Esperando a los bárbaros

Claves de un Congreso clave Por debajo de los páramos helados del Madrid arrasado por los coches, latía laverdadera razón: la alegría constituyente de que vamos a ser parte presente.

Felipe Alcaraz Masats 22/12/2017

Un Congreso sencillo, el vigésimo, fácil de relatar, fácil de vivir, sin tensiones, pero que sin duda ha sido muy importante. Un congreso donde la liturgia ha dejado paso a lo que muchos militantes intentaban concretar desde hace tiempo, desde pueblos y barrios; sitios en los que vivían un desflecamiento de las señas de identidad y del lugar exacto de una fuerza que empezaba a reducirse a rituales de festejo, conmemoración y despedida. Y esta vez las despedidas, de alguna manera, se han convertido en bienvenidas, como la de Lenin, que viene para quedarse, después de cuarenta años en que es posible que mandara más la coyuntura dibujada por la rabiosa a actualidad que la que Lenin perfilara en su análisis concreto de cada situación singular, teniendo en cuenta las correlaciones de fuerzas y debilidades.

Pero más aún: es un congreso que no partía de la duda hamletiana que muchas veces nos ha aprisionado: ¿Se aplicará o no se aplicará, o todo ha sido un juego de espejos y de textos juguetones que después se pierden en el fragor de los telediarios? Esta vez hemos rechazado esa convicción de derrota preventiva, y nos hemos aplicado con el realismo equilibrador de aquellos/as que están dispuestos a coger el último tren, atreviéndonos a aprobar todo lo que estaba pendiente, pero sin dejarnos caer por la rampa del desahogo.

No se trata de una vuelta atrás, a recoger cascotes y vasijas rotas, sino de la regeneración de un impulso, con la alegría de aquellos que han sabido alcanzar una última oportunidad. Yo creo que esta es la clave de las claves, que de esa palabra, con el uso vulgar de la lengua, surge otra, llave, que debe abrirnos esta posibilidad en el trabajo del día a día, sin esperanza virtual, con convencimiento ideológico, una vez podemos hablar en nuestro idioma más genuino y atrevernos a creer en nuestra existencia futura.

No es mérito del frío que la sala siempre estuviese llena de delegadas/os. Por debajo de los páramos helados del Madrid arrasado por los coches, latía la verdadera razón: la alegría constituyente de que vamos a ser parte presente, no ausente, de un nuevo momento histórico en que todo se va a jugar en el terreno de la audacia y en la existencia sin complejos. Hemos mirado a nuestras espaldas entre los bolardos de sal de quienes miraron hacia atrás despreciando, por inalcanzable, el futuro. Y por eso, lo mismo que al final cantamos entera la Internacional, ahora debemos apurar en todo su sentido, con total intensidad, la oportunidad que hemos sabido cristalizar. No ha habido mucha pelea, pero si mucha conversación a lo largo de meses y de años, y ese diálogo entre iguales, agotador a veces, nos ha llevado a esa playa que casi no veíamos ya, enredados como estábamos en el mar de los sargazos. Regresamos tras el Congreso a nuestras trincheras de historia cotidiana, cada uno/a a su provincia, con más sueño que el batería de Leonard Cohen, eso es verdad, pero el estruendo final del último tren de Gun Hill, que arrancaba con la caldera a tope, nos ha despertado a todos.

Publicado en el Nº 312 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2017

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