La Retranca

Necesitamos subvertir un sistema capitalista que lleva las desigualdades, el odio y la muerte en su ADNLos comunistas se comen a los niños Si algo ha quedado claro a lo largo de estos cien años cumplidos desde la revolución soviética es la vigencia del dilema “Socialismo o barbarie” y llevar con dignidad la herencia de los valores, los principios, la determinación y la audacia de los bolchev

Dolores de Redondo 22/11/2017

En 2006, el corrupto y facineroso Silvio Berlusconi, siendo aún jefe de Gobierno, aseguró: "Como esa otra fábula que dice que los comunistas se comían a los niños: leed el libro de los comunistas, en la China de Mao no los comían, los hervían para fertilizar los campos". Diez años después, al conocerse que unos inversores chinos estaban dispuestos a comprar el Club de Fútbol A.C. Milán, el antiguo integrante de la criminal logia anticomunista Propaganda Due recurrió nuevamente al tópico fascista y sentenció: “Los comunistas comían niños. Es verdad, ocurrió en una época de carestía. ¿Y yo tengo que darles el Milán? No”.

El libro al que hacía referencia Berlusconi es, por supuesto, El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión; un libelo anticomunista de gran difusión a finales del siglo pasado y comienzos del actual. El mejor ejemplo de que para atemorizar con el fantasma del Comunismo la propaganda oficial no ha escatimado medios y ha alcanzado denigrantes niveles de invención, falseamiento y engaño.

Ya en el debate con Gil Robles en el Congreso de los Diputados el 16 de junio de 1936, la camarada Dolores Ibárruri pudo desmontar una a una todas las falacias inventadas sobre los revolucionarios que dos años antes se habían rebelado en Asturias. Para justificar la represión y cultivar el odio hacia la insurrección asturiana las fuerzas de la reacción llegaron a inventarse falsas violaciones masivas de mujeres, historias de niños a quienes los rojos les sacaban los ojos, la venta de carne de cura al peso y la trola de guardias de asalto quemados vivos. Un mes después, los represores se levantaron en armas e iniciaron la paz de los cementerios que duraría cuarenta años.

En 2017, coincidiendo con el centenario de la Revolución de Octubre, se han publicado patrañas de lo más variopintas. He leído a un periodista, por ejemplo, afirmar que la Revolución de Octubre era un simple golpe de estado y que “la verdadera revolución se había producido en febrero, cuando las masas hicieron caer a la monarquía zarista”. Y añadir que Stalin obligó al director de cine Serguéi Eisenstein a inventarse la toma del Palacio de Invierno, donde los bolcheviques no necesitaron entrar al asalto porque eran un grupo reducido que además disponía de la llave que abría la puerta principal.

El País, con su habitual, incondicional y generosa difusión de la causa anticomunista, publicó un meritorio tuit que decía: “Se cumplen cien años del chapucero golpe de los bolcheviques que les permitió conquistar el poder”. Tan chapucero fue lo que ellos llaman “golpe” que cien años después siguen obsesionados con su cruzada anticomunista, intentando desprestigiar la Revolución más importante de la Historia.

El mismo periódico publicitó la publicación de una biografía de Stalin escrita por León Trotski tras una oferta generosa de la editorial Harper & Brothers de Nueva York. En ella, Trotski retrata a un Stalin psicópata y sádico que “se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego”. Parece que la confianza de Lev Davídovich Bronstein en los EE.UU. está fuera de toda duda, teniendo en cuenta que la biografía era un encargo norteamericano y que en 1940 donó a la universidad de Harvard más de 20.000 documentos de su propiedad.

Cien años después de la Revolución de Octubre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas ya no existe, pero el mundo es más desigual, más injusto y más inseguro que entonces. Porque su eterno rival, el país referente del capitalismo mundial, el centro del imperio, es un país criminal que para imponer el sistema de libre empresa (es decir, de la libertad de sus empresas) no duda en promover golpes de estado, asesinar y torturar en nombre de la paz, la democracia y la concordia. Aunque tampoco es de extrañar que aniquile poblaciones en medio mundo, cuando entre ellos mismos son capaces de cometer las más salvajes atrocidades. Porque por asesinar, ya se asesinan suficiente a sí mismos. En los diez primeros meses del año se han producido en EE.UU. 37 tiroteos masivos, que son aquellos en los que se producen como mínimo cuatro heridos. Las víctimas estadounidenses en los años que duró la guerra de Vietnam fueron 58.220; desde 2011 más de 200.000 personas han muerto por disparos en EE.UU., a razón de 93 muertos diarios.

Cien años después, el imperialismo está con sus tropas a las puertas de Rusia acusando a ésta de injerencia en las fronterizas ex repúblicas soviéticas. Hace solo unos meses que la OTAN movilizó en esas mismas fronteras el mayor contingente de tropas desde la Guerra Fría, al que habría que añadir el llamado “escudo antimisiles”. Con los mismos argumentos que utilizó Adolf Hitler, como Comandante-Jefe supremo de las tropas alemanas, cuando invadió Polonia: “El Estado polaco ha rechazado mis intentos de arreglar nuestras diferencias y conducir nuestras relaciones de un modo pacífico. En lugar de esto recurrieron al uso de las armas. Los alemanes que hoy viven en Polonia están sometidos a un terror brutal, y se ven arrojados de sus casas, granjas y propiedades. No cesan de registrarse violaciones de fronteras, que son intolerables y que prueban que Polonia no tiene la menor intención de respetar las líneas fronterizas alemanas”. Era el 1 de septiembre de 1939, exactamente cinco meses después del fin de la guerra en España, el primer campo de batalla de la II Guerra Mundial y terreno experimental de los primeros bombardeos masivos contra la población civil realizados por la criminal Legión Cóndor alemana que convirtió en polvo, entre otras poblaciones, la inmortal Guernica.

Por eso, si algo ha quedado claro a lo largo de estos cien años cumplidos desde la revolución soviética es la vigencia del dilema “Socialismo o barbarie”; la necesidad de subvertir un sistema capitalista que lleva las desigualdades, el odio y la muerte en su ADN; y llevar con dignidad la herencia de los valores, los principios, la determinación y la audacia de los bolcheviques. El futuro depende de ello.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

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