Clave de sol

Nada nuevo bajo las App

Sol Sánchez Maroto 02/04/2018

Con la expresión popular “nada nuevo bajo el sol” nos solemos referir a esas cosas que se nos presentan –y venden- como algo novedoso y original pero que si rascamos un poco la superficie no lo son tanto. El dicho, y con él obviamente la idea que ilustra, es tan antiguo que lo podemos rastrear hasta el libro del Eclesiastés (E.(1:9) Nihil novum sub sole), señal de que eso de hacer pasar lo viejo por nuevo es también bastante viejo…

Una App (abreviación del término inglés application; aplicación informática) es cualquiera de esos iconos en los que pulsamos en los teléfonos móviles de última generación -esos con los que casi lo de menos es hablar- y que nos sirven para chatear en grupos de amigos, primos, o multitudinarios y caóticos AMPAS del cole de los críos, también los hay para conocer la previsión meteorológica, confirmar los billetes de tren o de avión, y pedir comida a domicilio. Para cualquier cosa que se nos ocurra puede existir una de estas App que nos descargamos en el móvil.

Pero estas aplicaciones no solamente funcionan para los usuarios y consumidores, enmascarando además con logos digitales las relaciones de producción y distribución que se ocultan tras ellos, sino que también se han convertido en parte de las relaciones mismas, en las herramientas con las que se encubren, disfrazan y desfiguran las condiciones de asalariados y patrones, quiénes son los trabajadores y quién la empresa. De tal modo que en esa tela de araña que eufemísticamente es llamada por algunos nueva economía, economía colaborativa, gig economy, y de otras tantas inadecuadas formas, donde prosperan empresas “sin trabajadores” como Deliveroo, Glovo, Amazon o Uber, los trabajadores se convierten en clientes que se relacionan con la empresa a través de una de estas App, por cuya utilización además pagan.

Tal cual. Consideración de cliente. Y pagar para trabajar. Cláusulas obligatorias donde esas empresas (para las que supuestamente no trabajas) te hacen firmar que te reconoces voluntariamente como trabajador autónomo y renuncias a reclamar otros derechos, y que cualquier reclamación que vayas a hacer a la empresa la formalizarás, en todo caso, en tribunales de arbitraje y nunca laborales. Y por si eso fuera poco, escucharás a sus altos directivos pontificar en foros de economía y medios de comunicación sobre las bondades de este modelo de negocio que flexibiliza el trabajo y hace que cada uno sea su propio jefe, mientras a ti incluso te monitorizan por GPS y en vez de despedirte te dejan simplemente offline.

¿Es esto nuevo? Evidentemente la explotación y el robo no lo son. Pero incluso el modus operandi de estos visionarios es más viejo que la tos.

Hace unas semanas unos amigos que viven en Bruselas, donde la demanda de los servicios de reparto de comida a domicilio a través de estas empresas es endémico, me describieron cómo los repartidores (riders los llaman) se juntan en algunas de las céntricas placitas a esperar los encargos a través de sus dispositivos móviles.

Se relacionan, beben, echan partidas. Pequeños ejércitos de precarios, de perdedores, esperando. Como la imaginación es caprichosa, la imagen que se formaba en mi mente según me describían la escena no discurría en una plaza de Bruselas, sino en la de cualquier pueblo de la estepa castellana, en la de cualquier pueblo andaluz, cualquier plaza cercana a algún cortijo como el inmortalizado por Delibes. No veía repartidores mirando de vez en cuando una pantalla táctil, sino jornaleros atentos a la aparición de una furgoneta (un carro si viajamos un poco más lejos en el tiempo) esperando ser elegidos para una peonada, para una jornada de trabajo. Imágenes, escenas, que parecen de otro tiempo, pero que han llegado igualmente hasta el nuestro. La única novedad reside en que nadie osaría decirle a un jornalero que se diera de alta como falso autónomo para recoger cítricos o aceitunas, y eso es exactamente lo que exigen empresas como Deliveroo. La diferencia es que a base de eufemismos y batallas legales quieren institucionalizar y normalizar ese modelo al que aunque hemos combatido, nunca hemos terminado de vencer.

Bajo las App solo se esconden las figuras del capataz, el subalterno y el lacayo del terrateniente, del explotador de turno, ese que todavía escamoteaba si podía alguna perra gorda del miserable jornal de los trabajadores. Ha sido suprimido, digitalizado y automatizado. Por lo demás; nada nuevo bajo el sol, nada nuevo bajo las App.

Publicado en el Nº 315 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo abril 2018

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