La Retranca

La cultura popular de la violencia

Dolores de Redondo 01/03/2018

Cuenta la camarada Dolores Ibárruri, en su libro El único camino, que sufrió una gran conmoción en su fe cristiana cuando descubrió que su venerada virgen dolorosa era un simple pelele compuesto por un saco de serrín, alambres y maderos. “¡Mi virgen como un espantapájaros de los que los campesinos colocan en los trigales para asustar a los gorriones!”, escribe Pasionaria. Aquel día se sacudió de un plumazo la formación tradicional católica basada en el pánico a la justicia divina, la penitencia del alma pecadora y el culto a la imaginería del sadismo.

Dentro de unos días, las procesiones de la llamada semana santa inundarán las calles de las principales poblaciones españolas. La muerte violenta, la tortura y el martirio tomarán forma de misas, pasos, cartelería, panfletos promocionales y souvenirs para conmemorar la crucifixión y resurrección de un Jesucristo que se permite el lujo de morir en una fecha diferente cada año. Muchas personas lloran de emoción, extasiadas por la supuesta belleza del hombre atormentado, crucificado y lanceado, o del hombre yacente; otras caminan junto a los pasos procesionales ataviadas con verdugos y capirotes de reminiscencias inquisitoriales; y los costaleros cumplen la viril encomienda de transportar el peso de la fe.

Es la fiesta suprema de una religión antropófaga que come el cuerpo y bebe la sangre. De una religión que durante siglos ha utilizado la violencia como mecanismo para expiar las culpas y los pecados, para liberar tierra santa, para arrojar el demonio del cuerpo o para aplicar la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. También es la religión de la mujer objeto e impura a la que hay que aturar por un error de cálculo divino, un boceto artístico fruto del barro y una costilla de Adán. Somos mortales y parimos con dolor porque Eva mordió la manzana pecaminosa; María ha podido engendrar a dios por concepción divina, porque sólo su virginidad le garantiza la pureza; la mujer de Lot se convirtió en estatua de sal por desobedecer las órdenes divinas y el oficio de María Magdalena era “el más antiguo del mundo”.

Buena parte de nuestra sociedad esconde la violencia bajo las alfombras, parapetada tradicionalmente en las sagradas instituciones de la patria, la religión y la familia. Y si conjuga los tres ámbitos se convierte en violencia oficial. De ello tuvimos cuarenta años como ejemplo. La cultura de la violencia queda magistralmente recogida en el filme La cinta blanca (2009), donde el director Michael Haneke describe el ambiente de una pequeña e idílica comunidad protestante del norte de Alemania en vísperas de la I Guerra Mundial, donde irá desvelando los orígenes del nazismo a través de una serie de dramáticos acontecimientos. En el turbio ambiente que se esconde tras las paredes de hogares “modélicos”, destaca la figura del despiadado pastor protestante acostumbrado a ejercer la autoridad que dios le ha conferido de manera brutal, vejatoria y humillante sobre sus propios hijos adolescentes. Un ambiente donde las mujeres desempeñan fielmente el rol bíblico de sufridas servidoras de su amo.

A pesar de los cambios, el crucifijo continúa presidiendo el salón de Plenos de muchos Ayuntamientos. Cargos institucionales juran su puesto ante él. Lo encontramos en aulas de centros educativos, en habitaciones de centros hospitalarios e incluso el futbolista hace la señal de la cruz cuando salta al campo. Pero, sobre todo, continúa dominando algunos lechos conyugales para vigilar la sagrada consumación del sacramento matrimonial y el engendramiento según los cánones eclesiales.

En la película Tres anuncios en las afueras (2017) existe una escena donde la madre de una joven violada, asesinada y calcinada imparte una memorable lección moral al sacerdote local. El reverendo ha acudido para convencerla de poner fin a su campaña para intentar esclarecer el crimen y, como en el caso de su homólogo en La cinta blanca, se erige en líder espiritual de la comunidad asegurando hablar en nombre de esta. Ella compara entonces a la Iglesia con las bandas callejeras esgrimiendo la ley estadounidense que las combate, que no hace distinciones entre sus integrantes: “Si te unes a una de esas pandillas y actúas con ellas, y uno de tus amigos dispara o apuñala a alguien, incluso no sabiendo nada al respecto, la ley te considera culpable. Eres culpable por el hecho de unirte a la pandilla”. La Iglesia es como una pandilla, con su uniforme, su sede y su territorio, reflexiona la madre. Por lo tanto, “aunque usted esté fumando y leyendo la Biblia mientras un compañero de pandilla viola a un monaguillo, usted es culpable por haberse unido a ella”. Como conclusión, la madre le niega la autoridad para impedirle continuar su campaña, por muy molesta que esta resulte a la comunidad.

Llega la semana santa. La hermosa violencia sale a la luz. Los legionarios que profirieren cantos machistas sacarán en procesión al Cristo de la buena muerte. Soldados de todos los ejércitos y cuerpos armados escoltarán los pasos con sus fusiles al hombro. Y mientras, sea Pascua o Cuaresma, sea laborable, domingo o fiesta de guardar, las mujeres seremos agredidas, violadas o asesinadas. Seremos explotadas sexualmente tras las paredes del puticlub, donde reina la omertá de los machos dominantes: lo que han visto y oído tras el farolillo rojo es amnesia en la misa, la Audiencia, la facultad o el sindicato. Y cuando veamos las noticias sobre cada nueva víctima la cultura popular de la violencia nos dirá: “Os habéis quedado como las putas en la Cuaresma”.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 314 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2018

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