La Retranca

Palomares, imperialismo y posmentira En el caso de Palomares, Fraga y compañía trataron de hacer ficticio algo que era real o simplemente auténtico. Por eso, siguiendo el hilo filológico, el montaje relacionado con las bombas sería una posmentira.

Dolores de Redondo 25/01/2018

El 17 de enero de 1966 dos aviones yanquis -un bombardero B-52 y un avión nodriza KC-135- colisionaron en el aire a 10.000 metros sobre Palomares, en la costa de Almería. El B-52 transportaba cuatro bombas termonucleares. Tres de ellas cayeron en tierra, de las cuales dos lo hicieron sin paracaídas y quedaron destrozadas.

La cuarta, que cayó al mar, era 16 veces más potente que la de Hiroshima. Lo que podría haber sido una tragedia de magnitudes bíblicas quedó en casi nada porque un supuesto dispositivo de seguridad evitó la explosión nuclear. Tardó ochenta días en ser localizada. Durante ese tiempo la búsqueda del artefacto resultó infructuosa, pese al enorme despliegue de medios efectuado por el gobierno de EE.UU. Emulando a los tebeos de Mortadelo y Filemón, un vecino de Águilas que se encontraba faenando justo debajo de las aeronaves vió caer el artefacto y tuvo que maniobrar con su embarcación para evitar que le cayese encima. Cada mañana, el conocido para el resto de sus días como Paco el de la bomba era recogido en su pueblo por un helicóptero norteamericano que le trasladaba a un barco frente a Palomares, para realizar las labores de búsqueda. Sus indicaciones fueron clave para recuperar el proyectil, pese a ser contradictorias con los cálculos de los lumbreras que el ejército yanqui había desplazado a la zona.

Dos de los artefactos termonucleares caídos en tierra desprendieron plutonio, contaminando una gran superficie de terreno, lo cual constituye uno de los mayores accidentes nucleares de la historia. Si cincuenta y dos años después 50.000 metros cúbicos de tierra siguen contaminados con plutonio, podemos imaginar cómo saltarían las agujas en 1966. Todo ello fue convenientemente ocultado, pero para tranquilizar a la plebe y negar la mayor se aderezó el sarao con un espectáculo al más puro estilo “Cine de barrio”: el famosísimo baño protagonizado por el embajador yanqui, Angier Biddle Duke, y el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne. El bamboleo renqueante del gallego de Villalba saliendo del agua en gayumbos es una de las escenas más traumatizantes de la segunda mitad del siglo XX en España; origen de múltiples episodios de pánico colectivo y depresiones de carácter crónico.

Pero detrás del esperpéntico espectáculo se encontraban las zarpas del imperialismo y el papel servil de España a sus estrategias, haciendo gala de ser el sumiso país intervenido que siempre ha sido. El buque nodriza había partido de la base de Morón. Eran las consecuencias de los Pactos de Madrid firmados con EE.UU. el 23 de septiembre de 1953, que implicaban, entre otros acuerdos, el establecimiento de bases militares norteamericanas en territorio español. Los yanquis no tardaron ni diez años en instalar la base naval de Rota y las bases aéreas de Morón, Zaragoza y Torrejón de Ardoz. A lo que había que añadir el pernicioso turismo nuclear que los aviones del tío Sam practicaban sobrevolando Europa con sus bombas de hidrógeno.

El diccionario inglés de Oxford otorgó el título honorífico de vocablo del año 2016 a “posverdad”, un término que en inglés es adjetivo y en español sustantivo. La Real Academia Española acaba de incorporar posverdad a su diccionario, definida como “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Podría encajar, pero el propio presidente de la RAE señaló que la palabra está relacionada con la capacidad de hacer real algo que es imaginario o simplemente falso. Así que en el caso de Palomares, Fraga y compañía trataron de hacer ficticio algo que era real o simplemente auténtico. Por eso, siguiendo el hilo filológico, el montaje relacionado con las bombas sería una posmentira, con lo cual podríamos afirmar que los imperialistas son maestros de la posmentira.

Postmodernidades aparte, en 2017 The New York Times publicó una investigación realizada entre los supervivientes que participaron en las labores de limpieza en 1966. De las 1.600 personas implicadas en la limpieza de la zona, 165 eran españoles, y de ellos 126 pertenecían a la Guardia Civil, según documentos desclasificados. El periódico consiguió identificar cuarenta y un militares que durante tres meses participaron en las labores de limpieza de la tierra contaminada con plutonio sin ninguna protección, recogiendo fragmentos radioactivos con las manos desnudas. Veintiuno desarrollaron cáncer, falleciendo nueve debido a la enfermedad. Ahora los afectados tratan de luchar en los tribunales para tener el reconocimiento como víctimas de la radicación, que garantizaría su tratamiento gratuito. Uno de ellos tiene 72 años, y el tratamiento para el cáncer de hígado, pulmón y riñón que padece le cuesta 1.900 euros al mes, en un país donde el seguro médico es un privilegio de clase alta.

El pasado 11 de diciembre, por vez primera, se abrió una posibilidad de justicia. Un grupo de estudiantes de Derecho de la Universidad de Yale que leyeron el informe han interpuesto una demanda al Gobierno norteamericano, reclamando una indemnización para los damnificados por el accidente nuclear. Tampoco estaría mal enterrar las bases militares bajo la tierra de Palomares contaminada de plutonio.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 312-313 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2018

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