Posverdad, manipulación, precariedad y reivindicación del periodismo como servicio público

Gema Delgado 01/11/2017

Posverdad es un neologismo más que viene a suavizar algunos términos de claro y contundente significado como falsedad y manipulación que ya están en el diccionario. La Real Academia de la Lengua Española se está dando muchísima prisa en incluir el nuevo vocablo en su diccionario. Lo hará en diciembre. Su director anunció la noticia diciendo que Posverdad se refiere "a toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público”. En definitiva, ingeniería lingüística para normalizar mentira, falsedad y calumnia. Deja la duda añadida si en la definición ya se pone en praxis el concepto cuando dice que “apela a los deseos del público” ¿del público? Y en ese caso, ¿de qué público?

La perversión del lenguaje, como argumenta Ginés Fernández, director de Mundo Obrero, no tiene límites. Ginés recordó a Vicente Romano, y su obra, durante la presentación de un debate en la Fiesta del PCE, organizado por la Secretaría de Comunicación, que llevó por nombre: Lucha ideológica, posverdad y manipulación. Ginés definía la posverdad como “un alargamiento de la manipulación y la mentira, denunciando cómo la comunicación es utilizada por unos pocos para dominar a muchos”.

La periodista y escritora Cristina Fallarás, que fue cofundadora y vice-directora de ADN, subdirectora hasta su reciente dimisión de Diario16.es y colaboradora en muchas de las grandes empresas mediáticas de este país, fue la primera que empezó a desmaquillar el neologismo de posverdad y las poco honestas prácticas de las empresas periodísticas. Aunque se quiere identificar el término con Donald Trump, como si todos los males vinieran de él, Fallarás lo recondujo a la realidad nacional dando nombres y apellidos. “La posverdad nace con Prisa. Sacó la idea de que podían ser de izquierdas, pero no lo fueron, y crearon una idea de progresismo que era falsa. Y fueron eliminando a quienes decían cosas de izquierdas”. Otra artífice de estas prácticas, dijo, fue Victoria Prego, la periodista de la Transición, la que construyó un relato con un silencio de Suárez de lo que fue la Transición, “cuando Suárez no se callaba tanto”. Por cierto, que hoy la periodista de la Transición es la Presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Construcciones complejas y la mentira del poder

“La posverdad, no sólo son mentiras, son construcciones complejas dispuestas a ser consumidas y difundidas”. Otro ejemplo de esas construcciones es la jerarquización de la realidad, continuó Cristina Fallarás. “Una portada de un periódico no aspira a reflejar la realidad sino a generar una opinión pública. Partió de un pacto entre partidos políticos y los directores de los periódicos, en el sentido de “ponme esto arriba” y “no me saques esto”. Y en esa línea está la participación de los medios de comunicación en la mentira del poder. Lo vemos cuando los periódicos dicen que se ha acabado la crisis a pesar de que todos sabemos que no es así. De esta forma es como nos penetramos unos a otros y creamos un tipo de información que es mentira, que es la posverdad. Fallarás sabe bien de lo que habla porque estuvo en la dirección de medios y lleva más de 30 años ejerciendo la profesión.

Jesús Maraña, director de Infolibre, definió esas relaciones de poderes como “acuerdos opacos” y dijo que sin ellos los medios no vivirían porque no hay suficiente publicidad. Aunque las cosas podrían cambiar si la gente diera un valor a la información y contribuyera a la financiación de los medios, porque como decía Cristina “si la gente no los financia, lo hará el Canal de Isabel II”.. y esto no es posverdad.

Como un pez que se muerde la cola, esa falta de poner en valor el derecho a la información ha precarizado la labor del periodista como no se había visto nunca. Cristina Fallarás contó que ella misma trabaja en cinco medios y al final de mes en su casa se come arroz. Que se pagan 20 euros por un artículo y que otros publican sin cobrar. En esa cadena, la información que se produce es el fruto de la precarización de los periodistas. Aunque los medios también aprovechan para no pagar por cubrir lo que no les interesa, como sucede, por ejemplo, con la información internacional: “hay una construcción de lo local y los sucesos que nos hurta la información internacional; más allá de Venezuela, y no sabemos lo que pasa en Hungría, en Polonia o en Yemen, a no ser que seamos muy esforzados”.
Cristina, que dimitió de Diario 16 por considerar que estaba en unas condiciones laborales inasumibles, resolvió la ecuación en términos de lucha de clase: hasta que los periodistas, que viven la precarización como el resto, no se consideren clase trabajadora y vayan a la huelga a reclamar sus derechos no habrá periodismo.

Honestidad subjetiva y transparencia

Nadie es neutral. Los medios de comunicación tampoco. Lo importante, recordaba Maraña, es que sean honestos y transparentes, tanto en la identificación de sus propietarios como con la relación de ingresos y gastos. Y, respecto a los contenidos, con la clara identificación de la opinión y de la información. Igual pasa con el ejercicio del periodismo en el que hay que dejar al margen nuestras ideas para trabajar desde la honestidad subjetiva. “Porque sin un periodismo libre, independiente y responsable no hay democracia”. Esos pactos implícitos en la profesión se rompieron porque “los periodistas hemos traicionado a los ciudadanos y los ciudadanos han visto que estábamos más cerca del poder que de ellos”. El resultado es que se ha destrozado la credibilidad del oficio.

Ana Jorge Alonso, profesora de la Facultad de Ciencias de la Información de la UMA Sevilla, profundizó en el tema: “España es el país europeo donde más ha caído esa confianza de los ciudadanos en los grandes medios y eso es peligroso”. En el siglo XIX y primera mitad del XX los periódicos no ocultaban su orientación ideológica, pero se creía en la honestidad y el servicio público. Las cosas, dijo, fueron cambiando cuando los bancos y los grandes conglomerados se apropian de los medios y no se diferencia entre entretenimiento y periodismo, de forma que éste se acaba convirtiendo en parte del espectáculo... además de un altavoz para transmitir los intereses empresariales.

A todo este cúmulo de deterioro del periodismo se suma el progresivo empeoramiento de las condiciones laborales de los periodistas, que ya empezaron a degenerar bastante antes de la crisis: periodistas freelance que son como falsos autónomos, colaboradores que no cobran y prácticas que no son tales y sustituyen el trabajo de profesionales que deberían estar cobrando un sueldo. Y en esa cadena de precariedad se llega a la perversión de la autocensura provocada por el miedo a perder un trabajo. Todo repercute en la calidad de la información, por eso Ana Jorge abogó porque la ciudadanía tenga el derecho a demandar a los medios cuando crean vulnerado su derecho a la información.

Luego cuando llegó internet, los periodistas pensamos que venían a robarnos la profesión, continuó Maraña. Y las grandes empresas pensaron que era una oportunidad de dar el pelotazo, un negocio puro y duro porque se multiplicaría la audiencia y la publicidad. Pero ninguno acertó. No todo lo que hay en internet es periodismo. Este tiene un valor, el compromiso de comprobar y contrastar la información y la posibilidad de enfrentarse a un juicio.

Buenos servicios públicos

El director de Infolibre hizo una contundente defensa de los medios públicos: “Para que los ciudadanos reciban buena información hace falta unos buenos servicios públicos de información” porque serán además el reflejo en el que los otros medios tengan que mirarse. Pero ha habido un interés en cargárselo marcado con una hoja de ruta básica: comienza deteriorando la gestión del ente público con despilfarro, nepotismo, enchufismo, etc, para luego convencer a la gente de que es deficiente, que no sirve y que hay que cerrarla.

Publicado en el Nº 310 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2017

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