Ni dios ni amo

Algo va mal Que este mundo está basado en la injusticia no puede llamar a equícovo... intentar cambiarlo tampoco.

Benito Rabal 06/03/2018

No creo ser el primero en pensarlo, ni siquiera el primero en decirlo, pero vistas las cosas como están, hay que reconocer – y preocuparse por ello – que algo estamos haciendo mal, muy mal.

Que la verdad no es absoluta o decir que la razón se encuentra en los más diversos lugares del pensamiento, es una verdad de Perogrullo, pero solo a medias. Hay verdades cuya certeza es apabullante y las razones más poderosas se alían para que ésta prevalezca. Decir que este mundo está basado en la injusticia y el desigual reparto no puede llamar a equívoco alguno. Intentar cambiarlo, tampoco. Eso no admite medias tintas. No creo que haya nadie, excepto los poseedores de mentes perversas, que no esté de acuerdo en ello.

Por eso es difícil entender por qué, quienes defendemos esos planteamientos, no conseguimos sumar el apoyo de la ciudadanía. Más bien al contrario, parece que ésta se alejara de la posibilidad de seguir juntos un camino que sólo podría conducir a algo parecido a la felicidad.

No se me escapan varios de los motivos que influyen en su decisión. La masiva influencia de los medios de comunicación, auténticos canales de domesticación de masas al servicio de los grandes grupos del capital, que silencian o, en el peor de los casos, deforman cualquier logro, propuesta o lucha de la llamada izquierda. Las manidas historias sobre los supuestos males del comunismo aderezadas con unas cuantas atrocidades anarquistas, normalmente tan falsas como legendarias.

También el miedo a una guerra sin cuartel desde el Poder establecido, que por otra parte, ya existe. O lo que es más importante, el abandono de la esperanza en la Utopía. La creencia en que el mundo siempre ha sido así y siempre será igual.

Son factores por todos conocidos y no carentes de realidad. Pero no podemos ampararnos solo en ellos, ni andar llorando por las esquinas nuestra incomprensión. Algo estamos haciendo mal y si supiera el qué, lo proclamaría a los cuatro vientos.

Se me ocurren, eso sí, causas que han abonado nuestra posible mala práctica. Por ejemplo, el abandono de la Cultura concebida no como mero espectáculo, no como acumulación de conocimientos, sino como algo imprescindible para el crecimiento del espíritu del ser humano. Parece que hayamos olvidado que su etimología proviene de cultivo, que la educación equivale a plantar las semillas, pero la cultura es el cuidado de la planta para que ésta crezca y de buenos frutos.

O, ¿por qué no?, la manera de comunicar, el uso de modos y palabras que parecen dirigidas solo a nosotros mismos, cuándo debieran hacerlo a quienes no se atreven o no han comprendido todavía que hay que plantar cara al proyecto de destrucción masiva de quienes dirigen los destinos del mundo. Y si hay que romper las reglas del juego, se rompen sin extenderse en justificaciones. Los hechos ya las han roto por sí solos.

Recordemos a la Pasionaria abandonando el hemiciclo para acudir a frenar un desahucio; o cuando voluntariamente se quedó tras las rejas hasta que se produjera la puesta en libertad de los presos. A Buenaventura Durruti que lo mismo expropiaba bancos para recaudar fondos para mantener una huelga, que promovía un ateneo y su labor cultural, dando igual importancia a ambas cosas; también que a su muerte, poseía dos mudas y una pistola como única fortuna. O el Mayo del 68, cuyas experiencias aún no hemos asimilado, pidiendo lo imposible.

Y tantos otros que podrían servirnos como ejemplo, no solo ético, sino como inspiración para crear nuevas ideas. Falta nos hacen.

Publicado en el Nº 314 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2018

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