Ni dios ni amo

Mudanza

Benito Rabal 22/12/2017

(A Antonio José Domínguez, en el recuerdo)

Estoy de mudanza. Cambio de domicilio por enésima vez y por enésima vez me repito que no voy a acumular más, que debo acostumbrarme a vivir prácticamente con lo puesto y cambiar mis costumbres nómadas, aún a sabiendas que ni lo uno, ni lo otro, va a ser cierto. Claro que, dicho así, pareciera que soy lo que se llama un culo inquieto, sin raíces que me aten, o que vivo rodeado de bienes materiales presa del síndrome de Diógenes consumista. Nada más lejos. El caso es que mis posesiones se reducen a un par de mudas, tal vez tres, algún que otro mueble familiar, recuerdos de varios lugares y objetos queridos y, ahí viene lo bueno, infinidad de libros, música y películas.

Mis amigos jóvenes – y alguno que ya no tanto – me tachan de antiguo por conservarlos. Me dicen que ya está todo en la red. Pero no me fío. Siendo un invento militar, controlado por grandes corporaciones, ¿están seguros que hay de todo o sólo lo que quieren que haya? Y también, ¿ese todo va a estar siempre o sólo hasta que sea mínimamente rentable o no peligroso para sus intereses? ¿Hay quién me lo asegure? La verdad es que si existiera ese alguien, me haría un gran favor.

Sin embargo no soy lo que se dice un coleccionista. Guardo toda esa suerte de memoria cultural, no para contemplarla, sino para que la utilice quien lo crea conveniente. He intentado donarlos a una biblioteca, pero la burocracia puede con todo y mis esfuerzos han resultado inútiles.

Así que me he convertido en una suerte de personaje salido de la premonitoria novela de Ray Bradbury, “Farenhait 451”, en la que en una sociedad futura y monocorde, los libros, considerados como fuente de conflictos, son conducidos a la hoguera y quienes creen que la humanidad no puede, ni debe olvidar su historia, belleza incluida, los memorizan. Yo, en vez de memorizarlos, los acumulo.

¡Qué antiguo!, me digo yo a mí mismo según escribo lo anterior, pero de repente, una noticia me reafirma en mi conducta. Resulta que en el Reino de España, donde antes nunca se ponía el sol y ahora la Transición no acaba de transitar, existe una cosa que, aparte del clima, nos diferencia de nuestros conciudadanos europeos y se llama Educación Concertada, o lo que viene a querer decir, entregar la formación de nuestros descendientes bien a la Iglesia Católica – mayormente -, o a instituciones de fomento de la ideología más salvajemente capitalista.

Pero lo malo no es el hecho en sí. Si se subvencionan las autopistas, los aeropuertos, la prensa, la C.E.O.E. o incluso la Fundación del Asesino Francisco Franco, ¿por qué no subvencionar la Empresa privada de la educación? El problema es que ese dinero desviado a lo privado debería darse una vez hayan sido cubiertas las necesidades de lo público. Pero no es así. Resulta que aquí, en donde la Constitución sirve más como arma arrojadiza que como norma de buena conducta, lo invertido en la educación privada es directamente proporcional a lo dejado de invertir en la pública. Y la razón no es otra que, aparte de fomentar los beneficios de las empresas, controlar las directrices de la enseñanza o al menos que ésta avance en una sola dirección, la que marca los intereses de una clase dominante. En una palabra, formar jóvenes sumisos para así perpetuar un mundo que ya no tiene sentido alguno, si es que lo tuvo en algún momento.

No creo que, tal y como está el panorama, se prefiera dar a conocer al novelista camerunés Mongo Beti, su análisis y consecuencias del colonialismo, en vez de cualquiera de los Best Sellers de abultadas páginas y escaso contenido; o la película “Nazarín” de Buñuel gracias a la que aprender la inutilidad de la caridad, en vez de “Star Wars”, por poner ejemplos y sin ánimo de faltar.

Así que no me queda más remedio que seguir guardando aquello que, digan lo que digan, tiene poca cabida en la red, o por lo menos un futuro incierto. Eso sí, a disposición de todos.

Publicado en el Nº 312 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2017

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