Esperando a los bárbaros

Marcelino

Felipe Alcaraz Masats 01/03/2018

Dedicar una campaña de largo aliento a la celebración del centenario del nacimiento de Marcelino Camacho, en absoluto es un acto litúrgico o de simple admiración personal. Supone, sobre todo, la necesidad (ahora ya urgente) de reflexionar y teorizar sobre lo que significa Marcelino: con él se puede hablar de un antes y un después en la lucha sindical y política de clase.

Viví con él, en el grupo comunista, dos años parlamentarios en los que día a día se iba definiendo, en el seno del relato oficial, la verdadera naturaleza de la transición, de forma directa con respecto a las relaciones laborales y al mundo del trabajo en general. Por ejemplo, en la lucha desarrollada en torno al Estatuto de los trabajadores. El grupo del PCE había presentado una propuesta, elaborada fundamentalmente por CC.OO., que fue derrotada por la abstención del PSOE. UCD presentó la suya, que favorecía el despido, avalaba la mayor jornada laboral de Europa (43 horas), defendía un salario mínimo por debajo del coste de la vida, reducía ámbitos de negociación de los convenios, daba facilidades a la contratación temporal y alimentaba una enorme intervención de la administración en los procesos sindicales.

CC.OO. se movilizó ampliamente en contra de este texto, mientras UGT llegaba a acuerdos con los empresarios. Las movilizaciones, en una primera etapa, culminaron en una gran concentración en la Casa de Campo, como paso previo a la convocatoria de una huelga general. Y aquí se produjo la primera gran contradicción, como signo de los tiempos, cuando Carrillo se opuso a la huelga y llegó a teorizar si no era ya hora de jubilar la figura de la huelga general como forma de lucha sindical y, al par, de superar el carácter sociopolítico del sindicato.

Para Marcelino la lucha de clases no solo afectaba a las condiciones concretas del trabajador, sino que tenía en cuenta la necesidad de transformar la sociedad, de ahí que la huelga general, que siempre ha sido un instrumento político, era una pieza clave en la lucha anticapitalista de la izquierda; lo que explicaba la posición del sindicato encabezado por Marcelino y el desarrollo de la huelga general de 1988, en pleno despliegue del proyecto de “modernización” de Felipe González, que no era otra cosa que la implantación en todas sus variantes del neoliberalismo en España.

Precisamente en esta etapa, al principio de ella, es cuando Marcelino pone el dedo en la herida: que uno haya propuesto la eliminación del marxismo (González), y otro la del leninismo (Carrillo), era la prueba de que se pretendía renunciar a la transformación en profundidad del sistema heredado: simplemente lo asumían.

Pues bien, a la hora de celebrar el centenario es preciso hablar con rigor, dejando que Marcelino sea Marcelino. Por eso las palabras que anteceden responden a lo que él dejó escrito en sus memorias, “Confieso que he luchado”. No sería bueno celebrar el centenario borrando las pistas.

Publicado en el Nº 314 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2018

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