digital no ha hecho otra cosa que ahondar en esta limitada cultura de la información inmediata con la consiguiente crisis de la profesión periodística, y, peor aún, el cuestionamiento de la propia función social de la prensa, objeto de un descrédito sin parangón en la historia. De aquí al imperio fascista del fake news hay solo una tenue línea roja, hace tiempo traspasada. Ahora, el problema de la aceleración del difusionismo, basado en el principio de maximización del tiempo en la producción de noticias, es que, a fuerza de velocidad, se pierde toda razón de ser que valida la función pública de la mediación. Y, como la imagen de la locomotora de la historia imaginada por Benjamin, un tren sin freno es solo garantía de accidentes. Por ello preocupa la lógica temporal del postperiodismo. De hecho, este es un problema central del capitalismo. En diciembre, por ejemplo, se celebra en la Universidad de Maynooth, en Irlanda, un congreso para vindicar una suerte de slow computing ante los peligros del algoritmo que imperan en la era de la comunicación política impostada.

Sabemos que, con la modernidad, la lógica espaciotemporal de la información de actualidad es extensiva y colonial, una manifestación invasiva que todo lo ocupa y remueve. Pero en la crisis civilizatoria del capitalismo, es el momento, de acuerdo con el razonamiento de Bolívar Echeverría, de vindicar, a modo de elogio de la lentitud, las ecologías de vida, cultivando un periodismo reposado, una información arraigada, una narrativa ecológica, construida desde los espacios de proximidad. Si, como advirtiera Abraham Moles, la historia moderna de la comunicación es la anulación de los límites determinados del tiempo y del espacio del intercambio, en la modernidad líquida ha llegado el momento de buscar formas más consistentes y articuladas de información, poner en fin, por delante, el valor de uso de la noticia antes que seguir con la rotación acelerada de lo mismo, de la pura redundancia y la imitación. Igual que las ciudades reivindican un trazado distinto de la cultura alimentaria para su soberanía y sostenibilidad, plantear otra información posible significa, en este sentido, radicalizar la lógica social de la mediación, pensar desde los tiempos de vida y esperanza concretos del común de las gentes, procurar, en suma, un periodismo prudente, sensible y templado, un periodismo reposado, de elaboración artesanal, en virtud de tiempos lentos y criterios de alcance que nos permitan ser conscientes de la realidad.

Si como afirmara el sabio periodista de Trèveris, la primera libertad de prensa consiste en no ser una industria, ha llegado el tiempo, en nuestros días de aplicar el principio de sobriedad en el quehacer periodistico. En este sentido, los sucesos de Las Ramblas merecen una seria reflexión para poner un freno al sinsentido del fetichismo de la mercancía. El periodismo no tiene futuro si se limita a la lógica espectral del valor. Los datos de falta de credibilidad y, lo que es más importante para los medios mercantilistas, de pérdida de lectores y audiencia son más que contundentes al respecto. Falta saber si la profesión piensa más allá del dictado del reino de las apariencias y del eterno retorno de lo mismo cuando, como sabemos, la crisis de la mediación pasa por remplazar la inercia del scoop por la vivencia del relato significativo.

La letra, en fin, no siempre con sangre entra.

Publicado en el Nº 309 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2017

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