Ni dios ni amo

Sedición ¿No es quebrar el orden público el saqueo del bienestar de cientos de miles de españoles a quienes la estafa bancaria ha sumido en la pobreza?

Benito Rabal 29/11/2017

La sedición ha entrado en nuestras vidas como un huracán. Pensaba uno que el término había quedado en desuso, fuera de lugar en una sociedad moderna como la nuestra, donde los levantamientos militares o las sangrientas revueltas populares parecían cosa del pasado. Pero no. Ha tenido que venir nuestro flamante cuerpo judicial a retrotraernos al pasado decimonónico para recordarnos aquello de que no es lo mismo libertad que libertinaje.

Hacía tanto tiempo que no se usaba la palabra que dudo que muchos de los que la han oído a través del bombardeo de los medios de domesticación de masas, sepan exactamente lo que significa. Así que empecemos por ahí. Según el diccionario de la RAE tiene dos acepciones. Una es el alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público o la disciplina militar, sin llegar a la gravedad de la rebelión. La otra, la sublevación de las pasiones.

Aclarado esto, la verdad es que no me cuadra en cuál de las dos se basa la denuncia y posterior encarcelamiento de los Jordis, amenazados por una condena de quince años de reclusión, que viene a ser cinco años menos que si hubieran matado a alguien. Ni tampoco las que penden sobre el President Puigdemont, su ex gobierno y la mesa del Parlament, para quienes se solicitan treinta años de encierro. Será por lo de la sublevación de las pasiones, porque que yo sepa, violencia, lo que se dice violencia, no ha habido más que la ejercida por los respetados cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y digo lo de respetados porque no vaya a ser que me caiga a mí también algo, que según están las cosas no sería de extrañar.

Así que, en medio del subidón de testosterona que padecen tanto el Gobierno del Reino como el ex de la Generalitat, en medio de la inmensa torpeza con la que se ha llevado – y se lleva – todo este asunto del derecho a decidir que parece que no es tal derecho, la realidad es que se están sentando precedentes muy peligrosos. Porque si, pongamos por caso, el día de mañana los ciudadanos decidimos que se acabó la monarquía y dado que lo del Referéndum, visto lo visto, está excluido, salimos a la calle a exigir nuestra voluntad, ¿seremos también acusados de sedición y encarcelados aquellos que, por una u otra razón, hayan sido los más visibles?

La desproporción con la que se aplica la ley en este caso de Catalunya, evidencia una grave tendenciosidad, lo cual, por otra parte, no es nada nuevo. ¿No debieran jueces y fiscales, tan empeñados en hacer cumplir el Estado de Derecho, tener el mismo celo y acusar de sedición a todos aquellos poderes fácticos, la Iglesia, la Banca o las grandes familias que apoyaron el golpe de Estado que sumió cuarenta años a España en una cruel Dictadura? ¿Y a la monarquía sentada a la vera verita vera del sanguinario sapo Iscariote? ¿Y a los firmantes del artículo 135 que eso sí que ha supuesto un alzamiento violento contra el orden público? ¿O es que no es quebrar el orden público el saqueo del bienestar de cientos de miles de españoles a quienes la estafa bancaria ha sumido en la pobreza?

Pero con todo, lo peor a mi entender es la confusión que se está creando. A oídos de la maltrecha opinión pública, lo de sedición viene a sonar como que alguien ha cometido crímenes y así lo corroboran las largas condenas que se solicitan. Con lo que, a quien no conozca la realidad catalana, lo normal es que se le subleven los sentimientos y surja el odio y el enfrentamiento entre pueblos hermanos.

Claro que a lo mejor es lo que se pretende. Porque mientras tanto siguen los recortes y de la corrupción para qué hablar.

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

En esta sección

SediciónEl tren por abajo, yo por arribaEl discursoConfundirTodas somos Juana

Del autor/a

SediciónEl discursoConfundirMayoríaReservado