Desde el chozo

Equidistancia

Javier Navascués 02/01/2018

El mito de la burguesía catalana, industriosa y productiva, si alguna vez fue cierto, no se corresponde con la actualidad. Hace ya tiempo, pongamos desde 1992, que Catalunya dejó de responder a esa imagen, predominando el capitalismo de amiguetes común al resto del Estado. Las políticas de competitividad e internacionalización, el “fer país” de Pujol, han sido un fiasco hasta el punto que desde las propias patronales catalanas se reconocía un proceso de desindustrialización más intenso que en la mayoría de las CCAA ya en 1999. Por eso, la constatación de que la austeridad permanente ha llegado para quedarse, desencadena la guerra entre quienes durante treinta años fueron compañeros de régimen. No es sólo la burguesía media catalana, sino las clases intermedias, ideológica y materialmente dependientes de este esquema, las que se rebelan.

No estamos hablando de la gran burguesía, patrocinadora de las políticas de estabilidad, que, como en toda España, cada vez está más internacionalizada y que, en el terreno simbólico, ha mostrado con la fuga de empresas su alineamiento con el españolismo. Hablamos de un conglomerado heterogéneo que, según Marina Subirats y Antonio Antón, podría suponer entre un 35% y un 40% de la población catalana al que habría que sumar el porcentaje, en mi opinión marginal, que suponen los sectores de las clases subalternas seducidos por el independentismo. Es decir, una parte nada despreciable de la sociedad como se manifiesta movilización tras movilización, lo que da una medida de la importancia política de la cuestión. Pero el problema de este bloque social complejo es la dificultad de las clases intermedias para formular un proyecto político propio, atrapadas como están entre las dos clases fundamentales de una formación social plenamente capitalista como la catalana. Lo que une a estas capas es la reclamación de un Estado “propio” pero no se sabe de quién. No hay un proyecto de país porque no hay una comunidad clara de intereses, como muestran las contradicciones respecto de las políticas de austeridad y la cuestión del euro.

Nada de lo anterior justifica ir con el bloque “constitucionalista” ni a coger billetes de 500 euros; pues el tal bloque es también el bloque del euro, como la propia UE se ha ocupado de dejar claro. Desde Maastricht y la modificación del artículo 135 la parte virtuosa de la Constitución de 1978, con independencia de cualquier valoración que se haga del pasado, ha dejado de existir. Quienes temen una involución que pierdan cuidado, ya está aquí. ¿O alguien cree que lo de Montoro con Madrid es distinto de los “piolines” y el 155? Así pues, equidistancia, sí. Pero no la del triángulo equilátero, sino la de uno isósceles. Con un vértice muy alejado de los otros dos y que habrá que rellenar. Disipado el espejismo del “asalto a los cielos” y su segundo plato, el gobierno de “progreso”, al final parece que habrá que remangarse para reconstruir la izquierda desde la cruda, pero no despreciable, realidad.

Publicado en el Nº 311 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2017

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