Ni dios ni amo

Versión

Benito Rabal 25/01/2018

De entre todas las cosas que se han dicho en el último mes, tal vez la que más me ha indignado escuchar, y mira que había donde elegir, sea la pronunciada por Mariano Rajoy, alias Emepuntorajoy, al felicitar las fiestas a los soldados que están en “las misiones en el exterior”. “Sois la mejor versión de España”, ha sentenciado. Y entonces uno intenta comprender cuál es la idea de país que tiene el capataz del Ibex 35 para otorgar esa categoría a un puñado de pistoleros -llevan pistola- en vez de a científicos, literatos, cineastas, médicos, ingenieros, obreros especializados o a otros diversos gremios de trabajo y esfuerzo reconocido.

¿Tal vez sea por la humanitaria labor que están llevando a cabo en las costas de Somalia? Y digo humanitaria para la flota pesquera patria, que, protegida por nuestra flamante armada, esquilma los fondos marinos somalíes a placer, destruyendo sus recursos naturales y las artes marineras de los habitantes del lugar, condenándoles a la miseria y abocándoles al pirateo y al secuestro. ¿O tal vez sea por asegurar, humanitariamente, eso sí, el control de los yacimientos de uranio y gas natural aún sin explotar?

Habrá quien me tache de mal pensado, pero no deja de ser curioso que allá donde están destinados nuestros rudos muchachotes y muchachotas, casualmente también se hallan las riquezas necesarias para el control del planeta en nuestra era tecnológica. En Mali, en cantidades apabullantes, uranio, petróleo y litio, ese mineral que aparte de calmar los humores, sirve como excelente y poco pesado condensador eléctrico, imprescindible en cualquier aparato de telefonía móvil o informática. En Senegal, petróleo y gas natural. En Guinea, petróleo, oro y uranio. En la República Centroafricana, diamantes, oro y uranio, con la particular circunstancia de su vecindad con la República Democrática del Congo, el antiguo Zaire, de donde proviene el 80% de las reservas mundiales de coltán, una mezcla de minerales tan valiosos para la industria de las nuevas tecnologías como manchado de sangre inocente, sobre todo infantil.

Y así llegamos a las joyas de la corona, Iraq y Afganistán, con su petróleo, su gas natural, su opio –no hay que olvidar a la industria farmacéutica– y sus burkas y atentados terroristas, en los que, ¡faltaría más!, nada han tenido que ver nuestros gobiernos, ni las invasiones, ni los bombardeos, ni siquiera en su mejor versión.
Luego tenemos el asunto de la geopolítica, con Líbano a la cabeza y sus recursos hídricos de los que se apropia Israel con el apoyo de la mejor versión española. La gran democracia turca amenazada, es un decir, por la díscola Siria, también cuenta con nuestra amistad en ese magnífico empeño en defender la libertad. Como pasa con Letonia, no vaya a ser que Rusia pretenda ser de nuevo la Unión Soviética y nos arrebate mercado. O el antiguo Mare Nostrum, sin explicarse muy bien cómo con tanto navío de guerra sigue siendo la inmensa tumba de seres humanos en busca de un mundo mejor.

Esa es la mejor versión de España. No la solidaria, no la que brinda un cálido apoyo al desarrollo de las sociedades más desfavorecidas, sino el gendarme del capital, el guardián del saqueo, el matón de turno que hace el trabajo sucio a las grandes corporaciones y a sus capitanes de empresa.

Es la sangre de los pobres nuestro pedazo de pastel.

Publicado en el Nº 312-313 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2018

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