Marxista crítico y sensible, a la vez que comunista lúcidoIn Memoriam Jacobo Muñoz: ocaso y desasosiego

Francisco José Martínez. UNED y FIM 24/02/2018

No hace mucho me encontraba con Jacobo cerca de su casa, hablamos y me agradeció la recensión que había escrito de su último libro El ocaso de la mirada burguesa, libro al que había dedicado toda su vida y del que yo creo que la versión publicada es solo un esbozo. Jacobo Muñoz ha sido unos de los filósofos más potentes, más documentado y con mejor decir de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI. Ha sido un maestro insuperable de numerosas generaciones de discípulos, primero en Barcelona y luego en la Complutense de Madrid. En su pensamiento confluyeron las principales líneas de la filosofía: un sólido basamento clásico, herencia de su maestro Emilio Lledó, fundamentalmente Platón y Kant, un marxismo ágil y crítico, compartido con su maestro y amigo, Manuel Sacristán, un conocimiento profundo de la filosofía analítica, y, por último pero no menos importante, una apertura a las últimas filosofías hermenéuticas y postestructuralistas de la mano de sus alumnos madrileños. Platón, Kant, Hegel, Marx, Wittgenstein, Foucault, Lyotard, se articularon en una escritura densa y precisa, que se expresaba también a través de un hablar pausado y melódico, recorrido por una sutil ironia y un humor contenido y agudo.

Como persona, Jacobo era muy amigo de sus amigos, con los que mantenía una conversación fluida, erudita aunque no pedante, en la que los detalles curiosos se insertaban en un razonamiento muy estructurado. Como maestro ponía su inmensa cultura, su potente erudición, al servicio de sus oyentes y lectores. Su inmensa biblioteca, una de las bibliotecas filosóficas particulares más ricas de España, atesoraba desde los clásicos de la filosofía, hasta las obras maestras de la literatura y el arte, en numerosos idiomas. Destacaba la ‘Marx’s Room’ en la que se juntaban la casi totalidad de los libros que sobre temas marxianos y marxistas se han publicado en los últimos 50 años.

Marxista crítico y sensible, a la vez que comunista lúcido, no fue como él mismo decía de su amigo Manuel Sacristán, ‘ un hombre de la Tercera Internacional’, sino que su marxismo, y su comunismo, era más abierto, más amplio, menos situado, más culturalista que directamente político. Jacobo muñoz no solo fue un autor marxista, escribiendo muchos trabajos sobre Marx y el marxismo, sino que como director de colecciones en la editorial Ariel y en Grijalbo, tradujo, prologó y editó muchos clásicos de la tradición marxista. Destaca su famoso e imprescindible artículo sobre Marx en el Diccionario de Filosofía que editó Miguel Angel Quintanilla, una de las obras cumbres de la filosofía escrita en español de nuestros tiempos. Y como editor hizo lo propio en la editorial Materiales y en la revista del mismo nombre, uno de los hitos del pensamiento marxista español del siglo XX; en sus escasos pero densísimos y documentados números se reflejaron los principales debates teóricos y políticos de la época.

Gran analista de la modernidad y de la burguesía a cuyos logros dedicó sus mejores obras, entre las que descuella Figuras del desasosiego moderno, para mí su obra magna, su mirada combinaba la fría y exacta pulcritud de las novelas de Thomas Mann, uno de sus modelos intelectuales y vitales, con la lucidez y el entusiasmo del joven Lukács, de El alma y las formas, otra de sus obras de referencia. Pero lo que siempre le fascinó fue la decadencia de la Kultur burguesa frente al predominio de la Zivilisation moderna. Los valores de la cultura burguesa, capitalista y urbana a la vez, como se ejemplificaron de forma emblemática en la vida y la obra de Goethe, mirados a través de la mirada nostálgica de Thomas Mann, han sido objeto de culto para nuestro autor. Estos valores se van destiñendo de forma paulatina ante su vista en la obra de los grandes testigos de nuestra época: Musil, Kafka o Becket. Nuestro autor asiste, añorante y nostálgico, a esta decadencia, a este ocaso, de la forma de vida burguesa.

El modelo de Jacobo era el del intelectual comunista, erudito y sensible, receptor de la inmensa obra de la burguesía, una burguesía que él conocía bien, por sus orígenes valencianos y barceloneses, pero a la vez consciente de que dicha burguesía había perdido ya su impulso creador y que su testigo tenía que ser recogido por el proletariado y las clases populares. Ese cortocircuito, mucho más viscontiniano que pasoliniano, entre la alta cultura burguesa y el compromiso con las clases populares, fue uno de sus rasgos definitorios. Su natural elegancia aristocrática se conjugaba con una campechanía y una cercanía, al menos en el círculo de sus amistades, verdaderamente notable.

Lamentamos profundamente la pérdida de un amigo entrañable, de un maestro insustituible, de un intelectual comprometido y lúcido y de un filósofo profundo y certero. El marxismo español, un marxismo tan ralo y escaso, está de luto por la pérdida de Jacobo Muñoz, en la consciencia, triste e impotente a la vez, de que será imposible sustituir su ironia, a veces amarga pero siempre incisiva y clarividente, su análisis fino y profundo, y su fuerte y sincero compromiso con los de abajo, con las clases subalternas, en la estela de su adorado Lukács. Descanse en paz y que la tierra, esa tierra que amó de forma tan desesperada y vehemente, le sea leve. A nosotros nos queda el consuelo de su recuerdo y de su obra, obra a la que hay que volver continuamente para que nos enriquezca y vivifique. Obra que no morirá en el recuerdo de sus amigos y discípulos.

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