Plano picado

Película "El joven Marx", de Raoul PeckMarx en primer plano Pese a ser una de las personas más influyentes de la historia de la Humanidad es uno de los menos representado en la gran pantalla.

Juan Carlos Rivas Fraile 19/01/2018

Título en España: EL JOVEN KARL MARX
Título original: Le jeune Karl Marx
País año: Francia, Alemania, Bélgica, 2017
Director: Raoul Peck
Guión: Pascal Bonitzer, Pierre Hodgson, Raoul Peck
Fotografía: Kolja Brandt. Música: Alexei Aigui
Montaje: Fréderique Broos.
Producida por: Nicolas Blanc, Raoul Peck, Rémy Grellety, Robert Guédiguian.
Intérpretes: August Diehl, Stefan Konarske, Vicky Krieps, Olivier Gourmet, Hannah Steele Eric Godon.
Duración: 112 minutos.
Distribuidora: Pirámide Films.
Estreno en España: 19 enero 2018

El joven Karl Marx deja al espectador con la miel en los labios cuando aparece el rótulo final en el que anuncia que poco tiempo después se produjeron las Revoluciones de 1848 y se sentaron las bases del Movimiento obrero internacionalista, seguido de un acelerado montaje de imágenes históricas, que van desde la foto de familia de Marx y Engels acompañados de sus esposas, hasta el aldabonazo de la crisis en 2008, a los sones de la canción Like a Rolling Stone de Bob Dylan, con el fin de explicitar el hilo que une las luchas de entonces con las actuales. Esta insatisfacción debe interpretarse no como un defecto sino que pone de relieve su principal virtud: la película resulta tan interesante como frustrante el limitado período que abarca, insinuado en el propio título, apenas un lustro desde que Marx vive exiliado con su esposa Jenny en París cuando cuenta 26 años de edad. El filme concluye cuando Marx y Engels entregan a la Liga de los Comunistas, el panfleto que se les había encargado redactar, el Manifiesto del Partido Comunista, publicado por primera vez en Londres el 21 de febrero de 1848. Entre medias, escritos, debates, exilio, activismo... y combate contra las penurias económicas del matrimonio Karl Marx-Jenny Westphalen.

Raoul Peck, el director de este biopic tan limitado, es un activista político nacido en Haití. Estudió en Estados Unidos, Francia y Alemania, en Berlín concretamente, donde cursó Economía. En Nueva York ofició de taxista, fotógrafo y periodista antes de realizar su inspirado y apasionado documental I am not your negro, basado en un texto del escritor y activista por los derechos de los afroamericanos James Baldwin, que rinde homenaje a las figuras de Martin Luther King, Malcolm X y Medgar Evers y fue nominado a los Oscar a Mejor Documental en 2016.

Este primer largometraje de ficción de Raoul Peck aborda un doble y difícil empeño: de un lado, poner en boca de los personajes pensamientos filosóficos que obligan a un esfuerzo intelectual al espectador no familiarizado con el marxismo sin agobiarle con peroratas, sin excederse en la labor pedagógica; de otro, mostrar la faceta más desconocida de Marx y de Engels, la vida cotidiana, la “cara humana” de unas eminencias que a fuerza de verse convertidos en iconos universales se diría que no fueron de carne y hueso. En sí mismo ya es muestra de cierto arrojo poner el nombre de Marx convertido en protagonista en el frontispicio del cartel, cosa que sin duda no promete demasiados alicientes comerciales. Probablemente debido a la contrapropaganda difundida por los defensores del capitalismo, a la que tiene que hacer frente el filósofo y revolucionario, pese a ser una de las personas más influyentes de la historia de la Humanidad es uno de los menos representado en la gran pantalla; apenas un puñado de títulos en los que aparece de forma episódica o simbólica, nunca en toda la dimensión de escritor, filósofo, activista y simple ciudadano como cualquier otro, sujeto a las necesidades perentorias de la vida, como lo hace en El joven Karl Marx. Si ha sido protagonista en alguna otra película no documental, en este momento no lo recuerdo.

No hay demasiadas concesiones al “entretenimiento” en la película de Raoul Peck, pocas escenas de “acción”, pero sí unas cuantas secuencias muy notables. Entre ellas la que pone en contacto a Karl Marx y Friedrich Engels, un ejercicio de tensión y suspense que nos aparta de la idea, probablemente instalada en el inconsciente colectivo, de que ambos eran ya amigos desde antes de nacer. La inmortal pareja de revolucionarios se fragua en una escena en la que saltan chispas de elegante rivalidad antes de que ambos escritores reconozcan verbalmente la categoría intelectual del otro. En la secuencia posterior les vemos escapar de la policía a la carrera y la secuencia está planificada con un toque humorístico al estilo del cine mudo. El guion juega a retrasar datos conocidos permitiéndose licencias narrativas muy hábilmente dosificadas, como puede verse también en la secuencia en la que se les encomienda la redacción del Manifiesto Comunista o aquella en la que Engels habla por primera vez con su futura esposa. Consigue Raoul Peck de este modo una fluidez digerible para todos los públicos a costa de embutir ideas revolucionarias en un relato formalmente convencional, lo que más de un crítico considera una flagrante contradicción y a mí me parece meritorio.

Seguramente sea ésta la duda de mayor entidad que puede suscitar una producción modélica en todos los apartados visibles en la imagen: la ambientación, la fotografía y la excelente interpretación de todo el reparto, en el que sobresalen en primer lugar August Diehl, en el papel de Marx, y en segundo plano Vicky Krieps, en el de Jenny Marx, Hannah Steele en el de Mary Bruns, la esposa de Engels y Olivier Gourmet en el de Joseph Proudhon. Sin embargo, albergo dudas de que Stefan Konarske sea una buena elección para encarnar a Friedrich Engels, no por su responsabilidad, sino porque la dirección de su trabajo y su aspecto personal le confieren una fragilidad que debilita su personaje y no concuerda con la idea preestablecida del autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra. Casi vemos a Engels como un escudero de su amigo, una especie de Pedrín al lado de Roberto Alcázar, si se me permite la jocosa y exagerada comparación.

En la versión original de El joven Karl Marx, que recomiendo encarecidamente por encima de la doblada, los personajes hablan indistintamente en alemán, en francés y en inglés, según las necesidades lógicas del guión, detalle de puesta en escena que nos recuerda el rigor con que se ha planteado la producción. Un rigor que por el afán de divulgación tiene que hacer admisible algunos diálogos, como por ejemplo la tan conocida frase de la tesis 11 sobre Feuerbach: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (aunque escritas en 1845 las Tesis sobre Feuerbach fueron publicadas por Engels en 1888, tras la muerte de Marx). Desde luego no puede decirse que a los guionistas les falte audacia, porque esta frase la ponen en boca de Marx en una noche ¡de borrachera! junto a su amigo Engels. Tales licencias poéticas no resultan extemporáneas –a pesar del atrevimiento- y merecerían estar incluidas no en un largometraje sino en una serie de televisión que cubriera todo el arco de la vida del autor de El capital. Esa hipotética serie podría comenzar, sin ir más lejos, con el magnífico discurso de F. Engels pronunciado en el cementerio de Highgate en Londres, el 17 de marzo de 1883 ante la tumba de Marx y retroceder mediante un flashback hasta el inicio de este magnífico retrato de ficción del fundador del comunismo.

El joven Karl Marx deja al espectador con la miel en los labios cuando aparece el rótulo final en el que anuncia que poco tiempo después se produjeron las Revoluciones de 1848 y se sentaron las bases del Movimiento obrero internacionalista, seguido de un acelerado montaje de imágenes históricas, que van desde la foto de familia de Marx y Engels acompañados de sus esposas, hasta el aldabonazo de la crisis en 2008, a los sones de la canción Like a Rolling Stone de Bob Dylan, con el fin de explicitar el hilo que une las luchas de entonces con las actuales. Esta insatisfacción debe interpretarse no como un defecto sino que pone de relieve su principal virtud: la película resulta tan interesante como frustrante el limitado período que abarca, insinuado en el propio título, apenas un lustro desde que Marx vive exiliado con su esposa Jenny en París cuando cuenta 26 años de edad. El filme concluye cuando Marx y Engels entregan a la Liga de los Comunistas, el panfleto que se les había encargado redactar, el Manifiesto del Partido Comunista, publicado por primera vez en Londres el 21 de febrero de 1848. Entre medias, escritos, debates, exilio, activismo... y combate contra las penurias económicas del matrimonio Karl Marx-Jenny Westphalen.

Raoul Peck, el director de este biopic tan limitado, es un activista político nacido en Haití. Estudió en Estados Unidos, Francia y Alemania, en Berlín concretamente, donde cursó Economía. En Nueva York ofició de taxista, fotógrafo y periodista antes de realizar su inspirado y apasionado documental I am not your negro, basado en un texto del escritor y activista por los derechos de los afroamericanos James Baldwin, que rinde homenaje a las figuras de Martin Luther King, Malcolm X y Medgar Evers y fue nominado a los Oscar a Mejor Documental en 2016.

Este primer largometraje de ficción de Raoul Peck aborda un doble y difícil empeño: de un lado, poner en boca de los personajes pensamientos filosóficos que obligan a un esfuerzo intelectual al espectador no familiarizado con el marxismo sin agobiarle con peroratas, sin excederse en la labor pedagógica; de otro, mostrar la faceta más desconocida de Marx y de Engels, la vida cotidiana, la “cara humana” de unas eminencias que a fuerza de verse convertidos en iconos universales se diría que no fueron de carne y hueso. En sí mismo ya es muestra de cierto arrojo poner el nombre de Marx convertido en protagonista en el frontispicio del cartel, cosa que sin duda no promete demasiados alicientes comerciales. Probablemente debido a la contrapropaganda difundida por los defensores del capitalismo, a la que tiene que hacer frente el filósofo y revolucionario, pese a ser una de las personas más influyentes de la historia de la Humanidad es uno de los menos representado en la gran pantalla; apenas un puñado de títulos en los que aparece de forma episódica o simbólica, nunca en toda la dimensión de escritor, filósofo, activista y simple ciudadano como cualquier otro, sujeto a las necesidades perentorias de la vida, como lo hace en El joven Karl Marx. Si ha sido protagonista en alguna otra película no documental, en este momento no lo recuerdo.

No hay demasiadas concesiones al “entretenimiento” en la película de Raoul Peck, pocas escenas de “acción”, pero sí unas cuantas secuencias muy notables. Entre ellas la que pone en contacto a Karl Marx y Friedrich Engels, un ejercicio de tensión y suspense que nos aparta de la idea, probablemente instalada en el inconsciente colectivo, de que ambos eran ya amigos desde antes de nacer. La inmortal pareja de revolucionarios se fragua en una escena en la que saltan chispas de elegante rivalidad antes de que ambos escritores reconozcan verbalmente la categoría intelectual del otro. En la secuencia posterior les vemos escapar de la policía a la carrera y la secuencia está planificada con un toque humorístico al estilo del cine mudo. El guion juega a retrasar datos conocidos permitiéndose licencias narrativas muy hábilmente dosificadas, como puede verse también en la secuencia en la que se les encomienda la redacción del Manifiesto Comunista o aquella en la que Engels habla por primera vez con su futura esposa. Consigue Raoul Peck de este modo una fluidez digerible para todos los públicos a costa de embutir ideas revolucionarias en un relato formalmente convencional, lo que más de un crítico considera una flagrante contradicción y a mí me parece meritorio.

Seguramente sea ésta la duda de mayor entidad que puede suscitar una producción modélica en todos los apartados visibles en la imagen: la ambientación, la fotografía y la excelente interpretación de todo el reparto, en el que sobresalen en primer lugar August Diehl, en el papel de Marx, y en segundo plano Vicky Krieps, en el de Jenny Marx, Hannah Steele en el de Mary Bruns, la esposa de Engels y Olivier Gourmet en el de Joseph Proudhon. Sin embargo, albergo dudas de que Stefan Konarske sea una buena elección para encarnar a Friedrich Engels, no por su responsabilidad, sino porque la dirección de su trabajo y su aspecto personal le confieren una fragilidad que debilita su personaje y no concuerda con la idea preestablecida del autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra. Casi vemos a Engels como un escudero de su amigo, una especie de Pedrín al lado de Roberto Alcázar, si se me permite la jocosa y exagerada comparación.

En la versión original de El joven Karl Marx, que recomiendo encarecidamente por encima de la doblada, los personajes hablan indistintamente en alemán, en francés y en inglés, según las necesidades lógicas del guión, detalle de puesta en escena que nos recuerda el rigor con que se ha planteado la producción. Un rigor que por el afán de divulgación tiene que hacer admisible algunos diálogos, como por ejemplo la tan conocida frase de la tesis 11 sobre Feuerbach: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (aunque escritas en 1845 las Tesis sobre Feuerbach fueron publicadas por Engels en 1888, tras la muerte de Marx). Desde luego no puede decirse que a los guionistas les falte audacia, porque esta frase la ponen en boca de Marx en una noche ¡de borrachera! junto a su amigo Engels. Tales licencias poéticas no resultan extemporáneas –a pesar del atrevimiento- y merecerían estar incluidas no en un largometraje sino en una serie de televisión que cubriera todo el arco de la vida del autor de El capital. Esa hipotética serie podría comenzar, sin ir más lejos, con el magnífico discurso de F. Engels pronunciado en el cementerio de Highgate en Londres, el 17 de marzo de 1883 ante la tumba de Marx y retroceder mediante un flashback hasta el inicio de este magnífico retrato de ficción del fundador del comunismo.

Publicado en el Nº 312-313 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2018

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