Clave de sol

Trapos No hay colores lo suficientemente a prueba de todo que aguanten el desgaste y consigan cegar la vista el tiempo necesario para que no se capten los contornos de las realidades que se pretenden esconder envolviéndolas en ello.

Sol Sánchez Maroto 22/11/2017

Banderas descoloridas, rasgadas, deshilachadas, arrugadas, desprendidas, raídas o simplemente sucias. Tras llevar ya semanas colgando de balcones y ventanas, las telas se empiezan a erosionar y degradar visiblemente. Semanas en las que el sol, el viento, la lluvia, la contaminación y el resto de elementos tanto los naturales como los que son producto de nuestra contaminada y contaminante forma de vida, ya sea en pueblos o en ciudades, afectan a todo por igual y miden así, de forma tan implacable como accidental, la calidad y la resistencia de los materiales que componen lo que nos rodea. Ahí es donde casi la totalidad de las banderas que nos acechan por doquier en estos momentos se muestra equivalente; tienen en común la calidad del “made in china”.

Paradójicamente el resultado -como metáfora materializada- es un fiel reflejo en código simbólico de las crudas realidades que tantos metros de tela parecen querer (o en el peor de los casos incluso conseguir) ocultar a los ojos de todos los que miran.

Entremos en algunos detalles.

Este está siendo un año seco y cálido, uno de esos otoños que hacen de puente entre el verano y el invierno sin que prácticamente nos percatemos del cambio de estación hasta que no miramos al suelo, que eso no falla: se va llenando inexorablemente de hojas.

Con un tiempo como este, no es de extrañar que los materiales que quedan a la intemperie tiendan al descolorido y queden pálidos y apagados por el desgaste que les producen los rayos constantes y directos del sol. De la misma forma las derechas en el Estado español se han comido los colores de todo lo que nos rodea como quien convierte una foto actual en una antigua con uno de esos filtros sepia, con cada uno de los casos y las tramas de corrupción con que han esquilmado lo público y lo común (tantas que ya cuesta más memorizarlas que aprenderse la tabla periódica) al sustraer fondos para sostener los servicios públicos y los bienes comunes han hecho más tenues los colores de las vidas de la mayoría social al hacerlas más pobres e inseguras.

La poca lluvia caída en un ambiente altamente contaminado, como ha pasado estos últimos meses, en vez de limpiar parece que embarra el ambiente, que cubre con una especie de fina capa de grasa de polución concentrada, que su poca fuerza no llega a arrastrar, todas y cada una de las cosas sobre las que cae. Así los recortes en servicios públicos, educación, sanidad, servicios sociales, en los que presuntamente se iba a volver a aumentar el gasto, en cuanto te acercas y tocas te manchas con la evidencia de que en realidad sirven de trasvase –otra vez- de lo público a lo privado a través de externalizaciones, subcontrataciones y privatizaciones encubiertas que sirven solo para mantener los beneficios de las grandes firmas constructoras que ya no los pueden obtener a base de los mismos pelotazos urbanísticos de antaño y se tornan y especializan de la noche a la mañana, en proveedoras de servicios para seguir esquilmándonos de distintas maneras.

El viento, con esas ráfagas que rasgan, doblan y enrollan sobre sí mismas las telas, desprendiendo incluso algunas de sus anclajes y dejándolas en posiciones incómodas e imposibles. Del mismo modo que han soplado las reformas laborales sobre las vidas de las clases populares, el paro y la pobreza, la precariedad laboral que su aplicación ha causado ha roto y hecho jirones los planes de vida de millones de trabajadores y trabajadoras que ven cómo tener un empleo ya no es sinónimo de poder vivir una vida digna, cómo los datos macroeconómicos hablan de una recuperación que a ellos y ellas les suena lejana, mientras con suerte como mucho consiguen formar parte del ejército de más de tres millones de personas que ganan menos de trescientos euros al mes, y que sin embargo, son quienes están detrás de esos datos de la bajada del paro del que se enorgullece públicamente el gobierno.
Y así podríamos enumerar un largo rato más…

No hay bandera que físicamente resista a los elementos, igual que no hay bandera que moralmente pueda dejar de ser afectada –tarde o temprano- por la verdad. No hay colores lo suficientemente a prueba de todo que aguanten el desgaste y consigan cegar la vista el tiempo necesario para que no se capten los contornos de las realidades que se pretenden esconder envolviéndolas en ellos.

En la casa de las gentes sencillas, de la clase trabajadora donde las telas no se tiran cuando están demasiado gastadas pero aún se les puede dar un uso, se solían hacer con ellas trapos. Trapos que se usaban, entre otras cosas, para limpiar los cristales de las ventanas de las casas y así poder ver lo que pasa fuera con mayor claridad. Igual cuando estas se gasten y hagamos trapos, consigamos que a través de todas las ventanas de clase trabajadora se vea la realidad con total claridad.

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

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