El tren de la memoria

La avioneta Putin Alguna explicación nos debe la supuesta democracia más avanzada del planeta, a la que unos informáticos rusos le han encalomado un presidente que por cerebro se gasta un trozo de escroto.

Mariano Asenjo Pajares 25/01/2018

“El mundo del espectáculo es una jungla…”
(Woody Allen, ‘Delitos y faltas’)

Muchos de los lectores de Mundo Obrero seguro que recuerdan la hazaña de Mathias Rust, un joven alemán occidental de 19 años que burló pilotando una avioneta alquilada los sofisticados sistemas de defensa aérea soviéticos y logró aterrizar, a media tarde del jueves 28 de mayo de 1987, en la plaza de Roja de Moscú, después de un vuelo que había iniciado horas antes en un aeropuerto de Finlandia. Aquella gesta, algo más que una broma pesada en el momento histórico en que se produjo (iniciado el proceso de reformas tras la llegada al poder en 1985 de Mihail Gorbachov), tuvo una repercusión de carácter global y servía a conspiradores, oportunistas e ingenuos reformistas como hilo conductor para inducir y precipitar el colapso soviético.

La cosa es que, al poco de entrar en espacio aéreo de la URSS, tres baterías de misiles pusieron a la avioneta de Rust en su punto de mira. Más tarde dos cazas MiG salieron a su encuentro. Uno pidió permiso para derribarlo, pero se lo denegaron. Contra lo que afirma la leyenda, el sistema de defensa antiaérea funcionó. Una combinación de increíble suerte y de error humano llevó a que la avioneta Cessna-172 de Rust fuese confundida con una nave amiga. Un avión se había estrellado el día anterior y estaba en curso una operación de rescate, además de un vuelo de entrenamiento de nuevos pilotos. Todo ello dio lugar a una confusión en el aire y en los centros de control.

Sea como fuere, lo cierto es que Rust cayó como un paracaidista en aquel contexto lleno de grandes vacilaciones y estupefacción. Así pues, las condiciones estaban dadas para que el acontecimiento fuera aprovechado por la propaganda occidental para apuntalar el discurso del caos y la insolvencia del comunismo. “Nada es imposible”, titulaba el editorial de un gran periódico insinuando la madurez del objetivo tan laboriosamente golpeado para su derrumbe. Burlada la vigilancia de los sistemas de radar fronterizos, las defensas aéreas y hasta los propios sistemas de defensa antimisiles de Moscú, la única ciudad del mundo que los tenía, parecía cercano el momento de clavar la bandera del triunfante capitalismo ante el Mausoleo de Lenin.

Este episodio de Mathias Rust me viene a la memoria con cierta frecuencia, en especial desde que el periódico The Washington Post, uno de los principales voceros de la élite política estadounidense, publicó a finales de 2016 un artículo sobre un dossier secreto de la CIA en el que afirmaba que Rusia no sólo había intervenido en las elecciones presidenciales de EEUU, sino que había ayudado a que Donald Trump fuera elegido presidente. El informe señalaba que hackers rusos, apoyados por el gobierno ruso, habrían pirateado los emails de Hillary Clinton y otros altos cargos demócratas con el objetivo de producir la victoria de Trump.

El informe en cuestión surgió pocas horas después de que el entonces presidente Barack Obama anunciara que había ordenado una “revisión completa” acerca de las posibles interferencias de Rusia en las elecciones norteamericanas. Las alegaciones de que Rusia actuó para elegir a Trump procedieron sobre todo de la campaña de Hillary Clinton, quien llegó a calificar a Trump de “títere de Putin” y de “agente ruso”.

En el anterior número de ‘Mundo Obrero’, mi vecina de página, Dolores de Redondo (D.G.M.A.) le hincaba el diente a este asunto con un artículo titulado ‘Otra vez el peligro ruso’ y en el que la conclusión vendría a ser que los estadounidenses “tienen tantas agencias de inteligencia que uno de sus deportes nacionales es espiarse a sí mismos, espiar a los demás y espiarse entre agencias de espionaje, las unas a las otras”. El asunto del guirigay yanqui, que parece creado por la imaginación febril de los Monty Python, es muy significativo de la fase en la que nos encontramos (que nos incumbe a todos), es decir, sobrevivimos gobernados por dementes irrecuperables, malformados genéticamente para la conspiración y el manejo del poder.

Si la “broma” de Mathias Rust dejaba sin habla a los responsables militares soviéticos que debían explicar cómo pudo ocurrir que una avioneta aparcara, así por las buenas, junto a la puerta Vasilievski del Kremlin; ¡alguna explicación nos debe la supuesta democracia más avanzada del planeta, a la que unos informáticos rusos le han encalomado un presidente que por cerebro se gasta un trozo de escroto!

Publicado en el Nº 312-313 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2018

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