Entrevista Camarera de hotel y sindicalista de CCOOPepi García Lupiañez: "La visualización no es suficiente, hay que dar otro paso: la lucha directa contra la explotación" “Si te dan equis habitaciones no pueden dejarlas sin hacer, porque no está bien y detrás está el cliente. El ritmo de trabajo nos trae locas. No hay normas para ver cuántas habitaciones tienes hacer y ahí se descontrola todo”.

Gema Delgado 05/02/2018

Pepi está involucrada en las luchas desde los 14 años, pero a esa edad dice que no era consciente de que luchaba: “Entré en una fábrica a trabajar y si había injusticias y me trataban mal había que protestar. Era mi forma de vivir, intentar cambiar todo lo que ves injusto. Entonces se introduce dentro de tu vida”. Y así es como Pepi que comenzó con 14 años en la industria del textil, cuando ya era demasiado conocida en la vida sindical y no la contrataba pasó a la hostelería. Lleva trabajando 36 años como camarera de hotel en el Timor Sol de Torremolinos.

Desde las primeras elecciones sindicales fue delegada sindical y luego presidenta del Comité de Empresa. Su concepción de la lucha es desde la lucha de clases, por encima de los corporativismos. “Yo hablo de la coordinación de las luchas, de la solidaridad y sobre todo del cambio de sociedad, no de un puesto de trabajo”. Su testimonio es uno de los 26 que Ernest Cañada recoge en el libro “Las que limpian los hoteles. Historias ocultas de la precariedad laboral”. En él recuerda las primeras huelgas fundamentales, cuando se legalizan los sindicatos y se negocian y defienden los convenios. Fueron las huelgas de 1977 y la de 1979, una huelga indefinida que duró 18 días.

Mundo Obrero: En estos casi 40 años como camarera de hotel has visto en primera línea, desde el hotel y desde el sindicato, cómo se han ido deteriorando las condiciones de trabajo. ¿Cómo se ha producido?
Pepi García Lupiáñez:
Ha sido casi sin darnos cuenta. Hubo unos años en los que luchamos mucho y conseguimos un montón de cosas. Otros pocos años en los que nos daban lo que pedíamos a cambio de no luchar, porque tenían miedo. Otros años donde hemos perdido la costumbre de luchar y ya nos van dando menos cositas, hasta que luego se pasa a la fase de que ahora ya no te doy nada. Y entonces ya no tenemos costumbre de luchar. Luego vino la crisis y los derechos laborales desaparecen en un pispás. No son para toda la vida. En el momento en el que no tienes capacidad para seguir defendiendo lo que tienes, lo pierdes. No es como la casa, que dices ya la he pagado y ya es mía. Los derechos no.

Yo que mantengo algunos derechos, tengo a mi lado a trabajadoras que no los tienen y la diferencia es abismal. Ni siquiera saben que tienen derechos. Se sienten indefensas. Por ejemplo, con los tres días de licencia por la muerte de un familiar. Lo tenías asumido y no hacía falta ni pedirlo. Ahora nadie coge los tres días, aunque el derecho esté escrito, porque piensan que es una barbaridad.

La pérdida de derechos es la pérdida de la dignidad. El olvido de que tenías algo y ya no tienes nada. Pero además es el camino hacia la dictadura y la pérdida de la democracia. Pierdes el derecho a organizarte, a defenderte, a preguntar al comité de empresa cómo son las cosas, a perder el derecho a presentarte para representar a tus compañeras, o para votar a los que se presentan. Cuando el trabajador asume la precariedad y la pérdida de derechos se normaliza, está todo perdido.

M.O.: ¿Cómo ha afectado la reforma laboral en la externalización y la sobreexplotación en la profesión?
P.G.L.:
En la hostelería siempre ha existido la externalización pero era por especialización, como la limpieza de cristales o la jardinería. Pero era imposible hacerla para reducir gastos. Por eso vino la reforma laboral. Antes, nuestro convenio decía que todo el que trabajara en la hostelería tenía que estar bajo los convenios provinciales que se negocian en hostelería. La reforma laboral lo que da es la opción de que los convenios de empresa estén por encima del convenio provincial. Ahí ya se derrumban los salarios y aumenta la precariedad, porque si ahora una empresa de siete personas en las que ni han hecho elecciones sindicales ni han negociado convenio ni hay fuerza, que además está pisoteando a los trabajadores, ¿qué convenio va a hacer? Va a poner el salario mínimo interprofesional. Y los hoteles dicen: “¡Uy esto es una ganga!; yo me voy a ahorrar todos los conflictos, todos los problemas, me deshago de los trabajadores por cuatro gordas y se los doy a una empresa para que gestione el hotel”. A veces las trabajadoras son las mismas, que han sido subrogadas a la empresa y han pasado de cobrar 1.200 euros a 650 euros haciendo el doble y cobrando la mitad por el miedo y presión que tienen. Lo que nadie está viendo es que ahora la calidad está por los suelos: la higiene, la limpieza, el trato, la relación con la camarera de piso, la confianza en que el baño está limpísimo. Además, estás generando unas camareras que sólo van a durar unos años porque las machacas. Algunas se van porque no pueden aguantar más, y no esperan ni al finiquito. Yo no doy crédito a lo que están haciendo. No hay derecho.

Si el turismo es la principal industria del país, en este reparto de trabajo que nos han impuesto, y hay una bonanza en el sector, ¿cómo se justifica económicamente este deterioro de las condiciones laborales?

Esto sólo forma parte de la avaricia que no tiene límites. De lo mismo que hacías ahora quieren vivir varias empresas. Quieren sacarte más. Esta industria estaba yendo muy bien, ¿cómo se pueden permitir el lujo de maltratar a sus trabajadores? No se puede obtener ganancia del maltrato al trabajador.

Y cada vez nos cuesta más combatir la explotación. Porque la explotación trae la humillación y el aplastamiento de la gente. Y cada vez menos posibilidades para poder luchar. Ahora ir a la huelga es lo peor. Antes los huelguistas eran unos luchadores. Hoy unos perturbadores. Con esa mentalidad ¿qué hacemos?

M.O.: Una de las cosas en las que sueles insistir en tus declaraciones es que la sobreexplotación no es un problema de las camareras de piso, sino más generalizado, de la clase obrera. Pero al menos lo vuestro se ha visualizado ¿Cómo ha sido este proceso de visualización y cómo os ha servido?
P.G.L.:
Ha sido una unión de varias cosas. Los sindicatos a nivel internacional empezaron a sospechar que aquí había grandes problemas en el deterioro de las condiciones laborales y que algo había que hacer. La campaña de la UITA y la participación de Ernest Cañada fueron fundamentales con ese libro impactante de las personas que estaban siendo explotadas. Muchas de las que ya están en el libro iniciaron el camino a través de las kellys y otras a través del sindicato. El trabajo de la visualización ha sido enorme y concienzudo, de mucha gente. Ha sido un éxito y estamos muy contentas, pero hemos descubierto que la visualización sola no es suficiente, que hay que dar otro paso, que va a ser difícil, que es la lucha directa de la explotación de las camareras de piso. Creíamos, tontas de nosotras, que cuando todos supieran en las condiciones pésimas en las que estábamos todo iba a cambiar... Pero no ha cambiado nada porque el resto de los trabajadores nos están acompañando en el deterioro.

M.O.: Horas extras sin pagar, prolongaciones de jornadas, saber por un WhatsApp a qué hora empiezas a trabajar mañana, la ansiedad y el estrés, la temporalidad, la conciliación familiar que es imposible. ¿Por donde empezar?
P.G.L.:
Dijimos que los salarios han bajado casi a la mitad, pero tenemos que hablar de otra cosa, que es la salud. La estamos perdiendo. Si te dan equis habitaciones no pueden dejarlas sin hacer, porque no está bien y detrás está el cliente. El ritmo de trabajo nos trae locas. No hay normas para ver cuántas habitaciones tienes que hacer y ahí se descontrola todo. Y cuando ponen normas es para aumentarnos más el trabajo. No te descuentan el tiempo de hacer los pasillos, ni de preparar el carro. Se te acumula el trabajo. El estrés continuo, el nerviosismo… es inhumano.

M.O.: También apeláis al papel que podemos desempeñar los consumidores. ¿Cómo podemos ayudar?
P.G.L.:
Tenemos que tejer alianzas con el consumidor, con el que se va de vacaciones. Un turista tiene que preguntar, ¿aquí se trata bien a los trabajadores? ¿Aquí cobran el salario-convenio? ¿Aquí echan horas extraordinarias y no se las paga? Hay que cambiar la sociedad y eso es responsabilidad de todos.

Publicado en el Nº 312-313 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2018

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