Literatura y Revolución rusa: los grandes debates en el seno de la revolución

Lucía Nistal 21/11/2017

Al comienzo del proceso revolucionario las condiciones materiales estaban deterioradas, teniendo en cuenta la Guerra Mundial, el ataque imperialista y la Guerra Civil. Sin embargo, en seguida se desarrollan políticas para el acceso de las masas a la cultura, se despierta una efervescencia creativa y el nuevo Estado expresa un apoyo explícito a todas las tendencias artísticas, siendo los diferentes grupos de artistas los que debaten quién es “la verdadera” voz de la revolución.

Uno de los actores más dinámicos en este proceso es la vanguardia. En Rusia, al hablar de vanguardia literaria hablamos del futurismo, que lleva la ruptura con los procedimientos habituales de expresión y la puesta en cuestión de la institución artística burguesa mucho más allá debido al contexto revolucionario en el que se desarrolla. Esta tendencia forma parte de la literatura de los “compañeros de viaje”, con una gran impronta revolucionaria pero sin integrarse completamente en el proyecto socialista.

Es paradigmática la figura del poeta futurista Vladímir Maiakovski, cuya producción comienza previamente al 17, con acercamientos a los postulados revolucionarios y llegando a ser militante bolchevique. Si bien en 1917 ya estaba fuera del partido, fue un gran aliado de la revolución editando publicaciones, como propagandista y participando en las agrupaciones y debates artísticos.

Se desarrolla también una teoría literaria en contacto con el futurismo: el formalismo, que en sus manifiestos más histriónicos pecaba de esteticista, pero que propuso un elemento que trasformará el análisis literario y que encierra un gran contenido crítico, la desautomatización: ordenar las palabras de tal manera que percibamos el objeto representado como por vez primera, rompiendo con la cristalización cotidiana y el sentido común, situando al receptor crítico y alerta.

En torno al arte de vanguardia surgen muchos de los grandes debates sobre arte y revolución, como la gran polémica sobre la ruptura contra la tradición. Había una crítica social y política general a la producción artística anterior en su misticismo, esteticismo pasivo y conformismo, pero los balances eran diversos.

Una fuerte tendencia es la del Proletkult de Bogdánov, que defendía rechazar totalmente el pasado porque entendía la tradición como vehículo de ideología ajena a las masas revolucionarias, y proponía la creación de una nueva cultura proletaria. Los futuristas también defendían una ruptura radical con la tradición: el arte producido antes del 17 tenía que ser ignorado por los nuevos escritores, que deben escribir un arte nuevo.

Si bien el reclamo de ruptura con el canon y la tradición anquilosada tiene mucho de progresivo y abre la puerta a la creación de un arte que camine hacia el arte socialista, la idea de una nueva literatura debe tomarse con un método dialéctico para no caer en simplificaciones. No se puede producir un arte nuevo inmediato sin apoyarse en aportaciones artísticas anteriores, de las cuales por cierto formaban parte o bebían precisamente los propios futuristas, aunque fuera por oposición.

En plena discusión en 1925 una resolución del Partido señala que el proletariado, que había sido una clase desposeída, no tenía por qué tener respuestas para todos los problemas de la forma artística, de manera que no se podía desestimar la tradición previa ni establecer un único estilo “proletario”, aunque se habla de “tolerancia” y no se propone un acercamiento crítico. Por otra parte, en esta resolución se señala la necesidad de una hegemonía proletaria en el arte, pero que aún está por ganarse. Esto nos lleva a una segunda discusión, sobre la necesidad de construir un arte proletario.

A este respecto encontramos el problema de la falta de acceso a la cultura de las masas proletarias, pero la otra cuestión fundamental es si debería existir un arte proletario. Trotsky, en su libro Literatura y revolución de 1924, explicaba que, si bien la aparición de escritores de la clase obrera es un avance significativo, no supone que haya una cultura proletaria. El arte y la cultura soviética debían inscribirse en un período de transición del capitalismo al socialismo, pero la noción de cultura proletaria -consolidada como tal en el tiempo- ignora el carácter transicional del Estado obrero y supone la perpetuación de una clase en el poder, cuando la construcción del socialismo implica precisamente la perspectiva de la disolución de las clases. En todo caso, al éxito de la revolución le correspondería un arte no proletario sino socialista.

Ahora bien, existe otra discusión sobre cuál es el arte para el proletariado. El futurismo consideraba que sus experimentaciones formales portaban la radicalidad revolucionaria y las tendencias realistas ancladas en formas más tradicionales reclamaban su cercanía al pueblo que no podría entender la complejidad vanguardista.

La búsqueda de Maiakovski y los futuristas, que recoge elementos populares sin renunciar a la experimentación, se pueden contar entre los esfuerzos por construir una nueva cultura socialista, que más que depender del tema tratado tenía que ver con la nueva conciencia revolucionaria y con la preocupación por unir arte y vida. Así, sus producciones, lejos de críticas habituales, estaban muy ligadas a sectores de masas.

Por otro lado, también es cierto que el Imperio zarista había oprimido la cultura de otras nacionalidades, de manera que la revolución y su férrea defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos, hizo emerger expresiones del folklore realista y tradicional. Su carácter reivindicativo es también fruto de la revolución, aunque la defensa acrítica de lo tradicional por masivo pasaba por alto sus elementos conservadores.

Esta contraposición no encontró solución en esos primeros años, y fue posteriormente cuando una de ellas se impuso. Tomando a Maiakovski como metonimia de la vanguardia, vemos que experimentó con su obra, participó en los debates y manifiestos, rompió los límites de los géneros y utilizó su poesía como un arma por la revolución. Pero a finales de los 20’ comienza a ser atacado por escribir poesía no realista, acusado de romántico o, incluso peor, de formalista, mientras escribe textos críticos contra la burocracia, como estos versos de 1929:

Kúlaks y burócratas, adulones
sectarios y borrachos
van, orgullosos, el pecho
[abombado
con estilográficas
[e insignias a montones.

En ese momento, la postura del Partido ha cambiado radicalmente: si las tesis de 1921 no apoyan una u otra tendencia, el decreto del C.C. de 1932 denuncia los “elementos extraños” en la literatura revolucionaria y destaca el esfuerzo del gobierno para afianzar el “arte proletario”. Se eliminan los agrupamientos previos de artistas como el Proletkult para constituir una única Unión de Escritores, que en el congreso de escritores del 35 convertirá el realismo socialista en política oficial, una literatura tal vez gratificante pero en general desproblematizada, que evitaba la complejidad creativa e interpretativa, borrando de las obras el espíritu crítico, disruptivo y productivo.

Esta transformación de la entusiasta experimentación a la condena de artistas por el Estado al exilio, a la cárcel o a ser fusilados, no se puede entender si no vemos el cambio producido en el seno de la revolución, que a la salida de la guerra Civil, aislada internacionalmente y con una base de miseria social muy grande, da lugar a la emergencia y consolidación de una poderosa burocracia en el estado y el Partido, imponiéndose un régimen de Partido único y anulando la democracia soviética del primer periodo. Este retroceso es palpable en el terreno político, en las relaciones sociales y de género y en el terreno del arte, donde el Estado se transforma en gran censor de la producción artística, al servicio de la promoción de la burocracia, mitificando a Stalin y cortando la libertad creativa.

Maiakovski se suicida en 1930, el fin de las vanguardias soviéticas. Rodchenko, diseñador gráfico y fotógrafo fundador del constructivismo ruso, es acusado de plagiar estilos europeos y en 1933 se le prohíbe fotografiar sin permiso. Podemos hablar también de las documentadas amenazas a Dziga Vértov para que entre en el cine de ficción con actores, o del encarcelamiento y fusilamiento del artista teatral Meyerhold.

Pero hubo resistencia, y unos años después, André Bretón y Diego Rivera firmarán el manifiesto escrito junto a Trotsky donde retoman la lucha por la “independencia del arte por la revolución, y la revolución por la independencia del arte”. Texto indispensable que nos recuerda que la tradición marxista revolucionaria no solo estuvo lejos de esta doctrina, sino que da las herramientas para combatirla.

Hoy tenemos muchas lecciones que extraer: el arte y la cultura están al servicio del mercado, no del pueblo y con el anunciado el “fin de las ideologías” los acercamientos a la producción artística de la Rusia de la revolución se separan del proceso revolucionario o culpan a este de su fracaso. Por eso debemos recuperar la efervescencia de la creación revolucionaria de los primeros años, los problemas que se plantearon tras la revolución de octubre que siguen vigentes hoy y tenemos que revolucionar la sociedad, para no condenar al arte y la cultura a los límites que le impone el capitalismo, pero también defender un arte libre, para que nos recuerde que otra sociedad es posible.

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

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