La afilada punta del cálamo

La enfermedad (crónica) de España

José María Alfaya 22/11/2017

Lo de Cataluña (o lo de España, como se prefiera) me está dejando, desde el punto de vista sociocultural, un amargo sabor de boca, como un regusto a dejá vu, a ya te lo decía yo que no habíamos cambiado tanto. Resulta que un compinche, discípulo de Pierre Vilar, me señala la existencia de una carta que el hispanista francés había dirigido a Claudio Sánchez-Albornoz (se supone) a propósito de un rifirrafe sobre la valoración de las obras de algunos hispanistas franceses criticadas por Vilar en la revista La Pensée (publicada, por cierto, por el PCF).
Dice Vilar: He recibido su carta, y no me resisto al deseo de responderle sin demora, y largamente, porque confirma algo que siempre había previsto: en mi deseo de juzgar fríamente -e históricamente- la cuestión Cataluña-Castilla, estoy destinado a enfrentarme igualmente a ambos adversarios. Porque puedo dar por seguro que los catalanes y los vascos (respecto a estos últimos, por otra parte, me abstengo de decir nada porque no conozco bien la problemática) no estarían contentos con todas mis afirmaciones.

Pero sepa que esta incomprensión me entristece, porque revela, como Ud. mismo dice, una “enfermedad” de España que yo quisiera curada, porque amo tanto a este país como al mío (y tal vez más). La enfermedad no radica, desde mi punto de vista, en los hechos diferenciales entre Cataluña y Castilla, sino en las pasiones nacidas de esta diferenciación y que Ud. parece compartir. Mientras este problema se encuentre en esta fase pasional, mucho me temo, en efecto, que no tendrá solución alguna. La solución vendrá cuando, al margen de toda afirmación sentimental, los dirigentes examinen la cuestión como un puro problema histórico....

En realidad, los políticos castellanos juzgan mucho a Cataluña a través de los políticos catalanes; imaginan que el catalanismo es un producto de los políticos catalanes. Pero cuando se ha vivido durante años entre los intelectuales catalanes, los estudiantes, los jóvenes; cuando se ha recorrido el campo catalán, se ha leído los diarios, escuchado los coros, etc., etc., uno no puede dejar de admitir que se trata de algo más profundo, y que probablemente los políticos catalanes son un producto del catalanismo, y no al contrario.

Queda por explicar el catalanismo (…). desde que llegué a Cataluña me he planteado tratar de explicar -y no de justificar o de criticar- el movimiento catalán. Porque si no existe separatismo bretón o marsellés, tampoco existe catalanismo francés, pese a que se hable catalán en todos los Pirineos Orientales; por tanto, cabe que haya, entre ambos lados de los Pirineos, diferencias en la evolución histórica que expliquen el surgimiento de un particularismo en España, y su no-existencia en Francia.

Ahora bien, Ud. mismo aporta la solución del problema: la estupidez de los gobernantes españoles desde el siglo XVI a nuestros días, y la debilidad de España. Sin embargo, permítame que sea menos severo que usted, en primer lugar la “estupidez” no ha sido continua, y en segundo lugar no puedo admitir que una estupidez de tres siglos sea un fenómeno fortuito. Solo podría explicarse por una incapacidad fundamental de los castellanos para gobernar; esta es la explicación de los patriotas catalanes, y hay que reconocer que la fórmula que Ud. utiliza les proporcionaría una fantástica ocasión para alegrarse. A mi juicio, cabe buscar la explicación al margen del valor mayor o menor de los hombres; en este sentido, el materialismo histórico es útil y muy consolador: permite mirar a los hechos -incluidos los desagradables- de frente, sin sentirse vejado en los sentimientos personales o en las susceptibilidades nacionales. Creo, sinceramente, que solo el retraso económico del conjunto español (debido sin duda a la decadencia que siguió a las conquistas coloniales) ha impedido que España evolucione como la mayoría de las otras naciones europeas, es decir, hacia una unidad nacional en el sentido del siglo XIX. Y los intereses castellanos-catalanes se han visto confrontados. Al cabo de cincuenta años de discusiones muy ásperas (en las que los castellanos han solido ser más violentos en sus expresiones despreciativas que los catalanes) no puede hablarse ya de unidad española, y en consecuencia -para aquellos que no tengan miedo de las palabras- los problemas ya no son “regionales”, sino “nacionales”.
La carta está fechada el 1º de junio de 1939.

Que cada cual saque sus conclusiones. Pero algunas agitaciones "patrióticas" me huelen a naftalina.

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

En esta sección

El auge de la prostitución del lenguaje y de la historia como arma de control del sistemaDesarrollar el Proceso ConstituyenteCultura, medios de comunicación y lucha ideológicaSalvados en pelotasEl 25 de Noviembre. El 1 de Enero de 1959

Del autor/a

La enfermedad (crónica) de EspañaEl cuestionarioLa mies sigue siendo muy y mucha miesConcierto de Surcociente en la sala Libertad 8 de MadridBarcelona... a través del plasma