La Revolución rusa y el movimiento obrero europeo La gran novedad que aportará la Revolución rusa será la combinación de la herencia revolucionaria del proletariado urbano con la enorme importancia de la movilización campesina.

Alejandro Andreassi Ciero 22/11/2017

En la historiografía contemporánea se ha señalado a la Revolución rusa como el momento inaugural de un ciclo revolucionario. Evidentemente esta propuesta es correcta porque a pesar de que en Europa acabaron siendo derrotados los intentos revolucionarios que se produjeron en algunos países europeos siendo el más trascendente el caso de Alemania, entre 1918-1923, la Revolución rusa se vio continuada por otros procesos revolucionarios fuera de Europa, algunos de ellos comenzados en el período de entreguerras como en China, o durante la segunda mitad del siglo XX como los casos de Cuba y Vietnam. Incluso podría considerarse el proceso de descolonización verificado después de la Segunda Guerra Mundial como parte del mismo ciclo, no sólo porque desde sus inicios la Revolución rusa consideró la lucha antiimperialista y anticolonial como parte inseparable de lucha contra el dominio del capital, sino porque se produjo un verdadero cambio en la estructura política mundial porque en muchas de las antiguas colonias la liberación nacional fue liderada por organizaciones políticas que decían identificarse con los principios ideológicos de la Revolución rusa.

Sin embargo, en este breve texto quisiera plantear, como esbozo, que la Revolución rusa, también recogió toda una tradición de cuestionamiento crítico de los sistemas de dominación existentes no sólo en el imperio ruso sino en todo el continente. Por lo tanto, no sólo inauguró un ciclo revolucionario, sino que fue el depositario activo de una lucha de clases continental que se había iniciado con la gran Revolución francesa, y dentro de esta especialmente de su período más radical, el bienio 1793-94. Luchas e ideas que vieron su continuidad en las movilizaciones y estallidos revolucionarios que jalonaron el siglo XIX. Desde los cartistas británicos, hasta las grandes huelgas por el sufragio universal de los obreros belgas, italianos, suecos y austríacos a finales del siglo XIX, pasando por los obreros franceses, alemanes, húngaros y austríacos de las jornadas de 1848, fueron señalando en sus movilizaciones y en el debate y reflexión sobre la naturaleza de la civilización del capitalismo que se imponía progresivamente en todos los ámbitos de la vida afecta tradiciones, costumbres y valores construidos pacientemente por las clases subalternas en su lucha contra la explotación y la dominación social y política, defendiendo eso que Edward Palmer Thompson denominó como la “economía moral de la multitud”.

Por lo tanto, se trata de que las características de un largo proceso histórico, y por lo tanto contingente, conformado por las experiencias de la lucha de clases, que permitieron a sus protagonistas formular mediante la deliberación y la praxis colectiva cuales eran los objetivos y los principios cuya consecución y objetivación permitiría, en primer término, la defensa efectiva contra la explotación y el dominio ejercido por la clase capitalista, así como pasar al derrocamiento del capitalismo y el paso a una sociedad sin clases, sin explotados. Esa cultura política que se fue elaborando como producto de la lucha de los explotados, se resume en la conquista de la democracia a través de la acción política y social de la clase explotada organizada. Esa democracia implica la capacidad de deliberación isonómica y autocontrol colectivo de las condiciones de vida y trabajo, así como de su desarrollo autónomo, que se resume en la expresión utilizada por Marx y Engels: "asociación libre de productores iguales". Esa democracia se expresó prácticamente con la Comuna de París de 1871, al funcionar como una corporación legislativa y ejecutiva al mismo tiempo, sustituyendo el parlamentarismo representativo de las repúblicas liberales y monarquías constitucionales. Como planteaba Lenin, no se trataba de suprimir los sistemas representativos sino de convertirlos en órganos sometidos al control constante de los ciudadanos, y por lo tanto legislativos y ejecutivos al mismo tiempo.[1]

Esta unidad de concepción-ejecución (deliberación legislativa-realización de lo resuelto) que es el núcleo fundamental de la Comuna de París, así como el de los soviets de 1905 y 1917 como órganos políticos, es una extensión al ámbito de ámbito estatal de la concepción del trabajo no alienado que defendían desde el primer momento los obreros de oficio sometidos al modo de producción del capitalismo, ya a partir del primer tercio del siglo XIX, o sea la autonomía obrera en la construcción primero mental de los objetivos y métodos del proceso de trabajo para luego llevarlos a la práctica. Esa reivindicación de la autonomía en el trabajo escondía la semilla de la emancipación. En lo inmediato el objetivo era conservar el control del proceso de trabajo como una forma de defender los derechos laborales frente a la explotación y prepotencia patronal. En la lucha al interior de los centros de producción se dirimía quien controlaría definitivamente ese proceso de trabajo, si triunfaba la heteronomía patronal o la autonomía obrera. Este largo conflicto que atraviesa el siglo XIX se va a manifestar con el rechazo a los intentos patronales de arrebatar esa capacidad de control a los trabajadores, desde el control “externo” del proceso de trabajo (reglamentos, multas y otras sanciones, etc.) hasta el interno (taylorismo, fordismo). Pero a medida que esa lucha se desarrollaba en los centros de trabajo los trabajadores extendían esa concepción de su autonomía a la sociedad política. Como afirma el historiador William Sewell, haciendo referencia al desarrollo de la revolución de 1848 en Francia: “…los obreros veían la futura República Social y Democrática como una versión macrocósmica de las repúblicas microcósmicas que habían creado en sus oficios. Compuesta de sociedades democráticas de obreros que incorporaban y organizaban todo el trabajo productivo de la nación, unidos por los mismos sentimiento de fraternidad y las mismas normas de gobierno republicano […] coronadas por una asamblea deliberativa que se constituía mediante los representantes de todos los oficios y que se encargaba de organizar el trabajo de la nación en su conjunto –así era la república que proyectaron e intentaron alumbrar los obreros de París en torno a la Comisión de Luxemburg en la primavera de 1848”.[2]

Por lo tanto, no es casual que el reclamo de la República Social y Democrática, enarbolado por los obreros franceses revolucionarios en 1848, fuera recogido por la Comuna de París “sintetizando” toda esa experiencia de lucha por la conquista de la democracia desde las cooperativas de producción hasta el propio órgano político. Marx vio en la Comuna “…un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”. La Comuna no tuvo tiempo de completar su obra, masacrada por las tropas enviadas por Thiers bajo la mirada complaciente del ejército de ocupación prusiano, un verdadero genocidio de clase, como afirma Luciano Canfora.[3] Su triunfo hubiera necesitado el apoyo del campesinado, que veía amenazadas sus conquistas de 1789 por la clase terrateniente. Por eso el gobierno de Versalles sitió a la ciudad para que no pudiera realizarse la alianza obrero-campesina. Marx vio esto con claridad al escribir que la Comuna “… habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país y que en los distritos rurales el ejército permanente habría de ser remplazado por una milicia popular, con un plazo de servicio extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones) de sus electores”, completando así la perspectiva de una verdadera democracia.[4] Lo que esos obreros de las jornadas revolucionarias de 1848 exigían y que la Comuna en su corta existencia materializó fue algo tan sencillo como que los derechos de ciudadanía y por lo tanto la democracia entrara también en el núcleo del capitalismo: las relaciones de producción. Las relaciones de producción eran así consideradas no sólo como relaciones económicas sino también políticas: explotación más dominio de una clase por otra.

El análisis de Marx de la Comuna de París nos revela la importancia de otro actor en la lucha revolucionaria que sería capital en la Revolución rusa: el campesinado, al que consideraba que sólo podría liberarse definitivamente con la intervención de la Comuna, pero que al mismo tiempo era un factor imprescindible para que aquella pudiera cumplir con su tarea emancipatoria. La desnaturalización del pensamiento de Marx y Engels por la ortodoxia de la dirección de la Segunda Internacional, especialmente de las secciones alemana y francesa centró en la clase obrera industrial el papel de sujeto revolucionario por excelencia. Una lectura reduccionista de las tesis de aquellos estableció confundió el análisis del capitalismo británico y las claves de su superación hechos por Marx y Engels en leyes supra históricas válidas para toda época y país, lo que les llevó a ignorar a aquella parte de la población oprimida por la civilización del capitalismo que incluso en Europa en muchos países representaba más de la mitad de su población y en el caso de la Rusia zarista prácticamente el 80 por ciento. Por ello la gran novedad que aportará la Revolución rusa será la combinación de la herencia revolucionaria del proletariado urbano con la enorme importancia de la movilización campesina, que objetivarán en el desarrollo integral de la democracia obrera y campesina en la forma de los soviets respectivos, tanto en 1905 como en 1917.

Del mismo modo que la Revolución rusa recuperaba y actualizaba las tradiciones democráticas más radicales del movimiento europeo previo, los movimientos revolucionarios surgidos en diversos países europeos al calor de Octubre lo impulsaban a través de las experiencias consejistas, siguiendo el modelo de democracia representado por los soviets. A tal efecto, Karl Korsch, reflexionando en 1919 sobre dicho fenómeno escribía:
”Fuera de la empresa, como ciudadano y como miembro del sindicato el trabajador se encontraba frente al empresario, hasta cierto punto, en un pie de igualdad. En la empresa era respectivamente señor el empresario y esclavo el trabajador, incluso en las empresas con derechos laborales ejemplares, en el mejor de los casos con el derecho que su comité de empresa formara parte de la dirección a demanda suya. Por el contrario, en la socialización directa cada miembro de la empresa se transforma sin más en cogestor de la empresa. No es más esclavo asalariado sino copropietario cooperativo de la producción total”.[5]

De modo similar reflexionaba Gramsci durante la ocupación de fábricas y la organización de “consejos de fábrica” en Turín durante el bienio 1919-20:
“El proceso revolucionario se verifica en el campo de la producción, en la producción, en la fábrica, cuyas relaciones son de opresor a oprimido, de explotador a explotado, en donde no existe libertad para el obrero, ni tampoco democracia. El proceso revolucionario se verifica en donde el obrero no es nada y quiere serlo todo, en donde el poder del propietario es ilimitado, es un poder vida y muerte sobre el obrero, sobre la mujer del obrero, sobre los hijos del obrero”.[6]
Para él la revolución era una acción para alcanzar una libertad integral, una libertad sin pliegues oscuros donde se la continuara negando, y que se verificaría al incorporar la fábrica –el ámbito fundamental del dominio del capital- al espacio democrático que, al menos formalmente, parecía que se estaba consiguiendo en el exterior de la misma. Esa era una de las aportaciones fundamentales de la Revolución rusa al movimiento obrero de su tiempo y también del nuestro.

Notas:

1. Vladimir Ilich Lenin, EL ESTADO Y LA REVOLUCION: LA DOCTRINA MARXISTA DEL ESTADO Y LAS TAREAS DEL PROLETARIADO EN LA REVOLUCIÓN (MOSCÚ: ED. PROGRESO, 1978).

2. William H. Sewell, Trabajo y revolución en Francia: el lenguaje del movimiento obrero desde el Antiguo Régimen hasta 1848 (Madrid: Taurus, 1992), 362.

3. Luciano Canfora, La democracia: historia de una ideología (Barcelona, España: Crítica, 2004), 141-42.

4. Karl Marx, La guerra civil en Francia (Madrid: Aguilera, 1976), 67 y 70.

5. Karl Korsch et al., Gesamtausgabe 02. Rätebewegung und Klassenkampf. Schriften zur Praxis der Arbeiterbewegung 1919 - 1923. (Frankfurt am Main: Offizin, Hannover, 1980), 92.

6. Antonio Gramsci, Consejos de fábrica y estado de la clase obrera (México, D. F.: Ediciones Roca, 1973), 108.

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

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