Mediaciones

La era del rumor

Francisco Sierra 06/03/2018

Después de la posverdad llega la Verdad Única, no el Ministerio del Tiempo, sino el Gobierno de lo Decible y Pensable. Así cabe advertir a tenor de los últimos movimientos que protagonizan los profesionales del silencio, con la diferencia de que hoy la multitud es cómplice de la divulgación de la política del terror, terminan siendo colaboracionistas del temor, del pavor y la indecencia para que no prolifere la cultura de la indignación en la era de los rumores administrados a cuentagotas. Ello es posible, en buena medida, por la despolitización de las prácticas de intercambio o por la falta de reflexividad, como prefiera el lector. Hablamos de la cultura de la militancia a golpe de click. Los movimientos-red, como propone Rossana Reguillo, son configuracionales y no afiliativos.

La nueva subjetividad política es efímera y difusa, parte de una identidad y militancia frágil, nómada y plural. Ello, inicialmente, apunta a una lógica de organización top-down, pero, contrariamente al sentido común, lo que se observa, de facto, es una centralización y control de los flujos y procesos de mediación informativa con mayor incidencia manipuladora. La dispersión de las fuentes, la descentralización de los nodos y puentes de mediación y la viralización de las redes contribuyen como resultado a una tecnopolítica del rumor como patología de la información no fiable. Ello afecta fundamentalmente a las fuerzas políticas emancipadoras, a la política de la esperanza y la confiabilidad. Jodi Dean, por ejemplo, ilustra cómo la economía política del tiempo acelerado de la cultura digital que, desde la cultura mosaico de la mediación de masas, da lugar a una experiencia y subjetividad dislocada, se traduce hoy en una visión fragmentaria e inconexa de lo público y lo común. En este marco dominante de producción del acontecer reticular, se abonan las condiciones para una política de la desorientación calculada. De hecho, los propios medios convencionales son la principal fuente y factor disparador del rumor. Pero curiosamente los tertulianos bienpagaos (es un decir coplero, si no un oxímoron, a tenor del estatus que hoy desempeñan los voceros para el Capital) apuntan en dirección a Wikileaks o a Rusia (como sucediera en el caso catalán), cuando sabemos que más del 80% del tráfico de Internet está concentrado por cinco corporaciones de Estados Unidos que suelen cooperar con el Departamento de Estado y el Pentágono. Contra toda evidencia empírica, no obstante, el discurso neocon procura insistir en maniobras orquestadas en la oscuridad del enemigo figurado. En España, por ejemplo, tal y como advierte Rosa María Artal, el PP avanza en la extensión de las mordazas con la colaboración de su prensa empotrada. En la era del rumor, la ciberguerra sigue necesitando de los Aparatos Ideológicos del Estado, sea para justificar la Ley de Seguridad Nacional, con anuencia de los reforzadores de opinión, como en la aplicación del 155 con Ciudadanos y el PSOE, o como es común para censurar por razones de seguridad nacional, cual Acta Patriótica de Estados Unidos, toda resistencia al proceso de acumulación por desposesión. Así, la desinformación puede ser considerada, como el derecho a la protesta y manifestación, una amenaza al Estado. Esta concepción, propia del capitalismo de amiguetes, se extiende prioritariamente a las redes ante el peligroso avance de la Democracia 4.0.

El plan estratégico del gobierno de España frente a la desinformación en Internet no deja de resultar irrisorio, si no fuera porque estamos ante una Guerra Híbrida, una Guerra de IV Generación en el que Internet y las redes sociales son el escenario de disputa del control y la lucha ideológica. En este escenario, el viejo y gastado discurso macartista se reaviva con referencia al ars mágica de la informática, los bots, trols y máquinas de procesamiento de información, a fin de justificar, con el caso Cataluña, la política de criminalización de la protesta, cuando las pruebas demuestran exactamente lo contrario. Como ya sucediera antaño, tal y como ilustrara Assange en MOVENET 2017, la campaña contra RT y Sputnik, más allá de la geopolítica, tiene pues una motivación bien distinta. De hecho, las fundaciones y think tank estadounidenses ya apuntaron en esta dirección hace tiempo. Así hoy, en las páginas de El País pueden por ejemplo observar distintos reforzadores de opinión y asalariados de la tercera vía y la nueva derecha como Peter Pomeranzev vaticinando, bajo el paraguas de la London School of Economics, que volvemos a la Guerra Fría y a las medidas activas del KGB. Si hace falta se tergiversa la historia del papel de Rusia en Ucrania. Más allá no obstante de los discursos justificativos de la intervención en Internet (¿todavía hay quien afirma que no es regulable?), hay datos a tomar en cuenta que deben ocupar nuestra atención sobre el fenómeno. Más de tres millones de cuentas falsas en Twitter operan en procesos de campaña. Recursos como botomater, hoaxy pueden frenar la desinformación, pero en países como España casi la mitad de los jóvenes intercambian mensajes y tienen su fuente de información exclusiva en las redes. No existe otra ventana a la realidad. Por ello nuestro tiempo es la era del rumor que facilita la Verdad Única de Trump o quienquiera detente el poder.

Ante la avalancha de rumores, la velocidad de escape y la falta de competencia digital, no sorprende que, incluso seguidores de Podemos, afirmen no haber ganado las últimas elecciones generales por los comunistas y Venezuela. Vamos, que de nuevo se repite la historia como farsa. Que vienen los rusos, y para colmo, y acabar con el cuadro, va el PCE y se redefine como marxista-leninista.

Nos queda la esperanza, no obstante, que, en todo proceso de semiosis, por ilimitada que es, existe una plusvalía semántica, un sentido común, inapropiable, pese al empeño por tratarnos de despistar a fuerza de rumores e infoxicación.

Publicado en el Nº 314 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2018

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